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El combo valórico

por 9 agosto, 2011

El combo valórico
Los jóvenes sí han logrado leer bien el trance por el que atravesamos los chilenos después de estos largos años de transición humillante. No más universidades chatarra. No más liceos municipalizados. No más lucro. No más deudas abusivas. No más dinero público para consorcios privados. No más políticos binominales. Basta de indignidades.
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En un acto de homenaje a los mineros, Sebastián Piñera recibió un combo de parte de un niño que estaba en brazos de la Primera Dama. Él respondió con una alegre sonrisa.

El incidente muestra de manera festiva el drama de Piñera. Es difícil caerle bien a todo el mundo, pero él está logrando no caerle bien a nadie. Su popularidad va en picada. Sus colaboradores y adherentes lo son a desgana y sus adversarios no acaban de tomárselo en serio. Acostumbrado a ganar, Sebastián está siendo ampliamente derrotado, pero no sabe bien por quién. No logra leer la situación.

Los estudiantes, con sus paros, sus movilizaciones, sus marchas, sus piezas creativas, enfrentándose a unos carabineros excedidos, lideran hoy no diríamos la oposición, sino una suerte de insurrección contra el gobierno, pero sobre todo contra el sistema.

Los jóvenes sí han logrado leer bien el trance por el que atravesamos los chilenos después de estos largos años de transición humillante. No más universidades chatarra. No más liceos municipalizados. No más lucro. No más deudas abusivas. No más dinero público para consorcios privados. No más políticos binominales. Basta de indignidades.

Piñera ha sido académico, interventor bancario, empleado, empresario, editor, ambientalista, futbolero, político. En ninguno de estos rubros se ha llevado el respeto de sus pares. Y en todos ha hecho negocio. Desde los valores que aparecen en la dictadura es un chico listo, un superviviente, un mutante, un ganador. Pero bajo la mirada de los estudiantes es un niño símbolo de los antivalores que han hecho de Chile un país humanamente irrespirable.

Cuando Piñera afirma que la educación es un bien de consumo, se pone en la posición idónea para recibir el combo de los estudiantes y de los chilenos. Para el alma nacional, y pese a las décadas de maltrato pinochetista o concertacionista, la educación sigue siendo un derecho. Y es un derecho también poder comprar sin ser tratados como delincuentes. O morir con dignidad sin que cada enfermedad signifique la ruina de la familia. O trabajar, jubilar, opinar, recibir atención médica, vivir la ciudad.

Todos estos derechos son para el sistema simplemente bienes de consumo, nichos de negocio subvencionados por un Estado que funciona como una sucursal de los más poderosos.

Pues bien, a punta de paro, marcha, posteo y twitteo, más allá de la histórica censura de los medios y de la turbia mediación de los partidos políticos, el país está recuperando sus valores históricos. Así como Clinton soltó aquello de “es la economía, estúpido”, aquí también podría ir alguien a decirle a Piñera: “son los valores, estúpido”.

El tema de los valores es letal para Piñera porque carece de ellos, o si los tiene, que debe tenerlos, la gente no los percibe. Le pasa un poco como a Groucho Marx cuando decía: “Estas son mis convicciones; si no le gustan, tengo otras”.

Piñera representa a una generación, una clase y un modelo humano para los cuales, llegada la dictadura, fue preciso poner en conserva los propios valores a fin de sobrevivir.

Quedaron establecidas las infinitas prudencias y elasticidades a la hora de opinar, de mantener un empleo o una clientela. Todos se enfrascaron –nos enfrascamos– en alguna forma de lucro, lucrillo, lucrecia o lucrón. Y en esos juegos olímpicos chilenos de la negación del propio ser, del auspicio, del proyecto, de la asesoría, de la asociación comercial con el enemigo, del emprendimiento fugaz, la triangulación y el zarpazo, el campeón olímpico fue siempre Sebastián Piñera.

Piñera ha sido académico, interventor bancario, empleado, empresario, editor, ambientalista, futbolero, político. En ninguno de estos rubros se ha llevado el respeto de sus pares. Y en todos ha hecho negocio. Desde los valores que aparecen en la dictadura es un chico listo, un superviviente, un mutante, un ganador. Pero bajo la mirada de los estudiantes es un niño símbolo de los antivalores que han hecho de Chile un país humanamente irrespirable.

Los concertacionistas están descolocados. Hicieron la transición y les debemos eso, pero la amplia masa juvenil y resistente al sistema los considera hoy capataces de un modelo en el que no creían pero al que sirvieron y con el cual si no se arreglaron al menos se peinaron los bigotes. Su matrimonio mal avenido y binominalista de partidos con escasa afinidad ha terminado por diluirlos a todos.

Hoy los vecinos salen a cacerolear alegremente por los jóvenes. A nadie le importa mucho que pierdan un año o que vuelen algunas piedras. Los estudiantes no están embadurnados por el miedo o el cálculo, y se desplazan por las redes sociales y por las calles, se enfrentan a los carabineros mal conducidos por un gobierno errático, no aparcan hipócritamente los temas para después, para ellos tanto valor tiene la educación pública como el respeto a la diversidad sexual o al medio ambiente. Son la cadena volcánica local de una tendencia global, la de los indignados, pero no aparecen como amenazantes. En los jóvenes nos vemos a nosotros mismos en una nueva envoltura más valiente y más digna, moderna y con un toque vintage.

Ante esta insurrección o resurrección valórica, Piñera no tiene nada que ofrecer. Sus valores o antivalores son los que arrastra en su curriculum y en sus cuentas bancarias. Puede cambiarlos, pero ese cambio será visto como un nuevo truco comercial.

De su equipo, sólo los niños ya madurones de la UDI cuentan con un pack valórico compacto: neoliberalismo integrista, amor por la dictadura, desprecio por las personas, conservadurismo en las costumbres, respeto por el dinero, todo ello formulado con los más exquisitos modales de personas educadas en colegios de curas y universidades de elite. Y siempre tan satisfechos de sí mismos y enojados con los demás.

Los controles existentes para frenar este regreso callejero y sentimental a nuestros valores compartidos parecen hoy muy debilitados: los medios periodísticos de derecha andan totalmente desorientados, los políticos están off-side, los adultos observan la insurrección esbozando una leve sonrisa, el miedo se está desvaneciendo.

Piñera y el sistema están empezando a ser arrastrados por la ola valórica, por la insólita fiesta de la dignidad recuperada. Son los valores, estúpido.

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