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EL PLEBISCITO QUE HONRARÍA A PIÑERA

por 9 agosto, 2011

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Piñera no quiere represión, detesta la violencia.

Las declaraciones de Carlos Larraín, Jovino Novoa, están en las antípodas de su pensamiento. El no es de extrema derecha.

Los asesores están divididos entre halcones y palomas.

Es una crisis estructural que se incubó con el neoliberalismo autoritario que dista mucho del pensamiento democrático y social de las centro-derechas europeas.  El sistema cruje por su falta de legitimidad reciente, su centralismo que monopoliza el poder y las expectativas, las diferencias sociales, el privilegio de muchos, la imposibilidad de reformas sustantivas que es co- responsabilidad de la derecha con la Concertación, aunque-seamos justos-, los sectores recalcitrantes de la Alianza son los que siete veces boicotearon cambiar el binominal ante propuestas de la “patrulla juvenil” de RN desde 1991, o el boicot a toda reforma fiscal, a la regionalización básica que tienen todos los países desarrollados (unido al segmento aparatiento y retrógrado de la Concertación, el mismo que expulsó disidentes y se creyó el dueño del Estado).

En USA el 90% va a la educación pública. Piñera lo sabe, lo vivió en Boston. La mayoría de los alumnos de Harvard son talentos de la escuela del barrio de todos, aquella que promovieron los liberales democráticos como Washington, Madison, Jefferson.

Piñera puede pasar a la historia si cambia el juego de suma cero y busca un pacto en que todos ganen. Lo ideal es una asamblea constituyente, pero al menos es viable hacer un plebiscito con cinco preguntas simples:

1.- Comparte eliminar el lucro en la educación

2.-  Está de acuerdo en un cambiar el sistema binominal por un proporcional moderado (distritos de cinco legisladores).

3.-  Desea la elección directa de los Intendentes y gobiernos regionales

4.-   Está de acuerdo en subir los impuestos a las grandes mineras y sectores de mayores ingresos para elevar del 20 al 25% la carga fiscal y así acercarnos a los niveles de la OECD

5.-   Comparte el sistema de inscripción automática con voto voluntario u obligatorio.

Chile mejoraría sustancialmente y se ganaría en democracia, integración social y creatividad en la escuela, regionalización de verdad, recursos para e manera responsable y con  efectividad dar un salto en solidaridad y competitividad para el desarrollo. Expresaría además un gran amor a  Chile.

Chile ha resuelto bien y mal estas crisis. Tras la independencia y la abdicación de O’Higgins, la guerra civil dio el triunfo a los portalianos sobre pipiolos y federalistas, sin fórmulas de compromiso. El régimen Montt-varista reprimió las revueltas libertarias y regionalistas de 1851 y 1859, con Atacama libre reprimida a pólvora. El esfuerzo desarrollista de Balmaceda termina en tragedia. La imposibilidad de dictar reformas sociales por un congreso oligárquico lleva a las matanzas de obreros desde 1900 y al ruido de sables y las crisis del 1924. El período de reformas sustanciales sin mayoría política y en contexto de guerra fría termina en la desgracia de 1973. La incapacidad de un acuerdo sustancial democratizador y solidario, no obstante los avances, entran en crisis con la aguda desafección que se instala desde 1998, con la crisis de los Pingüinos (secundarios), las protestas de contratistas mineros, de profesores, y que llegan a su máxima expresión con la lucha estudiantil y los cacerolazos del 2011.

Pero hubo estadistas y movimientos sociales y políticos que escribieron la otra historia. Infante, Arcos, Bilbao, Lastarria, Gallo y Matta, lucharon por la democracia y las reformas en el S.XIX.  El presidente José Joaquín Pérez (1861-1871) reconcilió a Chile y permitió la apertura del régimen portaliano; iniciando las  reformas del período liberal que hizo a Chile sortear con éxito la dictación de leyes civiles, las elecciones municipales,  la separación de la Iglesia y el Estado. Recabarren y las mancomunales dieron voz a los obreros. El Frente Popular unió  a sectores diversos que permitieron el impulso modernizador desde 1939. La lucha social, el rol de la Iglesia del Cardenal Silva Henríquez y la disciplina ciudadana permitió la recuperación democrática de 1988.

Chile está enojado, crispado, decepcionado, desganado unos, enrabiados otros, movilizados miles. No todo es achacable al actual Gobierno, qué duda cabe. Pero el Gobierno tiene la mayor responsabilidad, es así en el presidencialismo extremo chileno: el señor Sebastián Piñera Echenique debe decidir: planear hasta una nueva crisis “haciendo como hago pero nada hago (Asturias, El Señor Presidente)”, reprimir para unirse al listado de gobiernos nefastos que impusieron el orden de los cementerios con adláteres que llamaban subversivo a cualquier reclamo sensato (como los de la generación que quiere Chile justo y amable), o atreverse a ser estadista y convocar a un plebiscito y pacto por reformas tras escuchar el veredicto popular. Piñera puede salir del anecdotario de la trivialidad (sus lapus son secundarios) y de la camisa de fuerza de los sectores de la derecha intransigente que lo tienen acorralado, como la soledad de O´Higgins, de Balmaceda, y en muchos sentidos, de Allende, el presidente que buscó diálogo una y otra vez entre julio y septiembre de 1973, y convocaría a un plebiscito el mismísimo once de septiembre, con el texto ya revisado con Joan Garcés.

Piñera comparte una parte  de lo que dice la calle. El leyó y aprobó la ediciones de frases, cartas, poemas  y personajes notable de Chile que publicó su editorial Los Andes: aquellas de líderes sociales, intelectuales, empresarios desarrollistas, sufragistas, defensores de los derechos humanos.  No puede cometer el error de dejarse llevar por  los malos consejeros que llevaron a muchos países al desastre y la vergüenza de ahogar las ansias de libertad y justicia con balas. Es posible el compromiso histórico de la reforma para mejorar nuestra democracia. Una verdadera Nueva Constitución puede llevar su nombre y la educación puede ser el espacio común del nuevo Chile más fraterno. El puede cambiar el juego, esa teoría que aprendió y ha ejercitado con osadía en otras circunstancias de su vida empresarial y política. Él tiene la palabra.

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