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Hamlet en La Moneda: el gobierno sin conducción

por 10 agosto, 2011

Hamlet en La Moneda: el gobierno sin conducción
Es el momento de volver a los contenidos esenciales. Entre ellos reconocer que no solo el gobierno está de rodillas sino toda la elite política. No ante un adversario avasallador o una revolución, sino ante ciudadanos movilizados en paz en torno a valores que creen legítimos, como la prohibición del lucro en la educación.
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La crisis es de identidad y de confianza. De identidad porque la mayoría de la gente que se manifiesta o adhiere a las movilizaciones no se identifica con las respuestas de las autoridades, ni con los apoyos de la política, ni con los escenarios a los que la elite política recurre para resolverlos. Claramente los manifestantes no comparten la lógica de los procedimientos institucionales vigentes ni las soluciones que ellos generan.

En un sistema presidencialista quien la lleva es el Presidente y es este, por apagado y casi agazapado en un silencio que le hace mal a su gobierno, quien debiera abrir el juego de los cambios, porque sin cambios esto no marcha.

Con el bloqueo político actual el país está en los bordes de la legitimidad, con problemas serios  para encontrar mecanismos institucionales válidos para viabilizar soluciones. La identidad legitimadora, para usar un concepto de Alain Touraine, que es la que permite racionalizar los conflictos  dentro del sistema, no está funcionando. Y quien es el principal encargado de las iniciativas, no se pronuncia.  Al menos no con la claridad que se requiere. Pese a que no se trata ni de una revuelta social, ni de una lucha política encarnizada, sino simplemente de convicciones ciudadanas sobre valores de orientación del sistema, acompañadas de movilizaciones. Fuerte fracaso de la nueva forma de gobernar.

También la crisis es de confianza. En todas partes ronda la sospecha de la instrumentalización de los esfuerzos desplegados. No solo en la elite política oficialista o la de oposición, sino incluso entre las propias fuerzas sociales movilizadas. Muy pocos le están creyendo a los otros, no por efecto de la coyuntura, sino por una acumulación de experiencias frustrantes y engaños al voleo, a través de 20 años de democracia.

En tales circunstancias extraordinarias, las soluciones deben ser, necesariamente extraordinarias. Para eso se requiere claridad y liderazgo. Pero además conciencia  respecto de las responsabilidades propias, empezando por el primer ciudadano de la República, el señor Presidente, quien debe dejar de moverse como Hamlet en La Moneda y empezar a tomar decisiones para abrir el juego político.

La confianza, además de un bien público, es también un atributo personal que en el caso del Presidente está muy a la baja. No usa sus competencias y quienes lo hacen por él no actúan de manera prudente, tratando de contribuir a la normalidad con transparencia y el mínimo de elementos de coerción y fuerza. Carabineros encapuchados infiltrados en las movilizaciones con el objeto de criminalizar los movimientos sociales, o agresiones a ciudadanos en sus propias casas, son el mejor ejemplo de que la principal tentación de lo débiles y los impotentes es la violencia. Y en este caso es el propio Estado.

El Ministro del Interior, ordenado por el Presidente de la República, debe garantizar el control efectivo de  Carabineros, los cuales han dejado evidencia de grados preocupantes de impotencia, descontrol y agresiones.

La crisis de confianza también juega en el campo de los movilizados. Giorgio Jackson y Camila Vallejo, de lejos los rostros indiscutibles del nuevo poder estudiantil y social, deben concurrir  a sus bases de manera constante para validar su vocería y representación. Situación que la prensa oficialista aprovecha para tratar de debilitarlos y dividirlos.

El control de la vocería – inventado por los “pinguinos” durante el movimiento del  año 2006- no es solo un artefacto de democracia directa, sino también un control para que nadie expropie el esfuerzo de todos para servir a intereses particulares. Es verdad que resta velocidad a las eventuales soluciones y de ahí que resulte legítima la revisión de competencias y funcionamiento planteada por Jackson. Pero ellos deben luchar por legitimidad y al mismo tiempo desmarcarse del interés corporativo de terceros, por lo que es una mala receta tratar de debilitarlos. Un buen negociador precisa de interlocutores empoderados al frente. La agresión fuerte de los medios oficialistas y del gobierno y la ruda y conservadora “marcación al hombre” hecha por el Presidente del Colegio de Profesores, Jaime Guajardo para arroparse en la imagen de los líderes estudiantiles es una doble mochila cuya carga debe terminar.

No cabe duda que los movilizados deberán adoptar un sistema de representación que les ayude – y otorgar credibilidad a sus interlocutores- para legitimar o crear mecanismos que permitan soluciones y acuerdos.

Algo similar debe ocurrir en el mundo del oficialismo y sus vínculos con la oposición. El diálogo hace mucho que dejó de ser un contenido virtuoso de la política y es inevitable que hoy se lo vea como un simple acto de autoconservación.

Hasta ahora, tanto a  la elite oficialista como a la de oposición, les parecían más adecuados los efectos de auditorio, las riñas y la publicidad. Y hace rato que las soluciones de los problemas salieron del círculo de los mecanismos legales, entre ellos el Parlamento, para radicarse en estudios jurídicos, empresas de asesoría estratégica o lobby, o simplemente en la mesa de la cocina que se comparte con familiares y amigos íntimos. Toda la elite política debe hacerse cargo, entonces, de la existencia de una comprensible sospecha ciudadana. Demasiados compadres, socios, primos y parientes en el centro del escenario.

Si hay crisis de identidad y confianza hay, inevitablemente,  crisis de representación. No solo de aquella electoral que en el caso de Chile, merced al sistema binominal,  no tiene ni la densidad ni la profundidad democrática de un cuerpo político plural, con representación garantizada de mayorías y minorías. Sino también de sentirse cómodo e interpretado en los mecanismos y en la ecología del sistema político.

Si nadie confía en una autoridad que se cree solo trabaja para su popularidad y no para solucionar los problemas, ni tampoco en un sistema en el cual la legalidad pueda ser transgredida de manera impune por las propias autoridades como frecuentemente ocurre en los temas ambientales; ni en una oposición que durante veinte años administró el sistema de manera autocomplaciente y apenas perdido el poder recuperó la memoria y la retórica de la igualdad, las opciones de normalidad son estrechas.

Y, por lo tanto, es el momento de volver a los contenidos esenciales. Entre ellos reconocer que no solo el gobierno está de rodillas sino toda la elite política. No ante un adversario avasallador o una revolución,  sino ante ciudadanos movilizados en paz en torno a valores que creen legítimos, como la prohibición del lucro en la educación.

En tales circunstancias extraordinarias, las soluciones deben ser, necesariamente extraordinarias. Para eso se requiere claridad y liderazgo. Pero además conciencia  respecto de las responsabilidades propias, empezando por el primer ciudadano de la República, el señor Presidente, quien debe dejar de moverse como Hamlet en La Moneda y empezar a tomar decisiones para abrir el juego político.

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