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Política Exterior: La Era del Hielo II

por 14 agosto, 2011

Falta de prioridad, inercia, desidia, impericia, falta de proyecto e improvisación, e incluso incomprensión de lo que acontece en el exterior, son los sellos distintivos de la actual política exterior de Chile. Son esos mismos los fundamentos del advenimiento de una Nueva Era del Hielo para Chile en el concierto internacional y regional.
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Corrientemente se estima que la política exterior constituye  la proyección en el plano internacional de la política interna.   Es decir,  que dicha política junto con representar el modo y los instrumentos con que los Estados buscan cautelar y  promover sus intereses más esenciales  en el plano externo, también  refleja unos determinados principios y valores que tienen vigencia y aplicación en la esfera interna.

De igual modo, se considera que la forma precisa  en que se despliega la política exterior, tanto en sus contenidos conceptuales como en referencia  a sus propósitos específicos,  también expresa una determinada manera de hacer las cosas y de encarar los problemas y desafíos externos. La cual reproduce o al menos se asemeja  a la forma en que un determinado gobierno procede a su vez a procesar y a conducir  sus asuntos en el plano interno.

Falta de prioridad, inercia, desidia, impericia, falta de proyecto e improvisación, e incluso incomprensión de lo que acontece en el exterior,  son los sellos distintivos de la actual política exterior de Chile. Son esos mismos los fundamentos del advenimiento de una Nueva Era del Hielo para Chile en el concierto internacional y regional.

Durante la dictadura militar, la política exterior fue el fiel reflejo de los propósitos que  el régimen perseguía en el plano interno, tanto en sus contenidos como en sus formas.  Declarada la guerra al comunismo y la subversión interna, la dictadura militar, en un contexto de  Guerra Fría y enfrentamiento entre bloques hegemónicos a nivel global,  convirtió este propósito de política interna en un objetivo central  de su precaria política internacional. De este modo, los militares en el gobierno y sus aliados civiles, hicieron del anticomunismo el leit motiv de su despliegue externo. Consiguientemente, sobre la base de este predicamento básico, la dictadura intentó infructuosamente tejer sus alianzas regionales  y mundiales en las distintas esferas.

Como se sabe, durante este período Chile estuvo  políticamente aislado en el plano internacional como nunca antes en su historia. Nuestro país fue tratado como un Estado paria y el gobierno de Pinochet considerado como un gobierno forajido, incluso por Estados y gobiernos que pudieron hipotéticamente   haber representado aliados objetivos, pero que  optaron por tomar distancia de sus fechorías internas e internacionales.  Durante 17 años, en el plano exterior Chile vivió una auténtica Era del Hielo, cuyos pormenores multilaterales y bilaterales son suficientemente conocidos. Incluidos sus innumerables chascarros y vergüenzas.

Recuperada la democracia, el propósito esencial de la política exterior consistió en conseguir la plena reinserción internacional de Chile. Dicho objetivo se consiguió de manera rápida y plena, habida cuenta de las amplias simpatías y apoyos que el proceso de reconstrucción democrática chilena despertó en todo el mundo. En lo sucesivo, y sobre la base de la normalización de las relaciones de Chile con el mundo, la política  exterior chilena se abocó a acompañar la estrategia de desarrollo económico interno, especialmente persiguiendo y logrando una amplia red de acuerdos comerciales. Por otra parte, y en coherencia con los propósitos políticos concebidos para el plano interno, el país logró un gran reconocimiento internacional como un actor propositivo, dialogante y negociador en una serie de iniciativas de carácter regional y global, lo cual le permitió acumular un significativo capital político en la forma de prestigio, ascendiente e influencia.

La Era del Hielo de nuestra política exterior había quedado atrás. Y no era previsible un nuevo congelamiento, hasta que apareció la” nueva forma de hacer política exterior”, la cual parece consistir  en no tener horizonte conocido y en  hacer muy pocas cosas, o casi nada. Es decir, en dejarse llevar por la inercia de las cosas y en no tener política  exterior reconocible, en los absoluto.

En estricta coherencia con la falta de relato interno, la política exterior del gobierno de Sebastián Piñera carece de objetivos explícitos conocidos. Excepción hecha de lo consignado en el programa de gobierno, lo cual no representa más que una colección de lugares comunes y buenos propósitos, las más de las veces productos del copy-paste, pero nada que asemeje a una cierta estrategia coherente.

En el plano multilateral, no hay ninguna política o acción práctica llevada cabo o en curso que merezca ser mencionada, ni que se conozca.  La acción de Chile en la ONU y sus agencias brilla por su ausencia y esta no es una cuestión baladí, si se tiene en cuenta que es en  esta esfera donde se debaten  asuntos muy cruciales y se negocian y acuerdan políticas que tienen que ver con la sociedad internacional en su conjunto.

Evidentemente, la actual administración no tiene interés alguno en ejercer ningún tipo de activismo en esta esfera, lo cual a la postre resulta plenamente comprensible. A fin de cuentas, a la derecha en general, la política multilateral le resulta  una cosa inoficiosa y hasta aburrida, y los organismos que la desarrollan, se trate de la ONU, la OEA, El Grupo de Río,  UNASUR o cualquier tipo de instancia de confluencia y coordinación, le parecen especies sospechosas de burocratismo, presas de una retórica inconducente, frente a las cuales no vale la pena distraer esfuerzos, mucho menos recursos humanos o materiales.

No se conoce de alguna iniciativa concreta que Chile este desplegando frente a la Unión Europea. Ninguna  política reconocible, ningún propósito que se persiga. Hay que recordar que nuestro país tiene con la UE un Acuerdo de Asociación que data del 2003, pero respecto del cual, y sobre nuevas medidas que apunten al fortalecimiento de su aplicación en todos los ámbitos que involucra, poco o nada se sabe. Probablemente porque no hay nada que saber.

China representa uno de los principales socios comerciales de Chile, aunque mirado a la inversa, nuestro país sigue siendo un socio insignificante para el gigante asiático. América Latina representa un destino muy principal de las inversiones chinas, en una lista donde destaca Brasil, Argentina y Perú, pero en cuya relación  Chile no aparece por ninguna parte.

En un sentido general, la relación de Chile con Asia parece languidecer. Todo el esfuerzo político y diplomático que Chile invirtió en el desarrollo y consolidación de la relación con Asia Pacífico, incluido nuestro ingreso a APEC, todo ese capital acumulado, parece hoy estar siendo rifado y dilapidado por falta de iniciativa.

Respecto de Rusia, salvo reuniones bilaterales formales, donde se habla de todo y de nada, no parece existir cuestión  concreta en carpeta. Rusia podría constituirse en un importante socio de Chile, especialmente en cuestiones energéticas, pero no hay indicios de que algo semejante vaya a ocurrir.

Con EE.UU., pese a la reciente visita del presidente Obama, tampoco hay agenda visible. Descontada la circunstancia de que EE.UU. para por una fase de problemas internos, lo que viene produciendo un mayor retraimiento de su política respecto a  América Latina, las relaciones bilaterales marchan por un conducto tan formal como insípido.

Pero donde la atmósfera debiera resultar cálida con carácter obligatorio,  y de ningún modo gélida y distante, que es como efectivamente se presenta, es precisamente en nuestro vecindario más próximo. Pues en es cuanto a América Latina donde se manifiestan  los déficit más serios y ostensibles, y donde  queda mejor demostrada la improvisación, la falta de proyecto y la impericia.

Para empezar, hay que consignar que América Latina  está hoy siendo gobernada mayoritariamente por coaliciones de izquierda o centro-izquierda. Por lo mismo, existe por definición una atmósfera poco acogedora para la diplomacia chilena, la cual se ve profundizada por las propias inacciones, indefiniciones y torpezas de la que la política exterior chilena hoy hace gala. Todo ello sin mencionar su tendencia innata a secuestrar la política propiamente tal  por el comercio y los negocios.

Respecto de Argentina, la relación camina empujada por la inercia y siendo conducida por una especie de “piloto automático”. En materia de integración bilateral no se ha realizado ningún avance  significativo, ni en materia de infraestructura ni en ningún aspecto de los más urgentes de acometer.  A guisa de ejemplo, hay que decir que los comités de integración han profundizado su carácter burocrático y ritual, lo cual no es extraño si se tiene en cuenta que entre ambos gobiernos, tanto respecto al nivel central, tanto  como regional-provincial, existe muy poca química y consiguientemente, escasa  voluntad de trabajar conjuntamente tras objetivos comunes.

Con Bolivia, las cosas aparecen retraídas al período anterior a la agenda de los 13 puntos del 2006, de modo que la   relación bilateral  va de una crispación a la otra y sin que el gobierno de Chile se resuelva a poner sobre la mesa una propuesta concreta sobre la cual se pueda discutir y eventualmente  negociar. Este tira y afloje, que tiene más de lo primero que de lo segundo, quiere ignorar contumazmente, que las preferencias regionales en cuanto a respaldos y adhesiones, están claramente colocadas al lado de Bolivia. De mismo modo en que se pretende, falsamente, que en Chile la política que se viene sosteniendo con Bolivia responde a un consenso nacional, lo cual efectivo, muy por el contrario.

Respecto de Perú la circunstancia bilateral no es mejor. El futuro que se avizora es de carácter reservado o en todo caso incierto, y no solamente por causa del advenimiento del nuevo gobierno del presidente Ollanta Humala  y por el litigio que yace en el Tribunal de la Haya. Ojalá que algún día alguien  pueda regalarnos con una explicación, sino satisfactoria, al menos comprensible, de las razones por las cuales se cometió tal cúmulo de errores y se emitieron tantas  señales políticas confusas con relación a Perú en tiempos recientes. Entre otras, aquellas que hicieron que el gobierno chileno prestara su respaldo al hoy fenecido Arco del Pacífico, llevado adelante por  Alan García en las postrimerías de su mandato y con el solo apoyo de los EE.UU. y Colombia, cuyo presidente Santos no es lo mismo que Uribe,  y por México, un gobierno que va de salida.

En cuanto a Brasil, por solo mencionar otro actor insoslayable, dado su indiscutible condición de potencia emergente a nivel global y de potencia regional consolidada, el panorama no es menos desolador. La evidente incompatibilidad de caracteres entre los gobiernos de Piñera y Dilma  quizás pudiera  explicar de gran modo el evidente distanciamiento,   pero no de modo suficiente.

Brasil parece empeñado en pasar a jugar en las grandes ligas, y en cuanto a América Latina, empieza a actuar de facto como vocero regional en los asuntos mundiales. Simultáneamente, Brasil  se despliega regionalmente, por ejemplo, completando sus corredores bioceánicos en dirección a Perú buscando su salida hacia el Pacífico por una ruta que excluye a Chile, mientras que se activa en relación a la cuestión de la mediterraneidad boliviana, y no precisamente a favor de la posición oficial chilena.

Mientras  todo eso y mucho más tiene lugar respecto a Brasil en el contexto regional, Chile observa, si es que acaso algo hace,  pero no se resuelve a jugar a nada. Prueba de lo cual representa la lánguida existencia de nuestra representación diplomática en Brasilia, en la cual a decir de su propio personal diplomático, no se oye más ruido que el del silencio.

La cuestión de la crisis terminal del propio Ministerio de Relaciones Exteriores, cuya refundación, ya no modernización, continua postergada ad eternun, ahora por causa de la  baja prioridad que el gobierno le asigna a la política exterior, merecería un apartado especial. Pero preferimos obviarlo por esta vez, en vista de que es evidente  su escaso rol como institución y hasta quizás su inocencia,  pues hay suficientes evidencias que la política exterior es conducida, digámoslo así, por el propio presidente Piñera y eventualmente, por su Ministro de Relaciones Exteriores, de modo exclusivo y excluyente.

Falta de prioridad, inercia, desidia, impericia, falta de proyecto e improvisación, e incluso incomprensión de lo que acontece en el exterior,  son los sellos distintivos de la actual política exterior de Chile. Son esos mismos los fundamentos del advenimiento de una Nueva Era del Hielo para Chile en el concierto internacional y regional.

No cabe duda entonces que la política exterior de Chile es hoy la proyección o traducción  perfecta de la política interna, caracterizada por males semejantes.

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