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¿Vale la pena ser global?

por 15 agosto, 2011

Así como es caprichoso catalogar a un país de serio o no a esta altura de los acontecimientos, podemos afirmar que la globalización no es ni buena ni mala. Ha reducido el aislamiento, ha mejorado la solidaridad internacional, ha interconectado culturas. Pero no ha resuelto la integración de acuerdo a lo esperado. Con inequidad y con intereses encontrados, no hay integración. Y sin integración, estar juntos no vale la pena.
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Soplan vientos de crisis otra vez. En realidad esos vientos nunca han cesado, pero esta vez la credibilidad de quienes protegen al rebaño está cada vez más borrosa. Y el aleteo del águila se transforma en un huracán cuando estamos atados a una cuerda común llamada globalización.

Joseph Stiglitz plantea que la globalización es un fenómeno basado en la integración más estrecha entre los países, producto de los mejores medios de comunicación, transporte, costos. Pero que impulsada por los grandes generan exigencias a los mas pequeños que a veces resultan inalcanzables.

Para cubrir las exigencias de ingresar a este club, se imponen modelos únicos y recetas indiscutibles que terminan siendo discutibles pero sólo por los que las crearon. Está claro que quienes no forman parte de la mesa chica de los ricos, no tienen derecho a plantear que los países impulsores de teorías únicas se han equivocado. En estos términos, EE.UU. parece seguir siendo un país serio…los desobedientes no.

Así como es caprichoso catalogar a un país de serio o no a esta altura de los acontecimientos, podemos afirmar que la globalización no es ni buena ni mala. Ha reducido el aislamiento, ha mejorado la solidaridad internacional, ha interconectado culturas. Pero no ha resuelto la integración de acuerdo a lo esperado. Con inequidad y con intereses encontrados, no hay integración. Y sin integración, estar juntos no vale la pena.

Sostenida en la teoría que supone que los mercados en su libre andar alcanzan resultados eficientes, el modelo global critica y bloquea la acción del Estado como participante de la vida económica que genere recursos aplicables en aquellas situaciones deseables para el desarrollo de un país, como la educación y la salud.

Los países “centrales” y las instituciones financieras globales definen un método que prescribe las políticas a seguir, y quién no sigue ese método se transforma en un trasgresor del sistema. Y ese método no resolvió la pobreza ni el desarrollo. Y mantiene crisis no resueltas.

En relación a estas crisis crónicas, Paul Krugman ironiza sobre la caprichosa forma de categorizar a los países en términos de su seriedad, la que está determinada por sus políticas económicas. Entonces surge la pregunta: Qué es y qué no es un país serio?

Siguiendo la senda de la seriedad global, Argentina parece no ser un país serio al apartarse de las reglas del FMI y diseñar su propio modelo justo cuándo el mundo le devolvió la posibilidad de crecimiento a partir de las necesidades globales de alimentación. Sin recurrir a recetas supuestamente “lógicas”,  y más allá de las incoherencias políticas y desencantos sociales, creció económicamente y sobrevivió al desastre del 2001.

Cuándo los expertos en economía buscan la fórmula del éxito para el desarrollo con EE.UU. como eje de las decisiones y como generador de los modelos, las crisis parecen interminables y no cesarán en la medida que todo tenga que estar bajo una única y fundamental teoría. Es como si viviésemos en un reality planeado al estilo Matrix... Pero ¿qué resultados está teniendo ese plan global maestro?

¿Es hoy EE.UU. un país serio? ¿Son serios los países europeos en decadencia? ¿Es serio lo que se planteó en Islandia, que pasó del desarrollo a la desesperación por formar parte del modelo económico “globalmente aceptado”? ¿Qué sucedería si dejamos que cada país desarrolle sus políticas de acuerdo a sus exigencias y deseos de calidad de vida?

Estamos en problemas si pensamos el mundo con una teoría fundamentalista y no ponemos foco en las emociones que nos llevan a decidir el destino de lo que queremos como sociedad más que como individuos.

Por eso, más allá de las teorías y métodos universalmente aplicados, la esencia está en los valores de quienes juegan el juego.  ¿Queremos ser globales siguiendo reglas ineficientes para ser un país serio o parecerlo? O queremos tener un país “vivible”? Qué queremos tener?

Así como es caprichoso catalogar a un país de serio o no a esta altura de los acontecimientos, podemos afirmar que la globalización no es ni buena ni mala. Ha reducido el aislamiento, ha mejorado la solidaridad internacional, ha interconectado culturas. Pero no ha resuelto la integración de acuerdo a lo esperado. Con inequidad y con intereses encontrados, no hay integración. Y sin integración, estar juntos no vale la pena.

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