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Nuestra mala clase política

por 17 agosto, 2011

Nuestra mala clase política
El gobierno culpa a la oposición de obstruccionista, que no lo deja cumplir su programa. Lagos y Frei culpan a la derecha, que nunca permitió hacer los cambios. Girardi culpa a los tecnócratas de la Concertación. ¿Pero, alguien se responsabiliza a sí mismo? Sólo cuando aparezcan voces de ese tenor podremos estar frente a un primer paso. Ojalá suceda pronto, antes que sea demasiado tarde. Porque todo parece indicar que, por ahora, la gente seguirá en las calles.
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En su clásico Chile, Un caso de desarrollo frustrado (1959), Aníbal Pinto Santa Cruz constataba cómo nuestro país se sumergía, a mediados del siglo XX, en la contradicción entre un alto desarrollo político y un bajo nivel económico. Según él, esto conspiraba contra las posibilidades de Chile para dar un salto al estadio que casi todos pregonan como un Paraíso: el desarrollo.

60 años después vemos cómo esta contradicción se ha invertido. Buenas cifras macroeconómicas, un país miembro del selecto grupo de la OCDE, líder en alianzas de libre-comercio y en ingreso per-cápita en América Latina. Sin embargo, la conducción de su clase dirigente la tiene convertida en una de las sociedades más desiguales y segregadas del mundo. Las encuestas de opinión –que condenan sin distinción a los dos bloques mayoritarios- no dejan lugar a dudas: tenemos una Mala Clase Política.

Por si esto fuera poco, el espectáculo de las sillas giratorias, donde unos y otros se rotan los cargos para que nada cambie, nos recuerda a la Nomenklatura, aquella clase política que, inmutable, gobernara los últimos años de la Unión Soviética.

¿Cómo llegamos a tener esta camada ineficaz, que toma las decisiones más importantes que afectan nuestro día a día tan alejada de los ciudadanos comunes y corrientes?

En plena ebullición del conflicto estudiantil, fracasa la propuesta de constituir una Comisión parlamentaria para investigar el lucro a la Educación, en gran parte debido a la ausencia en la votación de varios diputados opositores. Una legítima sospecha queda flotando en el ambiente, la que se refuerza después que RN entregara una larga lista con nombres de destacados personeros del bloque de centroizquierda –entre ellos varios ex ministros de Educación-, vinculados a directorios de Universidades Privadas de diferente ralea.

Resulta difícil para algunos, y obvio para otros, responder a esta pregunta (el amarre del poder político que viene de la dictadura, expresado por ejemplo en el sistema binominal, es un fácil chivo expiatorio para absolver un cúmulo de conductas políticas y éticas reprobables). Pero más allá de las causas, ¿cuáles son los síntomas de esta patología que pareciera haber llevado a este enfermo –nuestra clase política- a una fase de severa descomposición? ¿Cuáles son los índices que hacen que nosotros, “ciudadanos de a pie”, percibamos a los políticos que nos gobiernan en un mundo tan distinto al nuestro? ¿Cuáles son los rasgos que identifican a esta auténtica Nomenklatura chilensis?

1. El contubernio político-económico

El debutante Ministro Longueira, de imprescriptibles credenciales pinochetistas, encara a Claudio Hohmann, ex ministro de la Concertación, por las prácticas abusivas contra los consumidores de Wal Mart,  la transnacional que representa. Hace 20 años esto hubiese parecido el mundo al revés. Pero hoy es parte de la “normalidad”.

En plena ebullición del conflicto estudiantil, fracasa la propuesta de constituir una Comisión parlamentaria para investigar el lucro a la Educación, en gran parte debido a la ausencia en la votación de varios diputados opositores. Una legítima sospecha queda flotando en el ambiente, la que se refuerza después que RN entregara una larga lista con nombres de destacados personeros del bloque de centroizquierda –entre ellos varios ex ministros de Educación-, vinculados a directorios de Universidades Privadas de diferente ralea.

Un círculo paradigmático de este contubernio: ex ministros que pasan a ser miembros de directorios de grandes empresas, como AFPs e Isapres (las empresas que más dinero administran en Chile); o directores de importantes empresas públicas –como TVN- que van a encabezar otras cuestionadas –como HidroAysén- u otras derechamente estafadoras –como La Polar.

Esta Nomenklatura chilensis, esta Mala Clase Política alejada de los intereses esenciales de los ciudadanos, pretende que guarecida en sus pasillos palaciegos, o en las oficinas de sus directorios, sus actos pasen desapercibidos. Pero no es así. La gente hace rato se dio cuenta, y por eso ahora está en la calle.

2. El recurso de la mentira flagrante

Hace algunos años, el entonces Ministro del Interior de Frei, Carlos Figueroa, fue sorprendido por las cámaras de TV votando con su carné de conducir. Descubierto, no tuvo otra opción que reconocerlo y pedir disculpas. Este hecho, para algunos anecdótico, a la luz del tiempo puede verse como premonitorio: tuvimos que acostumbrarnos a convivir con la mentira flagrante emanada de nuestra clase política democrática. Desde ahí recorrimos un camino vertiginoso hasta elegir como Presidente a un winner de verbo incontinente, brillante en el manejo del recurso de las medias verdades. Cerramos los ojos y -ya cuasi resignados a la mentira cotidiana-, confiamos en recibir el chorreo de los éxitos de este multimillonario, cuan símiles de los supuestos trabajadores felices de sus empresas (nunca conocidos por lo demás). Nos rendimos ante las bengalas de su ilusionismo, ante sus denodados esfuerzos de empatía. Pero de pronto: ¿dónde quedó la jubilación para la dueña de casa?, ¿a cuántos llegará realmente el bono de las bodas de oro?, ¿en qué fecha será construido el subsidio 100 mil, y otros tantos etcéteras? Por eso que, cuando el vocero Chadwick debutó diciendo que Lavín no fue removido, sino “él decidió dar un paso al costado” –síndrome Van Rysselberghe, otro caso de estudio-, ya no había nada nuevo. No fue titular. Pero ojo, eso no significa que la ciudadanía crea esta y otras patrañas; se da cuenta muy bien de las mentiras. Es cosa de ver las encuestas. Por eso la gente está en la calle.

3. El Origen Sociocultural

¿Cuántos parlamentarios, subsecretarios o ministros no son del grupo socioeconómico ABC1 –el sector que gana las rentas más altas y representa menos de un 10% de la población?

¿Cuántos parlamentarios son de la Región que “representan”?

¿Cuántos alcaldes viven en las comunas que gobiernan?

¿Cuántos artistas o intelectuales hay en el Congreso?

¿Cuántos mapuche, cuántos obreros o empleados?

¿Cuántos de estos políticos se ha subido alguna vez a un bus del Transantiago -salvo para salir en alguna foto?

¿Cuántos de ellos están en Fonasa, cuántos envían a sus hijos a la enseñanza fiscal?

4. La adicción al binominal y a la democracia cupular

¿En qué se parecen Fulvio Rossi y Evelyn Matthei? En que ambos perdieron, pero igual fueron senadores, gracias al sistema binominal. Pero este modelo –diseñado por el genio de Jaime Guzmán, démosle los créditos al difunto- es sólo la punta del iceberg de un cuerpo político hecho por y para las cúpulas, no para los ciudadanos. Este sistema ha terminado por materializar la proclama de Nicanor Parra, cuando advertía que “la derecha y la izquierda unida jamás serán vencidas”. La mejor encarnación de este engendro político es la flamante senadora designada Ena Von Baer. Sin trayectoria política alguna, fracasó en las urnas en su candidatura al Senado por la Región de la Araucanía. A pesar de eso fue designada Ministra. Luego, fracasada como vocera, fue designada en el Senado, su objetivo inicial. ¿No es acaso una macabra y perfecta tautología? Pero aquí no hablamos sólo de una triquiñuela de los herederos de Jaime Guzmán, sino de un artilugio –el de enrocar el cargo parlamentario con el de Ministr@- que debutó con Carolina Tohá, en el Gobierno de Bachellet.

Este par de ejemplos, de temas preponderantes de la agenda, ilustra un axioma que se repite en varias áreas  “amarradas” por el Gobierno Militar (y que a la derecha le ha tocado simplemente no dejar desatar): es cierto que la Concertación no pudo –cuando lo intentó-, cambiar las cosas en los temas políticos y económicos clave. Pero también es cierto que le tomó el gusto al poder, a los espacios de privilegio que ese estado de cosas propiciaba, y acabó acostumbrándose a disfrutar de esas granjerías. Una parte de ella se corrompió, y acabó por no distinguirse de la derecha. Por eso la gente está en las calles.

5. La rendición ante el slogan y la cuña: el marketing

Para llegar a ocupar un cargo político o -para usar una expresión que le encanta a nuestra Nomenklatura- para llegar a convertirse en un “servidor público”, no sólo hay que disponer de uno o más mecenas que financien una millonaria campaña. También de asesores de marketing que te inventen buenos slogans y te adiestren en la elaboración de “buenas cuñas”, es decir, declaraciones llamativas e ingeniosas, frases de efecto, breves, imprescindibles para figurar en las portadas y los noticiarios.

El marketing, los slogans, las cuñas. Ajeno al más mínimo tacto diplomático, nuestro Presidente declara por ejemplo, cuando viene Ollanta Humala: “Estamos en guerra. En guerra contra la pobreza, en guerra contra la ignorancia, en guerra…” (copión además, porque la Guerra contra el Hambre fue acuñada por Lula, con la diferencia que allí, más que una frase vacía, hubo una política de Estado que le dio consistencia a la expresión). Con el país revuelto, con un sistema educacional semi-paralizado, el senador Pizarro espeta irónico: “No hay crisis social, hay mal gobierno”. Claro, porque la Nomenklatura chilensis se habla entre ella. Nosotros, los ciudadanos, somos de segunda categoría. Se nos considera espectadores de un diálogo entre iluminados. Uno de los más ingeniosos en los tiempos que corren es Osvaldo Andrade, presidente del PS: “Pinochet era más popular que Piñera” –lanza su cuña provocadora. Sólo ve al adversario, no es capaz de mirarse a sí mismo. Pues según la misma encuesta que lo inspira, Pinochet era muchísimo más popular que la Concertación. Patético. Tanto como Carlos Larraín, que con su incordio sobre los “inútiles subversivos, varios de ellos en el Congreso”, nos retrocede a la época y al tono de los martes del Almirante Merino.

¿Pero qué posibilidades habrá de “sanear” esta Mala Clase política, esta Nomenklatura chilensis que nos gobierna?

El gobierno culpa a la oposición de obstruccionista, que no lo deja cumplir su programa. Lagos y Frei culpan a la derecha, que nunca permitió hacer los cambios. Girardi culpa a los tecnócratas de la Concertación. ¿Pero, alguien se responsabiliza a sí mismo? Sólo cuando aparezcan voces de ese tenor podremos estar frente a un primer paso. Ojalá suceda pronto, antes que sea demasiado tarde. Porque todo parece indicar que, por ahora, la gente seguirá en las calles.

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