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Raúl Ruiz: el adiós de los bares olvidados

por 26 agosto, 2011

Raúl Ruiz: el adiós de los bares olvidados
Entre 1968 y 1973 lo traté muy cercanamente, derivado de la política. En mi memoria todo aparece asociado de manera indeleble a viejos bares. La mayoría desaparecidos, pero de cuya evocación me surge su dimensión de conversador y decantador inagotable de brevajes y temas, sin limite ni reglas para las opiniones. Y, casi, sin percepción material del tiempo.
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En su último viaje, Raúl Ruiz llegó esta vez para radicarse de manera definitiva en Chile. Los reconocimientos de que ha sido objeto, referidos a su obra y genio creativo, han dejado entre sombras su socarronería y la voluptuosidad con  que él jugó con su entorno.  Lo que siempre estuvo poblado de bares, sea que se tratara de conversaciones simples y fragmentarias, hechos populares, la política o la mística de su relato con imágenes: el cine.

Simple y comprometido, nadie podría haberle increpado como dicen Los Jaivas “¿Dónde estabas tú?”.  Siempre estuvo en la política y fue socialista, aunque tempranamente fue excluido por la santurronería boba de la disciplina leninista.  Luego de su film “Diálogo de Exiliados” hecho inmediatamente después de 1973 en Francia, los dirigentes de su partido lo expulsaron por su “lenguaje diversionista”.

Entre 1968 y 1973 lo traté muy cercanamente, derivado de la política. En mi  memoria todo aparece asociado de manera indeleble a viejos bares. La mayoría desaparecidos, pero de cuya evocación me surge su dimensión de conversador y decantador inagotable de brevajes y temas, sin limite ni reglas para las opiniones. Y, casi, sin percepción material del tiempo.

De ahí surge el Bar El Frontón, en un segundo piso de la calle San Pablo al llegar a Matucana, entre la panadería San Camilo y el desaparecido cine Minerva. Allí transcurre parte de Tres Tristes Tigres.

¿Por qué o cómo eligió El Frontón?, no sé. Tampoco hay a quien preguntarle. El lugar  era otro bar más, inserto en el corazón urbano de la cueca, según es hoy  San Pablo con Matucana.  Tal vez lo eligió por el ambiente lóbrego de entresemana, que no tenían  Las Violetas, La Perlita, El Gato Negro, Los Gorditos, la Peña de Chito Faró, El Huaso Enrique, el Club Social Magallanes o el tenebroso Bar Génova, todos en el entorno de El Frontón.

Quizás su productor consiguió la locación sin costo convenciendo al dueño de la buena promoción para el local estar en una película. O quizás un inspector del Internado Barros Arana, amigo de Ruiz, conocía al dueño. Lo cierto es que se filmó allí. El Frontón murió de abandono en fecha indeterminada de los años 70, mientras Tres Tristes Tigres viven la gloria de opera prima de un cineasta genio.

Es leyenda urbana que Raúl Ruiz igual le hizo un guiño a la ironía, y burlando el contrato, filmó con cámara oculta el casting para elegir el personaje femenino, material que habría titulado “Palomilla Negra” y sería un reírse de sí mismo y de la historia. Nunca se lo pregunté, y tampoco a su camarógrafo de entonces, el italiano Antonio Servidio, quien podría tal vez desentrañar la verdad de la historia.

Esos bares de la primera época de Ruiz también hablan entre ellos. Eso ocurre en la vida real con la producción de la película Y Nadie dijo Nada y los bares Las Tejas y Miraflores.

El diálogo desquiciado de un grupo de amigos en un bar, donde nadie se escucha y el diablo, que canta boleros, seduce para irse eternamente de parranda, ocurre en el desaparecido Bar Las Tejas, ubicado a la entrada de la calle Nataniel.

Como Ruiz no se apegaba a un guión estricto y cambiaba mucho el original, siempre andaba conversando del tema. En esta película lo hacía con un grupo de amigotes entre los que me contaba, sitos en el Bar Miraflores, en un segundo piso en la tercera cuadra de la calle del mismo nombre. Allí, entre copa y copa, se reajustaba también la producción del film.

Como el consumo corría por cuenta del pródigo Ruiz cada cuenta que se pagaba era una alita que salía del presupuesto de la película. Y aunque la plata la ponía la productora italiana San Diego, de Roberto Rossellini, quien siempre apostó a Ruiz con una fe ciega, había que cumplir pues el origen de los fondos era la RAI, Radio y Televisión Italiana, que no perdonaba los atrasos.

Cuento corto, lo gastado había que reponerlo con ingenio. Uno de los actores salió del grupo de amigos habladores: Carlos Solano, gran pintor y un depresivo perfecto para el tema, y que permitió un ahorro significativo.

Yo hice mi pequeña contribución poniendo los extras que llenaban las mesas del bar, todos trabajadores gráficos de la Editorial Quimantú, que conseguí de unos turnos cuyos jefes eran amigos míos. Lo que por cierto me generó un lío de proporciones con mis jefes pues en esa época debíamos “ganar la batalla de la producción” y esta era una película sobre “el desaliento”.

El Bar Miraflores y el Bar Las Tejas, a través de Ruiz, dialogaron entre ellos, ajustando paladar y producción, antes que ambos sucumbieran de muerte natural. Testigo de ello es Valeria Sarmiento, compañera de toda la vida de Ruiz y su cable a tierra, que llegaba al Miraflores a buscarlo y, con justa razón, nos miraba mal.

La última vez que lo vi en el Chile antiguo fue en el Goal Bar, un local de la primera cuadra de Bandera, también desaparecido. Nos juntamos pocos días después del golpe militar de 1973 a un contacto, como le decíamos entonces, para informarnos o informar lo poco y nada que sabíamos los unos de los otros, dar señales de estar bien y dejar noticia de lo que haríamos. Ya nadie dormía en su casa.

Lo elegimos pues tiempo antes habíamos revisado allí junto a otro amigo el contrato que obligaba a Raúl a no cambiar un ápice del guión de Palomita Blanca, por expreso requerimiento del autor del libro, Enrique Lafourcade. En la época, todos nos reíamos del fondo de una historia que nos parecía cursi e imposible en el ambiente que el país vivía.

Ruiz también, pese a lo cual, hizo el fresco más maravilloso de esa época, que nos emocionó –quizás también de manera cursi-  19 años después.

Es leyenda urbana que Raúl Ruiz igual le hizo un guiño a la ironía, y burlando el contrato, filmó con cámara oculta el casting para elegir el personaje femenino, material que habría titulado “Palomilla Negra” y sería un reírse de sí mismo y de la historia. Nunca se lo pregunté, y tampoco a su camarógrafo de entonces, el italiano Antonio Servidio, quien podría tal vez desentrañar la verdad de la historia.

En el Chile nuevo, lo volví a encontrar en el antiguo ex bar Capri, entonces una salsoteca que allí había montado el médico Lucho Lorca, hermano del desaparecido diputado socialista Carlos Lorca Tobar, y gran amigo de Raúl Ruiz. Ensoñado como siempre, socarrón como siempre, riéndose de los apellidos y de la obsesión de los chilenos de presentarse como hijos de.

Si los viejos y olvidados bares de Santiago revivieran para despedir a Raúl Ruiz, las mesas se llenarían de gentes anónimas conversando de todo y de lo imposible con él y acerca de él. Estarían también, por supuesto, el negro Gabler, Cochin Muñoz, el Chico Solano, el rucio Aedo, Juan Rusque, el guatón Coloma, Darío Pulgar, Guido Gómez, el negro Roberto Trincado. Y muchos otros que darían fe que, además de un ícono cultural de la historia de Chile, fue un hombre cercano y comprometido en profundidad con la historia del país y su tiempo.

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