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Los tigres están tristes

por 28 agosto, 2011

Aunque tuve pocas oportunidades de escuchar al cineasta, me quedo con la convicción de que su capacidad de comunicarse con todos, desde el más sencillo hasta el más letrado, era su característica, junto con cierta picardía e inquisitivas preguntas.
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¿Qué diferencia a un creador de un técnico experto? El creador construye e instala una realidad, re-dibujando lo que comparece “aparentemente” como algo inconmovible. El técnico perfecciona lo que existe, haciéndolo más eficiente. Un creador, en cambio, impone una nueva mirada, hace visible algo que parecía ya habíamos visto, conmoviéndonos porque tiene otro dibujo, las líneas que cierran su contorno definen otro perfil.

Raúl Ruiz fue un dibujante de la manera de mirar, cada obra es un trazo de la realidad, la que concibió como pintada sobre una croquera continua de hoja infinita. Coherencia atestiguada en un perfil de 113 películas y grandes actores, Mastroiani y la Deneuve, entre muchos. Autor prolífico, dos o tres filmes por año, desde “Tres tristes tigres” de 1969, hasta “La noche de enfrente”, su obra póstuma.

Perfil de obra en el que destacan dos enfoques complementarios, el primero conceptual, el otro técnico. En 2002 refiriéndose a los peligros del cine como industria, expresara en el marco de la Semana de Raúl Ruiz que, “la razón principal por lo que hacemos esto es defender lo que llaman ahora la diversidad cultural, que es simplemente el ejercicio de la libertad en la expresión artística (…) Se trata de la posibilidad de visualizar el máximo de la libertad, no de los cineastas, sino de todos los artistas, especialmente de los países de cultura frágil, como el nuestro”. Esa necesidad de ejercer la libertad se concreta en su apasionada investigación por la concepción del tiempo, materializada en el creativo manejo de los planos, tomas en movimiento, encuadres y montaje, éstas fueron sus herramientas artísticas, técnicas al servicio de un concepto y de un ideal. Anhelaba que el espectador tuviera “la posibilidad de que se cuente su propia película, para que aparezca ese mundo virtual. Para que el cine se parezca más a esa manera absurda que tenemos de hablar”, por ello separaba, dejaba espacio entre una toma y la otra, para que cada uno pudiera hacer su propia historia y fuera capaz de activar la película.

Aunque tuve pocas oportunidades de escuchar al cineasta, me quedo con la convicción de que su capacidad de comunicarse con todos, desde el más sencillo hasta el más letrado, era su característica, junto con cierta picardía e inquisitivas preguntas.

Aunque tuve pocas oportunidades de escuchar al cineasta, me quedo con la convicción de que su capacidad de comunicarse con todos, desde el más sencillo hasta el más letrado, era su característica, junto con cierta picardía e inquisitivas preguntas. Por lo menos es lo vivenciado en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura de Valparaíso, cuando Ruiz acompañó a un artista que inauguraba su exposición. Otra ocasión fue en el Café Torres de Alameda, allí llegó con un grupo, pudiendo integrarse los comensales, vivenciando ese hablar fracturado que tenemos los chilenos, según Ruiz, y que él intentara recrear en su cine.

Dialogar desde una nueva forma de ver la vida, es el legado cinematográfico ruiciano, y serán los nuevos cineastas quienes deberán continuar esa construcción libertaria, que no abandona a ninguno, sea ignorante o erudito, haciéndolos dialogar. Para Raúl Ruiz, el cine debiera ser el arte que más debiese influir en la construcción de ciudadanos, que no se contentan con el consumo de imágenes, sus películas no son bellas por su forma, sino que lo son porque nos hacen ver la Verdad, si así fuere los tres tigres ya no estarán tristes.

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