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¿Es Chile una sociedad decente?

por 23 septiembre, 2011

El desafío que tenemos es aprender de los errores pasados. Imaginar la sociedad que queremos requiere un dialogo confrontacional de ideas de poner la idea de felicidad como un eje central del discurso político, en un mundo partidario aquejado de una alarmante ceguera.
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En estos momentos en que muchos chilenos estamos viviendo momentos difíciles es más necesario que nunca confrontar ideas y propuestas que nos permitan seguir construyendo un Chile libertario, que combine el desarrollo económico con idénticos niveles  de igualdad y bienestar. ¿Podemos decir que en nuestra vida  nos hemos cateterizado por ser  agentes del cambio?

Ampliar las libertades ciudadanas, garantizar mayor acceso femenino a niveles de decisión, respetar a la Tierra ; aceptar la diversidad sexual, respetar los derechos del niño, el anciano y las etnias; impulsar reformas a la educación, laborales y previsionales: ésas han sido algunas de nuestras preocupaciones. El desafío que tenemos es aprender de los errores pasados. Imaginar la sociedad que queremos requiere un dialogo confrontacional de ideas, por la atingencia-aunque parezca paradójico en este momento- de poner la idea de felicidad como un eje central del discurso político, en un  mundo partidario aquejado de una alarmante ceguera.

Los movimientos sociales que hoy se manifiestan en las calles han  puesto énfasis en los cambios reales aquí y ahora. En el país  somos mayoría los que pensamos que el movimiento social quiere una patria inclusiva, donde libertad, igualdad y felicidad sean prioridades ineludibles.

El desafío que tenemos es aprender de los errores pasados. Imaginar la sociedad que queremos requiere un dialogo confrontacional de ideas de poner la idea de felicidad como un eje central del discurso político, en un mundo partidario aquejado de una alarmante ceguera.

En el mundo, el capital es cada vez más globalizado, dice el sociólogo italiano Mauricio Lazzarato. La relaci6n capital trabajo no garantiza la seguridad social "desde el nacimiento a la muerte" y eso genera inseguridad. Estamos ante una acumulación capitalista que no se funda solo en la explotaci6n del trabajo en sentido industrial, sino en la explotaci6n del conocimiento, 1a vivienda, la salud, el tiempo libre, la cultura, los recursos relacionales entre individuos, el imaginario, la formaci6n del hábitat. No se venden bienes materiales o inmateriales, dice Lazzarato, sino formas de vida, comunicación, educación, estándares de socialización, vivienda, transporte.

La globalización, según el sociólogo, "no es sólo extensiva (deslocalizaci6n), sino intensiva, y concierne tanto a los recursos cognoscitivos, culturales, afectivos y comunicativos (de la vida de los individuos) como los territorios, los patrimonios genéticos (humanos, vegetales y animales), los recursos de la vida de las especies y del planeta (el agua, el aire).

Aristóteles asignó gran importancia al estudio de la felicidad. Para el filósofo, el bien más elevado es la felicidad y todos se proponen alcanzarla. La felicidad consistía -entre otras cosas- en poseer la sabiduría. Según él, la tarea de los seres humanos es el supremo bien, que solo se logra por la política. En el siglo XVIII, el filósofo ingles Jeremy Bentham sostenía que la mejor sociedad es aquella en que sus ciudadanos son más felices. En ética y moral (ámbito privado), tanto para Aristóteles como para Bentham la acción mejor será la que otorgue felicidad a mayor número de personas. EI economista Richard Layard, en "La felicidad", dice que "este es el máximo principio de la felicidad: fundamentalmente igualitario, porque la felicidad de todos cuenta por igual; y también fundamentalmente humano, porque sostiene que en última instancia lo que importa es lo que sientan las personas".

Algunos piensan que la felicidad es un bien privado. EI filósofo Thomas Hobbes propone que deberíamos pensar en los problemas humanos considerando a los hombres "como si acabaran de brotar de la tierra y, de repente (al igual que los champiñones) llegaran a la total madurez, sin ningún vínculo entre ellos". En cambio, otros lo pensamos como algo colectivo: así como la política es una necesidad que no podemos eludir para la vida humana, la felicidad es algo relacionado con mi mente y la de otros.

En una” mente pública” Hannah Arendt habla de felicidad pública para expresar que de lo que se trata es "asegurar a muchos el sustento y un mínimo de felicidad", en contraposici6n a la antigüedad, cuando unos pocos se ocupaban de la filosofía (política) en desmedro de la mayoría. El humano, dice Arendt, no es autárquico, sino que depende en su existencia de otros.

La lucha de los ciudadanos del mundo -y en especial de Chile hoy- es impedir que nos transformen en consumidores inconscientes en una  realidad social profundamente desigual. La pregunta que nos hacemos es, si la política partidaria ha ayudado a nuestra sociedad en la búsqueda de más justicia, igualdad y felicidad. La política debe concurrir a este propósito. Por desgracia, en buena parte del mundo la política tradicional genera lo opuesto: infelicidad, incertidumbre y desesperanza en las personas.

La vida que vale la pena es la por crear un mundo: donde no trabajen 242 millones de niños entre 5 y 17 años de edad (según la OIT), donde no mueran de frío indigentes en las calles, donde la educación sea de calidad para todos,  donde el salario de la mujer sea el mismo que el del hombre por igual trabajo, en definitiva  no se avale la desigualdad que generan sociedades indecentes como la nuestra. La decente es aquella en que los menos no humillan y avergüenzan a los más.

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