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La fuerza de Bachelet y los desafíos de la Concertación

por 3 octubre 2011

La fuerza de Bachelet y los desafíos de la Concertación
En la creación de un nuevo referente no puede cometerse la estupidez política de quebrar la alianza entre la Democracia Cristiana, el mundo cristiano que se expresa a través de ella, y la izquierda socialdemócrata. Un frente puramente de izquierda para reemplazar a la Concertación, como algunos tienen en mente, es hoy más estrecho electoralmente de cuanto lo era la UP en Marzo de 1973 y está fue derrocada.

Michelle Bachelet es el principal liderazgo de la Concertación y de la oposición en Chile. El apoyo mayoritario que se expresa en las encuestas a una eventual candidatura presidencial deja en claro que su experiencia de gobierno, las políticas sociales y de género que ella implementó, como su forma de relacionarse con la ciudadanía, su autenticidad, su transparencia, su lejanía con cualquier interés que no sea el del país, se anidó profundamente en la subjetividad de las personas y estableció una relación de confianza y credibilidad que ningún otro político chileno puede exhibir en esa dimensión.

Por ende, si la oposición quiere volver a gobernar el país debe escuchar la opinión de la ciudadanía y más allá de los mecanismos democráticos para elegir el o la candidata presidencial – y al cual no tengo dudas que si  Bachelet decide ser candidata se someterá – ella es hoy la mas probable candidata presidencial con opciones reales de ganar a cualquiera de los candidatos de la derecha neoliberal.

Es más, mientras más conectada con la nueva ciudadanía, con los nuevos anhelos de cambios existentes en la sociedad chilena y menos instrumentalizada por los partidos esté su opción presidencial, mayores son no solo las posibilidades de ganar el 2013 sino también de construir un bloque mayoritario que asegure la viabilidad de un proyecto transformador. Bachelet, en medio del rechazo y de la baja adhesión a Piñera y su gobierno, tiene la posibilidad única de levantar una opción progresista que traspase en mucho las fronteras de nuestro electorado y se sitúe, como ocurrió con Lula en Brasil en su momento, en una alternativa de país.

Hay que reconocer en la crisis de los partidos, en el creciente deterioro de los apoyos ciudadanos a la propia Concertación, en el desgaste inobjetable de la “marca”, como en la tendencia al inmovilismo y a la inercia política e intelectual, factores de riesgo que pueden dificultar cualquier candidatura presidencial y abrir paso a elementos de dispersión y de ulterior descomposición del actual cuadro político.

Sin embargo, el futuro de la oposición no depende solo de Bachelet. En consonancia con el peso del liderazgo de Bachelet los partidos de la Concertación están obligados a emprender una tarea de renovación profunda que parte por generar los mecanismos de unidad de la oposición, por ampliar el propio referente de centroizquierda a nuevos sectores políticos y sociales y por construir un proyecto de cambios estructurales del modelo económico, de más resguardo contra los abusos del mercado, de sustentabilidad ambiental, una nueva Constitución legitimada ante la ciudadanía y garante de una democracia participativa, de nuevas políticas de inclusión de la mujer, de más derechos y libertades ciudadanas.

Por ello, hay que reconocer en la crisis de los partidos, en el creciente deterioro de los apoyos ciudadanos a la propia Concertación, en el desgaste inobjetable de la “marca”, como en la tendencia al inmovilismo y a la inercia política e intelectual, factores de riesgo que pueden dificultar cualquier candidatura presidencial y abrir paso a elementos de dispersión y de ulterior descomposición del actual cuadro político.

Por el contrario, lo que la Concertación necesita es comprender la dimensión del cambio que se está produciendo y buscar ser parte de este.

Lo que tenemos, de una parte, es un gobierno de derecha que se ha descapitalizado, que gobierna con menos de un cuarto de apoyo de los ciudadanos en las encuestas y que demuestra escasa capacidad de gestión, poca eficiencia, incapacidad para solucionar conflictos y enfrentar cambios estructurales y nulo relato respecto de los objetivos de futuro.

Hay, de otra parte, una Concertación cuyo proyecto, que permitió recuperar la democracia y amplias transformaciones sociales y políticas, perdió en el tiempo hegemonía política y cultural en la sociedad y se agotó. Está, además, mal evaluada por los ciudadanos en el cumplimiento de su rol opositor, vive una profunda fractura con el mundo social y no da, en su composición actual, el ancho para reunir al conjunto de la oposición.

Pero, por fortuna para el país, hay también, una nueva ciudadanía, hija de las redes sociales, que se autoconvoca, que no requiere de los partidos para movilizar a millones de personas en todo el país, que fija la Agenda política del país, que exige cambios más radicales en educación, medio ambiente, régimen tributario, respeto a la diversidad y otras demandas materiales e inmateriales. La mayor parte de quienes se movilizan no están dentro del sistema político, es decir forman parte de esos cuatro millones y medio de electores que hoy no está inscrito y no vota, porque tiene una profunda desconfianza y desafección por las instituciones democráticas. Esto revela una separación preocupante del sistema político que no es solo social sino también generacional. Los jóvenes no son ni se sienten sujetos de la política institucional.

En este cuadro complejo, pero a la vez estimulante para las fuerzas progresistas, la Concertación tiene dos alternativas. O asume esta nueva realidad, se refunda, creando un nuevo espacio de convocatoria, movilización, debate y proyecto, un nuevo referente, que sume a la alianza de centroizquierda a otros actores políticos y sociales, a los jóvenes, con los cuales construir esa nueva mayoría política que, en la crisis de la experiencia gubernamental de la derecha, puede ser mas amplia que en el pasado. O bien, se conserva en la nostalgia de lo ya realizado, vive de la épica de la caída de la dictadura y de la exitosa gestión de sus gobiernos que cambiaron a Chile, todo lo cual es ya historia.

Obviamente, en la creación de un nuevo referente no puede cometerse la estupidez política de quebrar la alianza entre la Democracia Cristiana, el mundo cristiano que se expresa a través de ella, y la izquierda socialdemócrata. Un frente puramente de izquierda para reemplazar a la Concertación, como algunos tienen en mente, es hoy más estrecho electoralmente de cuanto lo era la UP en Marzo de 1973 y está fue derrocada. El acuerdo entre la DC y la izquierda es un patrimonio histórico irrenunciable para quien quiera llevar a cabo una nueva fase transformadora de la sociedad, pero hay que ir mas allá de este para juntarse con los que, en postura crítica, se fueron de la Concertación y, sobretodo, con esa otra sociedad naciente, que tiene sus propios perfiles culturales e importantes liderazgos que otorgan credibilidad a un proyecto y a la política.

Si la Concertación es capaz de construir con los demás esta nueva realidad y de ofrecer un proyecto que motive a una sociedad que quiere cambios, entonces  Michelle Bachelet, con un bagaje de nuevas ideas forjadas  en la lucha por los derechos de las mujeres en todo el planeta, será Presidenta de Chile el 2013 con una mayoría amplia y una sociedad atenta, movilizada, que permita efectivamente crear un país más igualitario y más auténticamente democrático.

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