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Mitos sobre el FMI

por 11 octubre 2011

El siguiente párrafo del reciente informe de perspectivas económicas para América Latina y el Caribe difundido por el Fondo Monetario Internacional ha parecido sorprender a algunos:

en los países con una presión tributaria relativamente baja (Chile, México, Perú), es necesario llevar a cabo esfuerzos orientados a movilizar ingresos fiscales para atender las necesidades sociales y de infraestructura de la región, tales como los niveles aún elevados de desigualdad y las necesidades insatisfechas de una clase media en rápida expansión”.

La sorpresa parece venir de varios que, en su flojo apuro reduccionista, suelen querer asociar al FMI con la desigualdad social y, si los apuran un poco, con la miseria y el raquitismo estatal. Entonces, se especula, alentar ahora subida de impuestos sería una suerte de guiño tardío a la justicia distributiva, la misma justicia que el FMI habría menoscabado en su historia de recetas de ajuste macro respecto de países en financieramente mal comportados.

Con la misma facilidad y torpeza con que se podría confundir al pirómano con el bombero, los mitos y prejuicios sobre el FMI suelen lograr arraigo en dirigentes inspirados en el voluntarismo populista. Y sus malezas se extienden muchas veces contra cualquier gobierno que ose defender la responsabilidad fiscal.

Pues bien y en su lugar, antes ir a los datos: todo lo que está diciendo el FMI hoy es aquello que cautela desde su fundación: que la estabilidad económica y financiera-(fue creado para preservarla)- no puede sostenerse si las políticas sociales no están adecuadamente financiadas.

Léase, gastos permanentes que no descansen en ingresos permanentes, terminan en apretones de programas públicos y/o ´impuesto-inflación´ que pagan - ¿será necesario recordarlo?- los más pobres.

Y si de examinar mitos y prejuicios se trata, un estudio reciente del propio FMI ofrece datos interesantes .

Primero, el aumento del gasto social se aceleró en los países con programas de ajuste en comparación con los países sin programas. Y más se aceleró en los países de bajo ingreso que tenían programas con el Fondo. Así ocurrió con el gasto social en relación con el PIB y con el peso sobre el gasto público total, así como con los aumentos del gasto social per cápita ajustado por la inflación.

Segundo, la mediana del aumento anual del gasto en educación y atención de la salud en los países de bajo ingreso con programas desde 2000 fue más del doble del promedio de 1985-1999. Si esos aumentos se acumulan en 10 años, el gasto subió cada década a una tasa de 0,7 puntos porcentuales del PIB en el caso de la educación y de 0,6 puntos porcentuales del PIB en el caso de la atención de la salud.

El mismo estudio llega a conclusiones más robustas cuando controla estadísticamente por variables como la estructura de la población por edades, los niveles de ingreso y las condiciones macroeconómicas. Por ejemplo, se puede inferir que en un período de cinco años con programas respaldados por el FMI, el gasto en educación de los países de bajo ingreso aumenta alrededor de tres cuartos de punto porcentual del PIB, y el gasto en atención de la salud, alrededor de 1 punto porcentual del PIB.

Un canal importantísimo por el cual fluyen los programas que contribuyen a promover el gasto en educación y atención de la salud es el de los impuestos. El mismo estudio antes citado, encuentra que en promedio, el ingreso público de los países con programas del Fondo aumenta a un ritmo mayor que el de los países sin programas. Las políticas de sanidad financiera crean así espacio fiscal para la inversión social.

No es cierto entonces que la disciplina que imponen las políticas del FMI a países que no la tienen, derive en menos gasto social.

Por otro lado, existen países que aún sin tener programas de crédito con el FMI, se benefician al recibir asistencia técnica específica a través de su instituto o de expertos reclutados por sus departamentos de Estadística o por el de Moneda y Mercado de capitales.

Soy testigo, no imparcial, claro. Por varios años me ha tocado participar en misiones de asistencia técnica a bancos centrales en países con PIB menor al Chileno. Puedo dar cuenta y fe de la creación de capacidades de análisis y gestión; por citar uno de entre muchos ejemplos: el aprendizaje para bajar riesgos de pérdida en el manejo de reservas internacionales, en países donde como en ningún otro, las necesitan líquidas y estables.

Así pues, sorprenderse de la contribución del FMI a salvaguardar la estabilidad no debería resultar novedoso. Menos aún si se pretendiere cosecha ideológica de una determinada recomendación sobre impuestos o financiamiento de subsidios.

Los mitos y prejuicios ayudan poco a resolver problemas de política pública, aunque claro, se pueden llevar bien con la pereza intelectual.

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