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La privatización pesquera y el verdadero valor de los alimentos

por 14 octubre 2011

Por: Patricio Igor Melillanca

Desde aquí, hace algunos años, se exportó el pescado que se consumió en Europa, en Asia y en Norteamérica. Los mejores peces, los más nutritivos y deliciosos, el mejor fruto del mar fue extraído desde estas aguas, frente a las costas chilenas, en el Pacífico Sudamericano. Pero junto con los peces, los consumidores internacionales también comieron grandes y heroicas historias de gente de mar, una cultura milenaria heredada de los pueblos indígenas, un sistema de distribución de las ganancias único en el mundo y que va desapareciendo, y por supuesto las penas y el sufrimiento que muchas veces genera la actividad de los pescadores artesanales, en un océano, que a pesar de su nombre, no es nada de Pacífico. El pescado hasta ahora ha sido obtenido por hombres libres, no por empleados ni patrones.

El alimento no es solo una colación, un bocado para el estómago. El alimento tiene secretos universales, tiene huellas de tiempo y geografía, tiene espiritualidad. No es una mercancía, no vale lo que dice la cuenta del restaurante, ni del supermercado. El alimento tiene otra forma de cálculo, otros costos, otros precios, que la nueva economía no contempla, otros valores que se activan cuando, además del paladar, el olfato o la visión, las personas despiertan los otros sentidos, la memoria y la historia.

Pero esos otros valores, hace dos decadas han comenzado a desaparecer. Hacia el mar, desaparecen los peces y hacia la tierra desaparecen los pescadores, ahora por los temporales neoliberales de la economía en constante crecimiento y en permanente aumento de la producción. En los gráficos de productividad, que siempre están al alza, en estas nuevas leyes económicas, en las excluyentes negociaciones entre pequeños pero poderosos grupitos de familias empresariales aliadas a corruptos sectores de gobiernos, parlamentarios y dirigentes, naufragan las comunidades de pescadores de pequeña escala.

Esto se aprecia en la mayoría de las comunidades costeras de Sur América. Quizás por eso, algunos poetas, artistas, y los mismos pescadores más lúcidos, llaman a que “volvamos al mar”, como una forma de defender la Tierra, defender el planeta, defender la Vida. Y por supuesto, volver al mar no significa ir corriendo a vivir a la costa, o hacerse marinero, o comprar un yate, sino que recuperar el valor universal de los alimentos, el valor real y mágico de los peces y los frutos del mar, pero también respetar que las pesquerías son patrimonio de la humanidad, de los pueblos, de la ciudadanía, no de los empresarios ni de organizaciones comerciales.

PRIVATIZACIÓN DE LOS PECES

Pero aquí en Chile ocurrió en 2002 un hecho crucial que debilitó con fuerza la cultura y soberanía alimentaria de los pescadores artesanales. En ese momento los dirigentes de ese entonces realizaron una lucha histórica por defender la fuente de vida, la cultura, la soberanía alimentaria y la economía de las comunidades costeras. Porque lo mismo que ocurrió hace siglos en “tierra firme”, la parcelación y la asignación de derechos de propiedad privada sobre los territorios, comenzó a ocurrir a fines del siglo 20 con el mar y sus recursos. Se le llamó la “Privatización de los Peces”.

Entonces, través del sistema de asignación de Cuotas Individuales Transferibles, cierta cantidad de peces para ese año, y para el 2010 y para el 2050, serían de propiedad de tal empresa o persona. La Ley impulsada por Ricardo Lagos, presidente del segundo gobierno socialista de la historia chilena, después de Salvador Allende, fue apoyada por los grandes empresarios nacionales y multinacionales, por los cuestionados sindicatos de trabajadores de la industria extractiva, y por un cuestionado sector de dirigentes de los pescadores artesanales. En medio de todo esto, el gobierno prometió y concretó nueva infraestructura portuaria a diferentes caletas pesqueras y programas de capacitación orientados a la exportación de las producciones pesqueras. Divide para reinar fue la consigna, pero además también el Estado impuso la estrategia del “garrote y la zanahoria”, donde muchas organizaciones “picaron” y mordieron el anzuelo gubernamental y empresarial.

Pero hubo oposición y la Ley solo pudo aprobarse por 10 años y este 2011 nuevamente comienza la discusión acerca de “si los peces tienen dueño”. La disputa ocurre mientras Chile ya no es lo que fue: el quinto y en su momento el tercer país productor y exportador de pescado a nivel mundial durante toda la década de los ’90. Las producciones han caído en el caso del jurel, principal pesquería chilena, de 4,5 millones de toneladas anuales en 1995, a 1,5 millones en 2002 y cerca de 300 mil estimadas para este 2011. Y donde solo el 5 por ciento de esta producción es para los pescadores artesanales y el resto es para la gran industria que orienta esta pesca a la fabricación de harina y aceite de pescado para alimentar a salmones, aves y cerdos.

Así, las políticas, leyes y cifras, impactaron con fuerza a las comunidades costeras. Más de 60 mil pescadores y más de 10 mil mujeres pescadoras, más sus familias y otros trabajadores asociados, ahora miran con inquietud el mar, pero con enorme desconfianza y una especie de bronca hacia la tierra, donde funcionan las instituciones, las empresas y la economía global.

Sin embargo, también en la discusión actual en este 2011, sectores de dirigentes de la pesca artesanal, están avalando la privatización de los peces, donde los favorecidos siguen siendo los grandes empresarios. La presidenta de la Conapach afirmó al diario Aqua.cl que "en el último consejo nacional de la Conapach, todos quienes estaban presentes votaron en contra de la licitación. No lo habíamos querido transmitir hasta que finalice la mesa pesquera y ahora estamos en condiciones de hacerlo".

El diario Aqua.cl afirma además que la dirigente aseguró que “muchos pescadores tenían temor a que con una subasta pudiesen perder recursos, en vez de obtener mayores beneficios”.

La pregunta es entonces ¿La privatización y no licitación de los peces para el sector industrial fue una imposición que por miedo los pescadores debieron aceptar?

Este acuerdo impulsado por el ministro de Economía Pablo Longueira, en su momento fue avalado por los gobiernos de Ricardo lagos y Michelle Bachelet, y es una más de las tantas medidas propuestas en tiempos de la dictadura de Pinochet.

Toda esta nueva discusión además ocurre cuando ya sectores empresariales están exigiendo que se elimine la categoría legal de pescador artesanal, tal como lo ha señalado la editorial del diario La Tercera el 1 de octubre. Frente a este desafío es importante saber cómo se consideran los propios pescadores artesanales y sus dirigentes. ¿Cuántos siguen pensando y actúan como tales?, ¿Cuántos están contentos con ser considerados como "empresarios pesqueros " o "emprendedores"?. Y ¿Cuántos están felices de ser considerados como trabajadores, obreros o empleados?

La pesca artesanal está viviendo momentos de definiciones brutales y decisivas. ¿Seguirán siendo comunidades o avanzarán a ser asociaciones empresariales?

HOMBRES Y MUJERES LIBRES O EMPLEADOS

En medio de toda esta discusión sobre privatización de los peces, la sobreexplotación y el saqueo de las pesquerías continúan. ¿Cómo fue posible que el pescado, considerado en su tiempo la “proteína de los pobres” comenzara a ser una “delicatesen” para los sectores más adinerados? ¿Cómo es posible que millones y millones de toneladas de peces fueran transformados en harina de pescado para que en una relación de 5 a 1, es decir 5 kilos de jurel sean necesarios para lograr 1 kilo de salmón? ¿Cómo es posible que los peces tengan dueño y que si los herederos de las artes de pesca, los responsables del abastecimiento para la ciudadanía nacional, los pescadores artesanales ahora sean considerados hasta ladrones si van a pescar sin cuota asignada? ¿Cómo revertir esta situación?

Estas son algunas de las preguntas que rondan, penan, pero hacen que la derrota no se sienta como eterna y se transforme en el desafío de revertir este abuso de poder generado por un pequeño pero poderoso grupo de familias empresariales aliados a políticos corruptos y cuestionados dirigentes.

En las caletas chilenas el viento fuerte del mar sopla preguntando una y otra vez. Atizando la mente de los pescadores y pescadoras. Las reuniones sindicales siguen sucediendo en encuentros cada vez más angustiosos. Las faenas son lentas e inciertas. Los santos siguen mirando al mar, pero tratando de hacerse hombres para caminar, para marchar, para protestar contra quienes siguen presionando para privatizar los peces, esta vez ya de manera indefinida, para siempre.

Las injustas leyes y el dinero se enfrentan a la identidad cultural en las costas chilenas. Los pescadores tejen redes, reparan sus embarcaciones y conversan buscando fórmulas para, a pesar de todos los esfuerzos de privatización pesquera y de ser expulsados de sus territorios, se mantengan visibles y de pie. Porque su lucha es para que cuando uno consuma pescado, vea que ahí están las manos de las mujeres encarnadoras que preparan y limpian los espineles y las redes de los hombres de mar. La lucha es para que además de mirar el alimento en el plato, se vea que en la costa hay comunidades solidarias. Para que cuando uno consuma productos del mar, extraídos desde el Pacífico Suramericano, sepa que este alimento fue generado por hombres y mujeres libres, no por empleados o empresarios, que paradojalmente sus padres fueron pescadores artesanales libres.

La lucha es por la vida, por el intercambio en vez del abusivo comercio, por la solidaridad, en vez de los derechos de propiedad. La lucha es por “volver al mar”.

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