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Reforma política: la otra batalla de los estudiantes

por 14 octubre 2011

Es más fácil mandar a todos los partidos políticos a la punta del cerro, pero es más efectivo convertirse en un actor que dispute los espacios de poder y desde ahí realizar las transformaciones que estime conveniente. Saltarse las instituciones es ignorar una de las claves del desarrollo de los pueblos.

El movimiento estudiantil aceleró el proceso de agotamiento de una generación en el poder. El capital político construido debe ponerse ahora al servicio de una causa necesaria, factible y ampliamente legitimada por la ciudadanía: reformar el sistema político.

El plebiscito convocado por estudiantes y profesores fue, desde el punto de vista simbólico, todo un éxito. Aunque es evidente que no tiene ningún efecto vinculante –contra lo que han sostenido algunos entusiastas poco serios- y que sus defectos formales recuerdan el otro plebiscito que terminó en la aprobación de la Constitución de 1980, la capacidad que tuvieron los organizadores de entregar un señal potente de unidad y conexión con la sociedad civil fue notable. El movimiento no sólo se legitimó internamente a partir de la masiva participación y el previsible resultado, sino que además dio una lección de compromiso cívico en el segmento generacional que menos se involucra en los procesos eleccionarios a nivel nacional. Dicho de otra manera, demostró tener la pólvora necesaria para amenazar la comodidad de la clase política, con votos y no con molotov.

Es más fácil mandar a todos los partidos políticos a la punta del cerro, pero es más efectivo convertirse en un actor que dispute los espacios de poder y desde ahí realizar las transformaciones que estime conveniente. Saltarse las instituciones es ignorar una de las claves del desarrollo de los pueblos.

La oportunidad es inmejorable para promover la reforma del sistema político –sistema binominal, descentralización, financiamiento, ley de partidos, cuotas de género, voto en el extranjero, entre otras materias- apuntando a devolver la soberanía al pueblo donde más tiene sentido hacerlo: en el origen de la distribución del poder. La nueva Constitución a la que muchos aspiran no es una expectativa realista durante este período y enfrentarse a eso es perder el tiempo. Pero la reforma política tiene mejores horizontes.

Los dirigentes estudiantiles y los actores sociales involucrados en el debate sobre la educación tienen todo el derecho se seguir apelando a una causa sectorial, así como lo tienen los que luchan por una vivienda digna o lo que instan por la igualdad de derechos civiles. Pero sólo los primeros amasan tamaña capacidad de transformar el infantilismo revolucionario en efectivo poder político. Ya no necesitan invitaciones de nadie. A la nueva generación le llegó la hora de ponerse pantalones largos para desafiar a los incumbentes.

La otra alternativa es seguir en la patada y el combo con Carabineros, en la confrontación absurda de “quién es el más ultra”. El problema de esta estrategia es que evade justamente el espacio político como foro idóneo para deliberar sobre lo público. Es comprensible la desconfianza a las instituciones, pero si en algo pueden ayudar los dirigentes de la centroizquierda adulta –que hasta ahora han sido completamente inútiles- es en transmitir la importancia que tiene el respeto a las reglas del juego en un contexto democrático. Es más fácil mandar a todos los partidos políticos a la punta del cerro, pero es más efectivo convertirse en un actor que dispute los espacios de poder y desde ahí realizar las transformaciones que estime conveniente. Saltarse las instituciones es ignorar una de las claves del desarrollo de los pueblos.

Empujar una consulta nacional sobre el sistema político ahuyenta los miedos –fundados- de aquellos que no quieren entregar cada política pública al vaivén demagógico que significa saltarse la representación, porque apunta justamente a la raíz de dicha representación. Pareciera haber agua en la piscina para una empresa de esta envergadura. A la Concertación se le hace difícil negarse al encanto juvenil del movimiento y hará cualquier cosa por colgarse de su popularidad. Y aunque estamos acostumbrados a escucharlos de la boca para afuera para luego deshacer en la penumbra, es de esperar que esta vez los ojos se multipliquen para observar el cumplimiento de las promesas. Por el lado derecho, no es realista esperar ayuda de ninguno de los dos partidos. Sí es relevante aprovechar la fisura que existe al menos dentro de RN, donde un grupo disidente ha manifestado públicamente su interés de avanzar en cambios al sistema político. Si eventualmente el Presidente se convence de que hacer estas reformas es saludable para la democracia chilena, el escenario será más propicio que nunca. Y los estudiantes le habrán hecho a Chile un tremendo favor.

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