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El Nobel de la Paz: las mujeres y la diplomacia humanitaria

por 17 octubre 2011

La segunda crítica: el premio es también un velado apoyo a la insurgencia islamista. Aunque esto nos evoque el triunfalismo de los discursos de la alianza entre EE.UU., y el Reino Unido contra Al Qaeda, hoy parece arbitrario y extemporáneo. En este sentido, cuando se reconoce a Tawakkul Karman, una yemení de 32 años, líder de Mujeres Periodistas Sin Cadenas, lo que se hace es conceder legitimidad a las ideas más radicales de la Primavera Árabe.

Con 100 años de historia, por primera vez, se concedió el pasado viernes 7 de octubre el premio Nobel de la Paz a tres mujeres africanas: Ellen Johnson Sirleaf, Leymah Roberta Gbowee y Tawakkul Karman. Cada una de ellas con distintas edades y profesiones, más con una vida motivada por un mismo anhelo: la política como derecho humano. Antes de la Primavera Árabe, del arribo del Ayatola Homeini o de la igualdad de género, su testimonio es parte de una lucha histórica. Todas han bregado por derrocar la violencia de Estado y lograr la participación de las mujeres en los procesos de paz. En especial, es un reconocimiento a su inestimable compromiso con la diplomacia humanitaria. Aquella relegada de los noticiarios de TV, que se despliega con mayor valentía y generosidad desde organismos como la Cruz Roja, Amnistía Internacional o Human Right Watch, denunciando los abusos de dictaduras y negociando con rebeldes e interventores de paz.

Muchos comentaristas internacionales coinciden en que éste es un hito que busca posicionar las tesis políticas de las galardonadas y, de paso, amparar la universalidad de la ONU. Si bien se ha entregado el Nobel de la Paz a mujeres que ya eran íconos, mucho antes de recibirlo, como Teresa de Calcuta, Aung San Suu Kyi y Rigoberta Menchú, este año la decisión del Comité del Premio ha estado marcada por un sistema de relaciones internacionales en crisis. Hemos visto cómo la ONU brega por imponer su sistema de justicia de derechos humanos, mientras hay grupos paralelos de Estados y diplomacia que conducen las crisis de otras naciones a su antojo. Modelos hay varios: la hambruna en el Cuerno de África; el reparto de Libia por los gobiernos amigos y el silencio frente a Siria; la justicia del enemigo con la ejecución de Bin Laden; y, la aparición de terroristas antislámicos como el genocida de Utoya. Frente a esto, el presidente del comité, Thorbjoern Jagland, ha manifestado que “No podemos conseguir una democracia y una paz duradera en el mundo si las mujeres no obtienen las mismas oportunidades que los hombres para influenciar a todos los niveles en el desarrollo de sus sociedades”.

La segunda crítica: el premio es también un velado apoyo a la insurgencia islamista. Aunque esto nos evoque el triunfalismo de los discursos de la alianza entre EE.UU., y el Reino Unido contra Al Qaeda, hoy parece arbitrario y extemporáneo. En este sentido, cuando se reconoce a Tawakkul Karman, una yemení de 32 años, líder de Mujeres Periodistas Sin Cadenas, lo que se hace es conceder legitimidad a las ideas más radicales de la Primavera Árabe.

Al respecto, algunos medios ironizan, confundiendo el rol de las mujeres y sus aspiraciones culturales. Dicen que mientras en Francia Marine Le Pin insiste en defender las cuotas de paridad y desmantelar la inmigración árabe, las mujeres de Arabia Saudita— ahora que por fin pueden votar en elecciones municipales— sólo se afanan por tener licencia de conducir; y, en cambio, las más pobres de Baréin, Tunez o Yemen combaten en las calles por derrocar las dictaduras.

Pero la decisión del Comité del Nobel de nuevo abre polémicas. El año 2009, Barak Obama fue galardonado gracias a su impronta de reformismo y anuncios de una nueva diplomacia. Luego, el 2010 el intelectual chino Liu Xiaobo no lo pudo recibir, pues estaba detenido bajo un inmediato delito de sedición por el sólo hecho de ser nominado. En esta ocasión, no se exime de críticas.

La primera tiene que ver con un conflicto de intereses en el ámbito público: favorecer la pronta reelección de la Presidenta de Liberia. Tanto Ellen Johnson Sirleaf como Leymah Roberta Gbowee son líderes de opinión en su país. Ambas militan en el mismo partido político y los analistas consideran que sin el activismo de una, la otra no habría ganado nunca. Así, aunque Ellen —destacada doctora en economía de Harvard y ex funcionaria del Banco Mundial— es la primera mujer elegida democráticamente como Presidenta en África, su reelección este martes 11 abría un flanco de ataques. Este premio le otorgaría una ventaja publicitaria sobre sus contrincantes, no obstante que su adhesión previa se elevaba por sobre el 50%. Ella con 76 años de edad, y apodada la mano de hierro de África, ha reformulado en este quinquenio el modus operandi de un Estado habituado a la guerra civil. Por su parte, Leymah Roberta de 39 años, es una activista que lleva dos décadas luchando por los derechos de las mujeres y niños en pobreza extrema y cuyas campañas permitieron la celebración de las primeras elecciones abiertas de Liberia en el 2003.

La segunda crítica: el premio es también un velado apoyo a la insurgencia islamista. Aunque esto nos evoque el triunfalismo de los discursos de la alianza entre EE.UU., y el Reino Unido contra Al Qaeda, hoy parece arbitrario y extemporáneo. En este sentido, cuando se reconoce a Tawakkul Karman, una yemení de 32 años, líder de Mujeres Periodistas Sin Cadenas, lo que se hace es conceder legitimidad a las ideas más radicales de la Primavera Árabe. Ello, porque estaría vinculada con los Hermanos Musulmanes, conglomerado egipcio al cual se acusa de la persecución violenta de cristianos en su país y la instauración de un gobierno islamista. Sin embargo, esa percepción se desvanece. Hablamos de una mujer que desde el año 2005 está denunciando los abusos de un gobierno autárquico, tan amigo de EE.UU. que allí fue ejecutado hace sólo días uno de los más cercanos a Bin Laden. Por lo demás, es la única representante de la oleada democrática árabe. Hay una veintena de otros líderes egipcios, sirios, libios e iraníes que con tanta o mayor repercusión en los medios, según la versión oficial del Comité, están inhabilitados porque sus postulaciones se inscribieron fuera de plazo.

Cada una de estas mujeres ha anunciado que compartirán su cuota de los 10 millones de coronas suecas (que constituyen el premio) con las diversas organizaciones sociales a las que representan. Lo interesante de esta historia es recordar su origen. Alfred Nobel, quien fuera un acaudalado empresario de armas, vivió, paradójicamente, apesadumbrado por la esclavitud del continente africano, el armamentismo de la nueva Europa y el doloroso apelativo de mercader de la muerte. Así, desde su Palazzo en el Corso Cavalloti de San Remo, poco antes de morir decidió destinar el 90% de su fortuna a la creación de los premios que llevan su nombre.  De eso, hace casi 125 años. No vislumbró que su apreciada diplomacia de Niza, Ginebra, Paris y Praga no aplacarían la crueldad de las Guerras Mundiales. Menos pudo pensar en el terrorismo global que hemos conocido el último decenio. A pesar de ello, las víctimas de esas guerras del siglo XX y la diplomacia humanitaria continuarán rindiéndole tributo.

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