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Indignación alba

por 17 octubre 2011

Si alguien aún no entiende qué causa la indignación de la inmensa mayoría de la sociedad civil contra “el sistema” que regula nuestra vida nacional, la Intendenta de la Región Metropolitana, Cecilia Pérez, lo explicó sin problemas este fin de semana, montando cuatro anillos de seguridad en torno al barrio San Carlos de Apoquindo, donde vive una minoría privilegiada, que con sólo desearlo, puede desatar desde el oriente todo su desprecio hacia los otros puntos cardinales de la capital –modelo que se replica desde los diferentes ghettos ABC1 a través de toda la geografía chilena.

El inédito operativo policial en los alrededores del estadio San Carlos de Apoquindo, tenía como único propósito garantizar durante cuatro horas la tranquilidad de los vecinos de ese privilegiado sector. Vecinos con suficiente poder para demostrar –cada vez que sea necesario– de qué estamos hablando cuando alguien no entiende esa gabela de la indignación, que tanto alboroto provoca en tantas partes, y que un día antes había congregado a millones de personas en todo el mundo para reclamar contra los abusos de todo tipo, a manos de gobiernos y de la banca.

“Yo lo único que veo aquí son delincuentes, no hinchas”, afirmó a un canal de televisión un vecino montado en su 4x4, en relación a los transeúntes que caminaban por su barrio la mañana del domingo. Ése es el punto: la existencia de dos países en un mismo territorio, separados por su odio ancestral. Chile es como Palestina, allí viven en un mismo terruño dos pueblos que también se odian. El origen de semejante descalabro está en la Declaración Balfour de 1917.

El origen de nuestro odio criollo es un poco más complejo, aunque bien podría afirmarse que, igual que con el Medio Oriente, fueron las grandes potencias las responsables de un sistema aberrante para la convivencia pacífica. Nuestra “Declaración Balfour” se llama “Neoliberalismo” y sus autores son los Chicago Boys de 1975, que nos agruparon en “flaites” y “cuicos”.

Un ingenuo Chito Faro escribió: “Si vas para Chile, te ruego que pases por donde vive mi amada… El pueblito se llama Las Condes y está junto a los cerros y el cielo. Y si miras de lo alto hacia el valle, verás que lo cruza un estero. Campesinos y gentes del pueblo te saldrán al encuentro, viajero. Y verás cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero”.

A estas alturas ya sabemos quiénes nos pueden salir a recibir en las cercanías de Las Condes, y que, a la luz de las detenciones arbitrarias sufridas por los hinchas de Colo Colo en San Carlos de Apoquindo, queda claro que nadie quiere a los forasteros en la cota mil.

Excepto a los trabajadores útiles al sistema. Trabajadores que una vez concluida su tarea regresen al poniente, al norte y al sur. Lo impresionante es que nuestra democracia hemipléjica no tiene interés en desterrar la desigualdad que nos abruma. Sus beneficiados directos son los menos interesados. Lo patológico del cuento es escuchar a medio mundo hacer gárgaras con el tema, sin hacer más que comentarios inocuos.

Si en algún momento los “flaites” se organizaran en serio y decidieran llegar a la cota mil a exigir algo más que una entrada para ver un partido de fútbol, no debería extrañarnos el griterío que se armaría, frente al cual de nada servirían los anillos de seguridad, ni los vecinos “agredidos” por el mero mal aspecto de unos “delincuentes” que invadan sus privilegios.

Tal vez algún día Chile figure en los noticieros de todo el mundo como la nueva Palestina de Sudamérica. Tal vez entonces seamos el epítome de la desigualdad y el odio. Y el “Si vas para Chile” se instale en la mente de los extranjeros como otra más de las mentiras de un país que es menos de lo cree ser, y mucho más de lo que es en materia de convivencia humana.

Al final, el resultado del partido (U. Católica 4 Colo Colo 0) es una anécdota, o un dolor de cabeza para el DT albo. Lo que no debería ser una anécdota es la humillación de unos chilenos sobre otros chilenos. Eso debería preocuparnos y causarnos mucho más que indignación. En serio.

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