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La gira de la Confech a Europa

por 18 octubre 2011

El futuro es mucho más esperanzador: una nueva generación viene en camino, con una mente que no sabe del miedo a opinar y que no tiene cuidado en apuntar a los orígenes mismos de la desigualdad social. Y se sabe en Chile, en Francia y en el mundo entero. Si el modelo económico de la desigualdad social no termina hoy, terminará mañana y si no termina en Chile terminará primero en otro rincón del planeta, para luego expandirse.

París, viernes 14 de octubre 2011. Bien pasadas las 17 horas, un anfiteatro de 150 personas ya no da abasto para acoger a todos quienes se congregan en torno a la visita de los dirigentes estudiantiles chilenos. Estudiantes (chilenos, franceses, colombianos, mexicanos…), dirigentes gremiales, académicos y ciudadanos en general deben ser trasladados a otro espacio, esta vez para 300 personas.  El nuevo  salón de la Universidad Paris 7 Diderot se llena rápidamente y por completo, albergando además gente de pie y sentada en los pasillos.

Ante los aplausos de recibimiento, los dirigentes estudiantiles no ocultan la alegría que les provoca el cariño de un gran grupo de personas que “viven” el movimiento ciudadano chileno a la distancia, con un gran océano de por medio. Comienzan sus intervenciones con palabras de agradecimiento al apoyo internacional y de reconocimiento al trabajo colectivo que se ha llevado a cabo en Chile, fuera de todo caudillismo. Luego de explicar el origen y evolución del movimiento por la educación, se abordan temas como la postura del gobierno, el presente y el futuro de las movilizaciones, el escepticismo en los resultados a corto plazo y la esperanza por lo que vendrá.

La columna vertebral que sostiene los discursos de Camila Vallejo (FECH), de Giorgio Jackson (FEUC), de Francisco Figueroa (FEUC) y de Gabriel Iturra (ACES) es simple: el problema de la educación en Chile no es sino un síntoma de una enfermedad mayor, a saber un modelo económico fracasado que ha generado durante décadas profundas desigualdades sociales.

El futuro es mucho más esperanzador: una nueva generación viene en camino, con una mente que no sabe del miedo a opinar y que no tiene cuidado en apuntar a los orígenes mismos de la desigualdad social. Y se sabe en Chile, en Francia y en el mundo entero. Si el modelo económico de la desigualdad social no termina hoy, terminará mañana y si no termina en Chile terminará primero en otro rincón del planeta, para luego expandirse.

Se podría pensar que la reunión estuvo marcada por problemas idiomáticos (los dirigentes chilenos no comprendían el francés y una parte de la audiencia no hablaba castellano), a pesar de los esfuerzos de un joven por traducir las ideas principales de las intervenciones de los chilenos. Sin embargo, un estudiante francés –quién se excusó por no hablar el idioma de los visitantes- intervino apuntando a la situación de la educación francesa  (en la que un estudiante de licenciatura paga aproximadamente 210.000 pesos chilenos al año), donde el estado asegura la educación publica en todos sus niveles, pero que poco a poco comienza a abandonar esta tarea fundamental. Todo parece estar más claro; más allá de las fortalezas y debilidades de cada país, la lengua de las desiguales sociales se habla en todos los territorios del mundo.

Cuando a pesar del apoyo ciudadano frente a un movimiento local, en este caso la educación en Chile, el gobierno se mueve con un doble discurso donde se llama públicamente al diálogo mientras que entre cuatro paredes las decisiones ya han sido avanzadas (negativa a la gratuidad de la educación o a la reestructuración de los impuestos a la empresas y a las personas para financiar la educación), la apertura al exterior, hacia lo global, es un camino lógico. Lo que algunos personeros del gobierno perciben como un intento de destruir la imagen de Chile en el exterior –refiriéndose a la visita de los dirigentes estudiantiles a algunos países europeos-, no prueba sino la tesis de que ellos gobiernan desde un enclave y no desde un país que se concibe dentro del mundo.

Palabras como las del diputado RN Manuel Edwards lo dejan bastante claro: “La política exterior no debe ser llevada por otros actores. Lo que hacen los dirigentes (estudiantiles) es simplemente generar una menor confianza en nuestro país. Es más: estas giras más que debilitar al Gobierno, debilitan al Estado de Chile” (La Tercera, 15/10/2011). En ésta corta frase hay muchos elementos donde destacan; a) pensar que la política es de exclusiva propiedad de quienes son gobierno; b) que porque han sido elegidos gobierno los ciudadanos les hemos entregado un “cheque en blanco” para que dirijan el país; c) que la crítica, si se hace, solo se debe realizar dentro de las fronteras nacionales; d) que los problemas locales son problemas locales y nada más. El señor Edwards parece olvidar que la política en una democracia participativa pertenece a todos los actores sociales, que ser elegido en las urnas no implica no escuchar y no integrar las demandas sociales y que podemos expresar dentro y fuera del país nuestro descontento sin ser terroristas ya que Chile es un país ubicado en América Latina y en el mundo.

Hay lecciones que ya deberían haber sido aprendidas. Cuando Chile más inmenso se pensaba a sí mismo, el ex dictador Pinochet se encontraba en aprietos en Londres, perseguido por la causa internacional de la voz del juez español Garzón. Se le sacó de ahí, bajo el pretexto de la soberanía, puesto que la justicia chilena había alcanzado su mayoría de edad y era capaz de juzgar territorialmente. La imagen internacional que dejó Chile al no hacer jamás un juicio real dio la vuelta al mundo: simplemente un país bananero más, poco serio, donde la justicia es patrimonio de un grupo de chilenos. Y claro, no recordamos el consejo que Nicolás Maquiavelo le hacía hace siglos a su príncipe, donde lo importante era dividir para gobernar. ¡Chile no necesitaba a Inglaterra o a España para hacer justicia!

Los dirigentes estudiantiles parecen tener claro esto, ya que en su visita por Europa el tema es ubicar los problemas nacionales en un contexto global, teniendo citas con el pensador de la complejidad y de la era planetaria Edgar Morin y con personeros de diversos organismos internacionales.

El anfiteatro debería haber sido cerrado a las 20h. Cerca de las 21h los agentes de servicio y de seguridad de la Universidad Paris 7 Diderot esperaban pacientemente afuera del recinto. Sabían lo que pasaba adentro. Para un recinto heredero de la Sorbona, la misma de mayo del 68, los cambios sociales no tienen ni hora, ni edad, ni nacionalidad. Tampoco existen problemas locales, sino fenómenos globales.

Ya terminada la reunión, las sensaciones son diversas, el panorama de las movilizaciones en Chile es color de hormiga y se esperan resultados un tanto negativos comparados con la envergadura de la demanda. Pero el futuro es mucho más esperanzador: una nueva generación viene en camino, con una mente que no sabe del miedo a opinar y que no tiene cuidado en apuntar a los orígenes mismos de la desigualdad social. Y se sabe en Chile, en Francia y en el mundo entero. Si el modelo económico de la desigualdad social no termina hoy, terminará mañana y si no termina en Chile terminará primero en otro rincón del planeta, para luego expandirse.

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