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Sobre parlamentarios con iPad y marasmos digitales

por 19 octubre 2011

Y claro, nuestra clase política está tan desprestigiada, que cualquier cosa puede avivar las llamas de la siempre prendida indignación ciudadana. Hace unas horas, la causa fue la noticia sobre la adquisición de iPads para los diputados. En Twitter pronto saltaron las dudas sobre su real utilidad en manos de los honorables; los epítetos sobre el gasto de recursos públicos, que mejor serían ocupados pagando no sé cuántas carreras universitarias a estudiantes de escasos recursos; las bromas sobre los posibles usos que los parlamentarios harían de estos dispositivos. Todo un caudal de discusión pública (¿?), interesante como una expresión más de un fenómeno (el descrédito de la política, un invento de la dictadura que goza de excelente salud tras veintiún años de avances “en la medida de lo posible”) pero que, nuevamente, releva lo desaparecido que está de la agenda nacional el debate sobre la dimensión digital de nuestro desarrollo.

Chile está por estos días enfrentando las preguntas claves sobre el país que queremos. Hace ya tres décadas, las respuestas impuestas marcaron una línea de desarrollo que hoy está fuertemente cuestionada, porque las mejores tasas de crecimiento económico de toda nuestra historia no se han traducido en un país con mayores niveles de equidad e integración social. Todo lo contrario. Se habla de reforma tributaria, de fin al sistema binominal, de una nueva constitución, de cómo logramos que la ciudadanía tenga acceso permanente a espacios de participación y de deliberación vinculante para los procesos de toma de decisión en las grandes líneas del pacto social.

Pareciera, sin embargo, que esa discusión estuviera ocurriendo en un mundo analógico. Los diversos actores que copan las principales tribunas en el debate ignoran (quiero creer que por desconocimiento) el aporte profundo que los procesos sociales de apropiación de la tecnología pueden significar a la construcción de un país más abierto y diverso.

En este contexto, lo más fácil es disparar contra el gobierno y acusarlo de haber restado toda prioridad al desarrollo digital del país. Pero sería un ejercicio incompleto e injusto. Las posturas de otros actores (en realidad, la ausencia de ellas) son necesarias para completar la escena.

En el parlamento  no existe lo que podríamos etiquetar como “bancada digital”, que levante la prioridad política del tema. En la actual discusión presupuestaria, ningún representante ha puesto en la mesa la conveniencia o no de los recursos destinados al área. Por extensión, la clase política extra parlamentaria, con unas pocas excepciones, no hace suya esta bandera. Por su parte, en los medios de comunicación, la tecnología suele estar reducida a reseñas de dispositivos y notas superficiales sobre redes sociales y los contenidos que en ellas circulan. Abundan los infomerciales y escasean los análisis e investigaciones en profundidad. Las empresas del sector, entre iniciativas de responsabilidad social y reclamos por políticas públicas erráticas que no generan incentivos para el desarrollo del mercado, esconden su paupérrimo aporte a la inversión nacional en I+D. La academia, en su conjunto, ensimismada en un modelo de gestión que la obliga a buscar la autosustentabilidad, mantiene una peligrosa distancia de la discusión pública en este tema.  Y en la denominada sociedad civil organizada la incorporación de tecnología para el logro de sus objetivos suele estar imbuida de un entusiasmo voluntarista que le sería intolerable en otras dimensiones de su quehacer.

Es cierto. El párrafo anterior es lapidario, ve el vacio medio vacío y no hace justicia a aquellos que desde hace tiempo y desde sus espacios bregan por posicionar un concepto clave que hoy bien resumió Claudio Gutiérrez: “la tecnología es un asunto social, no (solamente) técnico. Que tecnología no son objetos, sino sobre todo procesos sociales, sujetos (muchos sujetos) creando”

¿Qué podemos hacer quienes nos desempeñamos en el ámbito para cambiar esta situación? Esa era la pregunta que buscaba provocar una conversación en la que participé la semana pasada.  Mi propuesta es sencilla, pero requiere de compromiso y de una clara voluntad por participar en la discusión pública (lo que implica tomar posiciones, algo "más complejo" que compartir mensajes de 140 caracteres):

  • Aunar miradas, evitando simplificaciones, sobre cómo y cuánto aporta o puede aportar el desarrollo digital de Chile en la construcción del país que queremos. La jerga técnica debe ser traducida a ejemplos concretos que permitan a cualquier persona comprender por qué este es un tema crucial en su calidad de vida y la de sus hijos, y por qué debe importarle participar en las definiciones.
  • Usar intensivamente y de manera intencional nuestras tribunas, abriéndolas a audiencias y sectores de la ciudadanía hoy ajenas a esta conversación. Hay que sacar esta discusión del reducido y poco visible nicho en que se mueve actualmente.
  • Exigir a nuestros representantes (o los candidatos que busquen nuestro voto) se pronuncien, dando a conocer su visión y propuestas digitales. Ejerzamos nuestra ciudadanía, fiscalicemos a nuestras autoridades y hagámoslo, de paso, a través de medios en línea hoy disponibles.

Vuelvo a la anécdota del día. Lo importante no es que los parlamentarios vayan a tener iPads a partir de ahora. De hecho, creo que es una decisión acertada. Lo fundamental es si, a través de ellos, su desempeño mejora y, entre otras cosas, logran identificar que al ritmo que vamos nos estamos quedando rezagados. Ojalá los reciban antes de que termine la discusión sobre el presupuesto 2012. En una de esas, la inexperiencia usando la pantalla touch los lleva por equivocación a las partidas correctas y convocan una conferencia de prensa para exigir mayor prioridad al área. A estas alturas, incluso un saludo a la bandera es un gesto inconmensurable para salir del marasmo que afecta a nuestro desarrollo digital.

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