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Los “ultras” de ayer y hoy contra la universidad pública

por 20 octubre 2011

Los “ultras” de ayer y hoy contra la universidad pública
Es sorprendente cómo, desde el vocero de gobierno hasta la presidenta de la comisión de educación de la Cámara de Diputados, han repetido machaconamente el mismo eslogan: los “ultras” quebraron la mesa de diálogo con los líderes estudiantiles y son los “ultras” los que ahora controlan la CONFECH.

Cuando se escriba la historia reciente de los “ultras” en las universidades chilenas será una historia con capítulos verdaderamente “ultra”, con personajes “ultra”, con decisiones “ultra” y con emociones “ultra”, es decir, con momentos que cambiaron para siempre el destino de las universidades precisamente por su carácter “ultra”.

Estos días se ha montado, a partir de una estrategia muy mal pensada –como ya casi todo lo que sale de este gobierno- una campaña comunicacional tan obvia como absurda.

Es sorprendente cómo, desde el vocero de gobierno hasta la presidenta de la comisión de educación de la Cámara de Diputados, han repetido machaconamente el mismo eslogan: los “ultras” quebraron la mesa de diálogo con los líderes estudiantiles y son los “ultras” los que ahora controlan la CONFECH.

La nueva democracia en Chile tiene poco andar y si lo pensamos bien, con una clase política de reyertas y chimuchinas y poco de alta política. No le ofrece a la juventud un horizonte vocacional serio, con sentido, porque el ethos democrático y político, en el Chile de hoy, no está ni en las instituciones ni en los partidos. Está en la calle. Y esto que suena romántico, debiese hacernos pensar.

Lo ineficiente de la mesa del Ministro Bulnes no es responsabilidad de los jóvenes, ni menos de aquellos que han sido demonizados como “ultras”.

Es simplemente que estamos en presencia de un gobierno que no ha aprendido a escuchar aún, y menos a dialogar.

Esta no es la historia de los ultras.

Es la historia de jóvenes que organizados demandan no sólo un cambio sectorial, sino de una sociedad que dormida por la Concertación, ha despertado del sueño dogmático de “la medida de lo posible”: hipnosis colectiva de las élites.

Todo en la Concertación fueron pretextos. Escamoteos más, escamoteos menos, los Vidal de entonces eran guardianes de palacio. No existían como los Vidal de hoy. Los galgos libres de hoy, no eran los rottweiler de ayer: sincerémonos. Entretenidos, simpaticones, cuñeros, pero rottweiler al fin.

La historia de los muchachos de hoy no es la historia de los ultra.

La historia de los denominados “ultras” de hoy es la historia de quienes aprendieron a desconfiar de la política.

Veintitantos años de restitución de la política en Chile es muy poco tiempo, lo suficientemente poco, como para andar jugueteando con ella como si fuera una empresa personal, un holding, un trust.

La nueva democracia en Chile tiene poco andar y si lo pensamos bien, con una clase política de reyertas y chimuchinas y poco de alta política. No le ofrece a la juventud un horizonte vocacional serio, con sentido, porque el ethos democrático y político, en el Chile de hoy, no está ni en las instituciones ni en los partidos. Está en la calle. Y esto que suena romántico, debiese hacernos pensar.

Nadie lo podría olvidar, pero hay que repetirlo una y otra vez: antes de esta democracia… antes, sí que quienes nos gobernaban eran ultra.

Aunque para pesar de algunos, no lo suficientemente ultra.

Veamos.

Sólo como dato para quienes no saben y para aquellos que de pronto se olvidan, pero en lo referente a las radicales reformas universitarias del 81, Jaime Guzmán y el gremialismo eran más ultra que el mismo Augusto Pinochet.

Jaime Guzmán y el núcleo duro del gremialismo -hoy la ufana y desembarazada Unión Demócrata Independiente- nunca estuvieron conformes con las reformas universitarias del 81, porque las consideraban insuficientemente ultras.

Esa historia comenzó en septiembre del año 1973 y terminó -insuficientemente ultra- a fines del año 1981, para desgracia de Jaime Guzmán y el gremialismo.

El 26 de septiembre del año 1973, luego de escuchar a un Edgardo Boeninger en representación de los rectores, que apelaba fundamentalmente por la autonomía universitaria, se anunció la reorganización absoluta de todas las universidades por manu militari mediante rectores delegados. Sólo así la universidad podía evitar transformarse en una hoguera de conflictos, se le argumentó a Boeninger.

Ahí comenzó la intervención.

Al llegar la hora nona del año 81 de los cambios estructurales en las universidades, en aras de la libertad de mercado, la competencia y la iniciativa privada, hubo uno que no estuvo del todo contento: fue Jaime Guzmán.

La Revista Realidad -principal órgano difusor de las ideas del gremialismo de Jaime Guzmán- aparecida en Enero de 1982, fue muy crítica con la reforma universitaria del año 81.

En un extenso análisis editorial que tituló “Institucionalidad Universitaria: Avances sustantivos entre contradicciones”, el gremialismo fue particularmente duro con cómo quedó finalmente la reforma del 81, que tenía como mérito inicial la superación del esquema de un monopolio cerrado de ocho Universidades financiadas básicamente por el Estado.

El gremialismo consideraba positivo y original el nuevo sistema de financiamiento a las universidades en que parte del aporte estatal se realizara de modo indirecto, distribuyéndolo entre todas las universidades, en proporción a los mejores puntajes de la Prueba de Aptitud Académica que cada plantel lograra matricular.

Pero la queja fue severa: “Desgraciadamente, esta disposición, inicialmente aplicable a todas las Universidades[…]excluyó de todo aporte estatal a las Universidades privadas que se hubieren creado o se crearen conforme a esta nueva legislación universitaria, es decir, con posterioridad a diciembre de 1980”.

Y remató el gremialismo diciendo: “el intempestivo cambio de criterio al respecto, a nuestro juicio, reviste gravedad conceptual y práctica”.

Conceptualmente, porque según ellos el Estado subsidiario debe contribuir a financiar las iniciativas privadas que favorezcan a la educación comunidad nacional “y restituir así los recursos que extrae de ella, en términos que respeten y alienten la libertad de enseñanza”.

Es una doble crítica -de fondo- la que el gremialismo de Jaime Guzmán le hace a la reforma universitaria del año 81.

Pues, correctamente entendida, la subsidiaridad del Estado es necesaria sólo cuando la iniciativa privada es insuficiente para cubrir las necesidades de educación universitaria de un país.

No obstante, el “principio exige que el Estado estimule esas iniciativas privadas, que le permitan gradualmente a él circunscribirse lo más posible a sus marcos propios o normativos, en cuanto el ejercicio directo de la tarea universitaria fuere asumido en mayor volumen por la actividad particular”.

Es un Estado –el del gremialismo- que busca disminuir su presencia por la vía de la iniciativa privada. Y las reformas universitarias del 81, no fueron coherentes –lo suficientemente ultra- ni con la fórmula constitucional de un Estado subsidiario, ni con la lógica neoliberal. Punto.

¿Es hoy el minuto de ser ultras y llevar a cabo en su totalidad la reforma del año 81?; ¿es hoy el momento de ser lo suficientemente ultras y coherentes para rectificar los errores de la manu militari?

Es una mala historia para Jaime Guzmán y el gremialismo. Las reformas universitarias de Pinochet no fueron lo suficientemente ultras. Es la historia de un error que debe ser reparado. Para eso están llamados los UDI de hoy.

Revista Realidad Enero 1982

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