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Las invasiones bárbaras

por 25 octubre 2011

Las invasiones bárbaras
Lo indignante, pero no sorprendente, es que se instale en la opinión pública que es la elegancia de la invasión –y el abolengo de los invasores- lo que debe definir la reacción ante ella. Si la invasión es realizada por los bárbaros que tienen más, encontrarán oídos atentos, esfuerzos diligentes y, según sea el caso, sumisión, negociación o compromisos. Nadie dirá que se amenaza la democracia, y sería absurdo imaginar como respuesta de la autoridad un llamado al 133.

Sin mediar aviso, los bárbaros entraron al salón al que nadie los había invitado. Interrumpieron el diálogo democrático, sin estar dispuestos a recibir una negativa por respuesta. Lo hicieron exhibiendo su poder como principal argumento, y amenazando con las siete plagas si no se cumplían sus exigencias. Frente a ellos, nuestros representantes, aquellos mandatados por el pueblo para discutir y resolver en pos del bien común, se vieron amenazados por los intereses particulares que buscan empujarlos y torcer la agenda.

Si el lector ha encontrado en esta descripción un retrato de los activistas que el pasado jueves ocuparon las dependencias del ex Congreso, está en lo cierto. Ahora, le invito a releerlo, ejercitar la memoria y encontrar, por ejemplo, en la misma descripción el proceder de esas siete familias que ocuparon el Ministerio de Economía en defensa de su monopolio sobre los peces del Mar de Chile, las directivas de prácticamente todos los partidos políticos que impulsan leyes para acentuar su hipertrófica concentración del poder, y también del inversionista extranjero que se tomó La Moneda al punto de transformar a la Presidenta de la República en su lobbista personal para instalar contra la ley una –otra– termoeléctrica en Puchuncaví.

Cuando la élite se toma el Congreso, sus amenazas no serán con gritos ni panfletos, sino con la oferta más o menos explícita de “hacer las cosas difíciles” si el representante no se allana a sus “sugerencias”. El diario del día siguiente tampoco dirá “toma”, es más, la mayor parte de las veces no dirá una palabra al respecto.

¿Empate? No, pero sinceremos el asunto. La democracia, el menos malo de los sistemas de gobierno que la humanidad ha logrado formular, no es solo espacio de diálogo, persuasión y resolución de los asuntos públicos. La democracia es también el campo de batalla de múltiples intereses que, con sus distintas fuerzas y herramientas de acción, buscan copar el debate y poner a la sociedad en la dirección de sus propósitos, los que siempre se presentan como la realización del bien común.

Ahora, ¿significa eso que toda acción de un grupo de interés es correcta? No, pero juzguemos con la misma vara a todos. A los sin poder que buscan cambios, y a los poderosos que buscan defender sus privilegios.

En ese marco, cuando los bárbaros de las élites –económica, política, cultural, religiosa– deciden invadir el seno democrático, lo hacen con la elegancia de quien conoce los códigos del salón y, además, del que se sabe su dueño. Como si eso no fuera suficiente, influyen significativamente sobre la información que recibimos los que estamos de las puertas hacia afuera. Cuando la élite se toma el Congreso, sus amenazas no serán con gritos ni panfletos, sino con la oferta más o menos explícita de “hacer las cosas difíciles” si el representante no se allana a sus “sugerencias”. El diario del día siguiente tampoco dirá “toma”, es más, la mayor parte de las veces no dirá una palabra al respecto.

Por contraparte, cuando son los que tienen menos (menos poder, en todas o algunas de sus dimensiones) los que invaden, lo suelen hacer con el tino de un elefante en una cristalería. Por cierto, en ocasiones el problema excede la falta de elegancia, llevándonos a sospechar incluso de la sensatez y honestidad del grupo que activa sus presiones. La propia escena del pasado jueves es una muestra de una elección de medios absurda, que no puede pretender ser justificada en función del fin que dice defender.

Lo indignante, pero no sorprendente, es que  se instale en la opinión pública que es la elegancia de la invasión –y el abolengo de los invasores- lo que debe definir la reacción ante ella. Si la invasión es realizada por los bárbaros que tienen más, encontrarán oídos atentos, esfuerzos diligentes y, según sea el caso, sumisión, negociación o compromisos (“créeme que esta vez no puedo, pero llámame para lo que necesites”). Nadie dirá que se amenaza la democracia, y sería absurdo imaginar como respuesta de la autoridad un llamado al 133. En cambio, cuando la invasión es hecha por los bárbaros que tienen menos, los poderes legales y fácticos suelen reaccionar cerrando la puerta de golpe, ya sea recurriendo al monopolio de la razón técnica o al de la fuerza (este último, dicho sea de paso, no justifica las masivas violaciones de derechos que realiza Carabineros en cada una de sus incursiones represivas. Posponer ese desenlace conocido a espera del resultado de una conversación previa no es, disculpe la obviedad, una renuncia  al deber de administrar esa facultad específica del Estado).

Así las cosas, sería absurdo sorprenderse por la indignación transversal de las élites  cuando el Presidente del Senado tiene el desatino de ofrecer a los bárbaros que tienen menos, algo que se acerque mínimamente al trato que está reservado a los bárbaros que tienen más.

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