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Militar en la Junta

por 25 octubre 2011

¿Alguien se ha preguntado alguna vez cuántos chilenos militan hoy en los partidos políticos con representación parlamentaria? La respuesta es el mejor comprahuevos que pueda escuchar un ciudadano curioso. Para empezar, la información es imposible de conseguir. Amparados en insólitas explicaciones, en los propios partidos se excusan de entregar alguna cifra. En el Servel se refugian en una respuesta tipo call center: “sólo los partidos pueden dar información de sus militantes”.

Tras varios e infructuosos intentos por conocer la cantidad de inscritos en los partidos políticos, la conclusión no puede ser otra que, de existir, la mentada cifra sería otro más de nuestros mitos urbanos mejor alimentados.

Un optimista y disciplinado militante socialista asegura que su colectividad cuenta con un padrón de 100 mil inscritos. En la UDI no se quedan chicos. Allí también se aventuran con una cantidad similar; sus pares aliancistas de RN no quieren ser menos. En el PDC calculan tener unos 80 mil. Y así hasta que no queda más que pensar que en este caso, el deseo de ser muchos más supera la realidad.

Para no ser injustos, y para que nadie se sienta ofendido, pensemos en un promedio de 90 mil militantes por partido presente en el Congreso. La suma total de militantes alcanzaría 720 mil ciudadanos inscritos en las diferentes colectividades (UDI, RN, PS, DC, PPD, PRSD, PC y PRI).

Bien sabemos que el ejercicio es sólo pedagógico. De real no tiene nada. Sólo es útil para hacernos algunas preguntas: ¿cuántos de esos 720 mil militantes tienen incidencia en las decisiones de sus partidos?, ¿dónde y cuándo se reúnen 90 mil personas a debatir?, ¿qué es más potente en este caso, la generosidad o la imaginería?
Basta averiguar en nuestro entorno quién milita en un partido para darse cuenta que a muy pocos les interesa el asunto. De ello se colige lo difícil que sería encontrar a 720 mil militantes. En rigor, es más fácil encontrar hinchas (no socios) de Colo Colo o la Universidad de Chile. Alguien podrá decir que en política pasa lo mismo. Hay más simpatizantes que militantes. Pero no es así. Aunque alguna vez hubo simpatizantes de la Concertación y también de la derecha, hoy son pocos los que quieren asumir esa mínima condición.

Entonces, ¿quién milita en la Concertación?, ¿quién decide cosas allí? De sus supuestos 360 mil adherentes nadie sabe nada; ni siquiera sus presidentes podrían convocarlos, porque, entre otras cosas, no saben dónde están y quiénes son. Si es que existen.

La Concertación se ha vuelto un grupo de cuatro personas que se juntan cada cierto tiempo a ver cómo lo hacen para no desaparecer como vocablo político. Sus cuatro presidentes se reúnen con la idea de decidir el futuro del país tal como hacían los cuatro miembros de la Junta Militar: entre cuatro paredes y sin más representatividad que la propia; sin legitimidad. Allí, en los pisos más altos del Diego Portales, se decidían cosas muy importantes. Los cuatro militares le llamaban decretos leyes a sus decisiones, y sus seguidores las consideraban salmos responsoriales.

Los cuatro presidentes de la Concertación –o lo que queda de ella– igual que el comerciante que hace sus últimos intentos antes de la quiebra inminente, sacan cuentas alegres a partir de lo que alguna vez fueron, sin atreverse todavía a reconocer los graves errores que los condujeron a la debacle; en subsidio, sólo se palmotean la espalda felicitándose por lo bueno que creen haber hecho.

Cada vez que observo a los cuatro presidentes concertacionistas, no puedo dejar de evocar un recuerdo de infancia. En aquella época nuestra ya difunta madre trabajaba extensas jornadas, y lo único que deseábamos al final del día era su regreso para poder contarle nuestras peripecias para sobrevivir; estar con ella. Sentirla para sabernos seguros. Ella solía llegar muy cansada y casi no nos escuchaba, sólo quería descansar. Pero ella era nuestra líder y sin ella no éramos nada.

Los cuatro presidentes de la Concertación se sienten desolados. Sólo esperan que vuelva su madre desde Nueva York y los abrace y los libere del cuidado de la casa. Frente a tal incertidumbre cabe preguntarse quién quiere militar en la junta de los cuatro, si ellos mismos apenas se atreven a sacar la voz. Queda claro que son incapaces de organizar una concentración de esas de antaño para reunir a sus partidarios. Lo mejor sería disolver la junta y dejar que la gente se dé la organización que se requiere para un futuro que será muy diferente al presente, y para el que cuatro son muy pocos para escribir la nueva historia. La inscripción automática podría traernos más de una sorpresa.

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