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Felipe la marca

por 27 octubre 2011

“Lo peor para el crecimiento es el desorden social… (En Chile) no hemos tenido un modelo social, tenemos un modelo político (el binominal)… Chile puede aspirar a ser como Nueva Zelanda o Finlandia… El retail tiene cosas complicadas… Los productos importados vienen etiquetados hasta con los precios… Hay una tasa (de interés) máxima legal que puede cambiar… El sector empresarial está pensando en una tasa de 20 por ciento de impuestos, pero se están quedando cortos, hay que subir más los tributos… Existe un estudio que asegura que entre variables correlacionadas, la más importante es la que compara agitación social y nivel de ingresos…”.

Todas estas afirmaciones las realizó el empresario Felipe Lamarca (ex presidente de Sofofa y Copec, y actual director de Ripley) en la última edición de “Tolerancia Cero”. Días antes había pronunciado otras parecidas en un seminario de Asexma. “Hay que hacer una reforma tributaria. El que tiene más, tiene que dar más. Ya que hemos crecido mucho, hay que solucionar los problemas. ¿Cómo? Con educación y salud. ¿Están los recursos? Entonces hay que hacer una reforma tributaria. Hay 18 formas de hacerlo... No tiremos la toalla”. (Diario Financiero, 18/10/2011).

En la ocasión, Lamarca ya había manifestado su aprehensión con el sistema binominal, que según él, sólo “se entiende con la gran empresa”. En el ámbito social, el empresario sostuvo que “en Chile hemos cambiado del cielo a la tierra, pero es un país muy desigual. No estamos contentos, si bien estamos mucho mejor que antes. Hemos tenido un record de crecimiento en los últimos 20 años pero la gente está reclamando. Concluyo que nuestro éxito económico no se ha traducido en una sociedad mejor. El problema en Chile no es económico, hay problemas de desigualdad. Hay que preocuparse de la gente” (DF).

¿Qué más se podría agregar a estas inquietudes? Las palabras de Felipe Lamarca, en clave de mea culpa, al parecer, pasaron inadvertidas, o fueron ignoradas por sus destinatarios. Nadie ha recogido el guante. Ni en el gobierno ni el empresariado acusaron el golpe. ¡No se oye padre!

Semejante falta de reacción se condice con la actitud de indiferencia con que ambos actores vienen enfrentando el tema de la distribución del ingreso, y la consecuente desigualdad social. No obstante, que un líder gremial de la alcurnia de Felipe Lamarca, se anime a reconocer la enorme e indesmentible responsabilidad social del empresariado chileno, es un avance.

Hace algunos años fui desmentido en público cuando al referirme a nuestro país sostuve que Chile era un país pobre. De pobre no tenemos nada. Chile tiene recursos naturales que cualquier país se quisiera, un clima privilegiado, una vasta y variada geografía que permite el asentamiento de la población y su desarrollo, y sobre todo, gente trabajadora e inteligente. El problema es que el chancho está mal pelado.

Se dice que Chile tiene un ingreso de 15.800 dólares per cápita –y el FMI estima que para 2016 será de US$ 20.253. Si ello fuera cierto, es legítimo preguntarse quién se está quedando con ese dinero. Según el académico de la Universidad de Chile, Dante Contreras, en países desarrollados como Canadá y Estados Unidos, la posibilidad de heredar la riqueza asciende a 19 por ciento, en Chile, es de 58 por ciento. Dato suficiente para comprender que la cuestión es mucho más compleja.

En consecuencia, los dichos de Felipe Lamarca deberían ser puestos en discusión a todo nivel, en especial, a nivel de gobierno y empresariado, que son los dos principales entes involucrados en la solución del problema. Felipe marca la pauta cuando afirma que “hay que hacer una reforma tributaria. Hay 18 formas de hacerlo... No tiremos la toalla… Hay que preocuparse de la gente”.

No hay otra manera de equilibrar el desarrollo social. Hacer oídos sordos no sólo es ser poco solidario; avaro, también es buscarse problemas, pues, más temprano que tarde, la válvula de la olla a presión no resistirá. 2012 podrá no ser el año del fin del mundo, tal vez sea el año del fin de un sistema que ya no da para más.

No sigamos siendo un Mercedes Benz último modelo con los neumáticos lisos. De nada sirve el desarrollo tecnológico, si el hedor de la pobreza nos hace un país pestilente.

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