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Choques y alternativas

por 29 octubre 2011

Cooperativas, asociaciones, fundaciones, entidades benéficas y organizaciones de autoayuda están presentes en todas partes del mundo, y no sólo están aumentando sino que cada vez atraen más la atención de los actores sociales, sindicales, económicos o políticos de los diferentes países. Estas organizaciones dibujan sobre el territorio lo que podría ser un modelo de desarrollo sostenible, socialmente integrador, cívicamente estimulante y ecológicamente activo.

Mientras en Japón un terremoto generaba un tsunami que provocaba una catástrofe nuclear, en el norte de África, la ola de  levantamientos políticos se extendía sucesivamente de un país a otro. ¿Por qué relacionar un cataclismo natural de consecuencias tecnológicas trágicas en un país asiático con los alzamientos populares del norte de África? Porque estos dos acontecimientos, aparentemente tan dispares, nos llevan a poner en tela de juicio verdades establecidas. Tanto una cosa como la otra, sobre todo después de la crisis financiera de 2008, ponen de manifiesto la crisis del sistema liberal y capitalista, un sistema que desarrolla su propia lógica económica productivista e inflige su propia distribución de roles entre regímenes democráticos y regímenes dictatoriales, en la que los unos saben servirse de los otros. Aunque muy resumido, el esquema del concepto no puede negarse.

Cuando el gigantesco tsunami golpeó Japón, mujeres y hombres, hogares y vehículos, empresas y comercios, campos y barcos fueron arrastrados por el mar. El mundo se volcó solidariamente con un pueblo valiente y estoico ante tamaño drama, cuya gravedad aumentó trágicamente por el posterior desastre de Fukushima. Sin embargo, los japoneses y japonesas que contienen su dolor no son los únicos implicados.

Todo el planeta debe extraer su propia lección del desastre. De hecho, nos encontramos en un momento decisivo de la historia. La propia noción de modernidad ha envejecido de repente. La “solución nuclear” ha revelado de forma ostensible y universal su naturaleza: ¡es una solución mortal! Al mismo tiempo, fuimos testigos de otro crucial acontecimiento: tunecinos y egipcios se alzaron contra la situación política de sus países y, alentado por las noticias, el resto de la región hizo lo propio. Esto también debe conducirnos a revisar nuestros análisis. Los procesos de transformación y las  expectativas acumuladas han provocado grietas en sistemas autoritarios que parecían inflexibles.

Cooperativas, asociaciones, fundaciones, entidades benéficas y organizaciones de autoayuda están presentes en todas partes del mundo, y no sólo están aumentando sino que cada vez atraen más la atención de los actores sociales,  sindicales,  económicos o políticos de los diferentes países.  Estas organizaciones dibujan sobre el territorio lo que podría ser un modelo de desarrollo sostenible, socialmente integrador, cívicamente estimulante y ecológicamente activo.

Desde luego, sigue siendo muy pronto para aventurar el conjunto de consecuencias democráticas, sociales y económicas de estos movimientos, pero la dinámica impuesta ha hecho estallar el orden establecido, poniendo de manifiesto una voluntad de ética, equidad y solidaridad de carácter político que debe inspirarnos a todos.

De los dos casos, extraemos que es vital levantar cuanto antes el velo que cubre este mundo enfermo. Y no para fomentar una vuelta atrás o una visión de  decrecimiento, ya que los países más pobres serían las primeras víctimas de ello, sino para inventar nuevos procesos de creación de riqueza compartibles que sean ante todo respetuosos con las mujeres y hombres que los crean, con su identidad y cultura y, claro está, con su entorno.

Desde hace un tiempo, se emplean índices para medir la eficacia de los Estados, las comunidades y las empresas en términos sociales, sanitarios, alimentarios y medioambientales, es decir, no sólo económicos y financieros como hasta ahora. A ello se dedican el programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el Global  Compact, el Centro de Jóvenes Dirigentes de la Economía Social y otras instituciones. Estas referencias deben catalogarse, ordenarse y armonizarse y, de ahora en adelante, deben servir para replantear fundamentalmente el conjunto de estrategias de desarrollo.

En este sentido, resulta lamentable que los trabajos posteriores (en especial los exigidos por el presidente de Francia a un grupo de premios Nobel) en torno a este tema no hayan llegado a ninguna conclusión práctica; la Unión Europea debería tomar la iniciativa en este ámbito y llevarla ante el G8 y la ONU. Sin embargo, implementar nuevos instrumentos de medición, adaptados a los desafíos de los tiempos, sólo resultará útil si estimulan la acción, una acción que ha tomado ya diferentes formas. Es hora de entender y aceptar que existen verdaderas alternativas.

De las rupturas con el sistema dominante hasta el momento –sin aspirar por ello a ningún monopolio– probablemente la economía social sea el ejemplo más claro, pues responde a reglas diferenciadoras e innovadoras: la gestión democrática, la propiedad a la vez privada y colectiva, el reparto justo de los excedentes,  la equidad entre  las  partes  beneficiarias,  la solidaridad. Cooperativas, asociaciones, fundaciones, entidades benéficas y organizaciones de autoayuda están presentes en todas partes del mundo, y no sólo están aumentando sino que cada vez atraen más la atención de los actores sociales,  sindicales,  económicos o políticos de los diferentes países.  Estas organizaciones dibujan sobre el territorio lo que podría ser un modelo de desarrollo sostenible, socialmente integrador, cívicamente estimulante y ecológicamente activo. La economía social debe convertirse en un aliado de los gobiernos y las instituciones internacionales, y no sólo de los movimientos sociales, culturales y sindicales.

Éste será el reto principal del Foro Internacional de Dirigentes de la Economía Social (Encuentros de Mont-Blanc, en noviembre de 2011), que pretende llamar la atención de los jefes de estado que se reunirán en 2012 con motivo de la Cumbre RIO+20. Hay otras vías de desarrollo, otras formas de pasar de la era de una tierra prisionera a la era de una tierra ciudadana, otras formas que deben inventariarse y debatirse. Los tunecinos, los egipcios y otros pueblos de otros continentes han demostrado que no hay nada imposible. En este sentido, han traído nuevas esperanzas y deben animarnos a atrevernos a pensar, apoyar y propulsar alternativas. Y, si quedara alguna duda, el sufrimiento del pueblo japonés debe obligarnos a modificar nuestras opiniones, actitudes y prácticas, y debe llevarnos a buscar nuevas respuestas para hacer frente a la situación insostenible que viven millones de mujeres y hombres de todo el mundo.

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