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La ley del baño

por 29 octubre 2011

Los dueños de los supermercados han logrado instalar, entonces, como valida una posición del mejor realismo mágico latinoamericano: ellos no tienen nada que ver con el asunto. Los empaquetadores les prestan servicios a los clientes y reciben de ellos, en forma de propina, su remuneración. Esto, a pesar de que el proyecto impúdicamente reconoce que el supermercado tiene derecho a “organizar y distribuir los horarios de prestación del servicio”.

Fue emocionante el momento. Hay que reconocerlo. En un reportaje sobre el abuso laboral contra los empaquetadores de supermercado, la ministra del ramo miro la cámara con decisión y señalo que este abuso se terminaría lo antes posible.

¿Cómo? Con el proyecto de ley del Gobierno que, por fin, resuelve el problema de estos jóvenes.

Buenas noticias, entonces, para esos trabajadores que pagan por trabajar.

Pero no nos apresuremos, nos recomendaría Unamuno, la vida suele ser una tragedia. Más para jóvenes trabajadores que no tiene ningún tipo de influencia política o económica.

Efectivamente el gobierno tiene un proyecto –es de un senador patrocinado por el Ejecutivo-. Y esa solución –la de Matthei- es básicamente esta (Boletin7.952):

“No dan origen a un contrato de trabajo los servicios de empaque o embalaje de los productos que un supermercado o establecimiento comercial venda directamente al público, siempre que estos servicios sean realizados por estudiantes de instituciones de educación básica, media y superior, personas con discapacidad, o personas que hayan cumplido la edad legal para jubilarse o que se encuentren pensionadas. El estipendio o propina pagada por dicho público a quienes desarrollan las actividades aquí señaladas, no constituirá remuneración ni renta para efecto legal alguno”.

Los dueños de los supermercados han logrado instalar, entonces, como valida una posición del mejor realismo mágico latinoamericano: ellos no tienen nada que ver con el asunto. Los empaquetadores les prestan servicios a los clientes y reciben de ellos, en forma de propina, su remuneración. Esto, a pesar de que el proyecto impúdicamente reconoce que el supermercado tiene derecho a “organizar y distribuir los horarios de prestación del servicio”.

Como se ve, en esta solución, hay un evidente y único ganador: los dueños de los supermercados.

Los más poderosos de toda esta historia no han necesitado mover un dedo, ni menos tomarse el Congreso protestando para salirse con la suya. Ellos han logrado exactamente lo que querían: ninguno de estos jóvenes será considerado su trabajador para efectos legales. Ni siquiera responderán –los supermercados- subsidariamente como empresa principal.

Nada de nada, porque gracias a la solución del gobierno se ha venido en consolidar el fraude: estos jóvenes no tendrán contrato de trabajo, ni con el supermercado, ni con nadie.

Los dueños de los supermercados han logrado instalar, entonces, como valida una posición del mejor realismo mágico latinoamericano: ellos no tienen nada que ver con el asunto. Los empaquetadores les prestan servicios a los clientes y reciben de ellos, en forma de propina, su remuneración. Esto, a pesar de que el proyecto impúdicamente reconoce que el supermercado tiene derecho a “organizar y distribuir los horarios de prestación del servicio”.

De esto modo, se ha construido el mundo perfecto: en los derechos, el empaquetador es un extraño para el supermercado, en los deberes, es un trabajador.

Solo queda encomendarse para que este “mundo al revés” que los supermercadistas han impuesto al gobierno, al Congreso y al final de cuentas, a todos nosotros, no se extienda a otros rubros. Ya podrían copiar tan ingeniosa ocurrencia –a punto de convertirse en ley- los dueños de restoranes. Los garzones ya no serán trabajadores suyos y los servicios se los prestaran a los clientes, no al restorant, y la propina será su único sueldo.

Eso es lo que desde tiempos inmemoriales se llama en Chile cortar por lo más débil.

El proyecto del gobierno ni siquiera considera derechos laborales mínimos. En efecto, no se menciona, como en su día lo hizo una ley similar en plena dictadura militar a propósito de otro caso de “legalización” del fraude laboral -la de los alumnos en práctica- el derecho de alimentación y transporte. Al menos, el dictador tuvo la sutileza de otorgar a esos jóvenes los derechos de colación y movilización.

Pero, al parecer, los dueños de los supermercados no están para tanta fineza: los empaquetadores no tendrán derecho a nada.

¿Y el seguro de accidentes que se exigirá de ahora en adelante según el proyecto de ley del gobierno?

En rigor, ese derecho ya lo tienen. Como se trata de trabajadores propiamente tal –como ha reconocido la jurisprudencia de los Tribunales sobre el tema-, siempre debieron contar con ese tipo de seguro. Curioso presentar como un avance un derecho que ya se tiene, pero que ilegalmente no se cumple.

¿Qué queda, entonces, de la ansiada ley que vendría a solucionar el problema de los empaquetadores prometida por Matthei?

Un interesante derecho para los empaquetadores, que al final, viene a ser lo único nuevo de toda esta historia. El proyecto dice:

“Deberá permitirles el uso de las instalaciones comunes y sanitarias utilizadas por sus trabajadores y los de contratistas y subcontratistas”.

O sea, el derecho a usar el baño. Nadie puede negar que es un avance.

Propongo desde ya llamar a esta ley la ley del baño. O del W.C. según se prefiera.

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