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La Bienal de Venecia y el debate sobre la construcción de la Imagen País

por 1 noviembre 2011

Iniciada en los años 90 en un Chile que amalgamaba el éxito neoliberal (los Jaguares de Latinoamérica), la democracia tutelada, y la idea de “la justicia en la medida de lo posible”, la definición de la buena arquitectura chilena debía acompañar ese proceso de liderazgo latinoamericano, siendo a la vez consciente de las limitaciones de un país en vías de desarrollo.

Hace unas semanas el Ministerio de Cultura, a través de su Área de Arquitectura, entregó la nómina de 10 equipos pre-seleccionados para el desarrollo del Montaje y la Curatoría de la muestra de Arquitectura Chilena en la Bienal de Venecia del 2012. Se trata de la vitrina más importante que existe para la arquitectura nacional en el exterior y, sin duda alguna, de una gran gestión que continúa el trabajo hecho desde hace varios años por parte de la Cancillería. Porque es indiscutible que para un país pequeño como el nuestro, haber logrado mantener un pabellón nacional en las últimas versiones de esta Bienal es un verdadero privilegio.

Por otra parte, es una muy buena noticia que esta convocatoria se haya realizado como concurso abierto, ya que eso nos permite albergar esperanzas de que la competencia entre los pre-seleccionados logre elevar el nivel de las propuestas. Esto es sumamente importante ya que si queremos mantener esta vitrina, resulta imperioso mejorar el nivel mostrado en las últimas dos participaciones de Chile en la Bienal de Venecia.

En el 2008 se hizo una exposición de souvenirs arquitectónicos que -a pesar de la lucidez para observar que ese es el destino final de la arquitectura entendida como producto de consumo cultural- no logró hacer justicia ni a los ejemplos tradicionales ni a los contemporáneos. Mientras que en el 2010 se eligió como tema las respuestas ante el terremoto, un tópico inevitable y contingente que, dada la premura, llevó a la muestra a un conjunto de proyectos que en ese minuto apenas estaban en una etapa inicial de desarrollo, muchos de los cuales jamás llegaron a ser soluciones reales, ya sea por su inviabilidad, o por la falta de voluntad de los autores para llevarlos a una concreción real (que exigía más trabajo que la presentación para una exposición).

Iniciada en los años 90 en un Chile que amalgamaba el éxito neoliberal (los Jaguares de Latinoamérica), la democracia tutelada, y la idea de “la justicia en la medida de lo posible”, la definición de la buena arquitectura chilena debía acompañar ese proceso de liderazgo latinoamericano, siendo a la vez consciente de las limitaciones de un país en vías de desarrollo.

A pesar de eso, las dos últimas participaciones nacionales coincidieron en un punto que sí merece ser continuado: ambas –con obvias diferencias- significaron un viraje con respecto a una forma de entender la arquitectura que se había establecido en Chile desde comienzos de los años 90: la mitificación de la “obra construida por un autor”.

Ahora bien, dadas las bases de la convocatoria, la pre-selección que realizó el jurado era esperable. Se trata de un conjunto de 10 equipos, todos bastante conocidos en el circuito, y que en su mayoría demuestran una trayectoria profesional que avala la elección. Más allá de las posibles críticas sobre la parcialidad en la selección, lo cierto es que la evidente primacía de equipos ligados a la Escuela de Arquitectura de la UC es bastante obvia: ella ha sido el soporte académico y editorial desde el cual se ha construido el ideal de la arquitectura chilena en los últimos 20 años; en otras palabras, lo que hoy en día se valora y entiende como “buena arquitectura” en Chile, ha sido definido por dicha escuela, al igual que la promoción de las figuras que lo representan.

A la luz de los hechos, demás está decir que esa construcción cultural fue a todas luces exitosa. Iniciada en los años 90 en un Chile que amalgamaba el éxito neoliberal (los Jaguares de Latinoamérica), la democracia tutelada, y la idea de “la justicia en la medida de lo posible”, la definición de la buena arquitectura chilena debía acompañar ese proceso de liderazgo latinoamericano, siendo a la vez consciente de las limitaciones de un país en vías de desarrollo. Así, tomando a la obra construida como única “medida de lo posible”, se promovió –académica y editorialmente- el trabajo de arquitectos jóvenes (y otros no tanto, siempre y cuando no hubieran trabajado en los oscuros años ochenta) que, sin importar como ni para quién, tuvieran obras construidas. Con esa definición quedaron al margen no solo aquellos arquitectos que no podían acceder a clientes privados (casas de veraneo, o viviendas en el barrio alto), sino también cualquiera que propusiese ideas imposibles de ser transformadas en obra. De esa forma, la arquitectura chilena pasó a ser reconocida por una colección de obras privadas, formal y materialmente interesantes, pero ubicadas en contextos aislados e imposibles de ser visitadas sin una invitación previa. Es decir, obras que representaban a la perfección esa sociedad individualista y nihilista característica de los noventa, que tendía a exacerbar la aislación geográfica y la condición privada.

Si bien es un hecho que el Chile de hoy en día es distinto, el paradigma de la “obra construida por un autor” aún permanece como una construcción cultural hegemónica en el circuito arquitectónico chileno. Promoviendo el pragmatismo por sobre el idealismo, y valorando el qué por sobre el cómo, este modelo ha sido adoptado como camino al éxito por las generaciones más jóvenes, y como herramienta de validación por algunas nuevas escuelas. Incluso los nuevos medios de difusión de arquitectura -que se han multiplicado en la última década- han generado una verdadera revolución en los formatos que, curiosamente, solo ha servido para reafirmar ese canon ideado en los 90, en vez de ponerlo en duda. De ahí que el arco temporal que abarcan las compilaciones de arquitectura chilena contemporánea sea cada vez sea más amplio, ya que la producción actual no se entiende si no es puesta al lado de las obras canónicas de los 90 y comienzos del 2000; por eso es que, a pesar del dinamismo interno de la arquitectura local, siempre parece como si nada cambiara.

Desde esa perspectiva, la curatoría de la presentación nacional para la próxima Bienal de Venecia es una gran oportunidad para revisar críticamente este canon, y plantearse la pregunta acerca de cuál es la arquitectura que representará a la sociedad chilena del presente. La “obra de autor” ya parece un paradigma obsoleto en un Chile cuya sociedad civil se vuelve cada día más participativa, que ya no mira con tan buenos ojos los lujos de las elites, y que no tiene miedo a reconocerse como no tan exitosa ante la mirada internacional. En ese contexto, es necesario plantearse nuevas categorías de evaluación, que pueden ir desde la condición pública de la obra, hasta incluso el valor de las ideas de sociedad que hay tras una propuesta.

Porque para aprovechar a cabalidad el reconocimiento estatal a la arquitectura como una disciplina capaz de colaborar en la construcción de la Imagen País, no podemos pasar por alto la posibilidad de preguntarnos cuál es esa imagen que mostraremos al mundo. Este 2011 la opinión pública internacional ha mirado con atención y admiración el surgimiento de un nuevo Chile, capaz de cuestionar los tabúes de la transición, y con la voluntad de sobrepasar “la medida de lo posible” en pos de un proyecto de sociedad definido de forma colectiva. Por la responsabilidad que nos compete con nuestro presente, no podemos limitar nuestra selección solo a lo posible, ni mucho menos ocupar los recursos del estado para promover una imagen sofisticada de una sociedad que en realidad es mucho más diversa. La preselección del jurado nos permite tener la esperanza de que esta oportunidad no se desperdiciará, y que los equipos que siguen en competencia –que deben entregar sus propuestas este 24 de Noviembre- tendrán la destreza para plantear una curatoría crítica y a la vez propositiva. Desde fuera, estaremos expectantes por ver como se representa la Imagen País –a través de la arquitectura- en la principal vitrina que tenemos ante el mundo.

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