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Buscando Latinoamérica… y temo no encontrarte

por 5 noviembre 2011

Las frustraciones se acumulan y comienza a cundir el desánimo. No se avanza, aunque tampoco se retrocede. En materia de integración América Latina continua marcando el paso y los mismos obstáculos, objetivos o subjetivos, se interponen en el máximo nivel (las reuniones cumbre), el nivel intermedio (las negociaciones entre cancillerías) y en el nivel ciudadano.

Probablemente, el gesto de criticar de modo frontal e irónico a la diplomacia de las cumbres, tal y como lo  hizo el Presidente Sebastián Piñera en la reciente Cumbre Iberoamericana de Asunción del Paraguay,  haya significado  una audacia poco comedida hacia el país anfitrión y al distinguido auditorio,  constituido por colegas suyos, a los cuales el mandatario parecía estar diciéndoles que más les hubiese convenido quedarse en sus países atendiendo asuntos más  graves y urgentes que estar allí perdiendo miserablemente el tiempo.  Más o menos,  como pareció haber reflexionado el numeroso grupo de Jefes de Estado que optó por quedarse en casa,  los que llegaron tarde o los que abandonaron antes de aprobar la Declaración Final, sacrificando de paso  su propia imagen en la consabida foto de familia.

A más de alguien, aquí  y allá,  le debe haber parecido que las palabras de Piñera  pudieran ser homologadas al gesto inopinado de quién osa mencionar alegremente a la soga en la casa del ahorcado y, a mayor abundamiento, en un ambiente poco propicio a los arrestos humorísticos, las improvisaciones y las salidas de libreto en general, como es el caso de las  cumbres presidenciales, en donde impera  la mesura, el  cálculo  y la circunspección extrema.

Haciendo abstracción de las formas y la oportunidad,  reconozcamos que no poca razón le asiste al mandatario chileno  en sus dichos críticos a la reiteración y ritualidad inoficiosa  de estas conferencias en la cumbre. Y eso, a  pesar de la incorrección en las formas, con lo cual nos vuelve  a hacer fruncir el ceño, como hace  cada vez que incurre en las  colorinches y reiteradas  salidas de madre con las que el mandatario suele sorprendernos  casi siempre que se desplaza al extranjero en nuestro nombre y representación.

Las frustraciones se acumulan y comienza a cundir el desánimo. No se avanza, aunque tampoco se retrocede. En materia de integración América Latina continua marcando el paso y los mismos obstáculos, objetivos o subjetivos, se interponen en el máximo nivel (las reuniones cumbre), el nivel intermedio (las negociaciones entre cancillerías) y en el nivel ciudadano.

El Presidente alega sonriente contra la ineficacia de estas recurrentes reuniones a las que compara con una cordillera. Y el presidente ecuatoriano Rafael Correa sale a respaldarle, aunque no desde el podio  sino que ex cátedra, para subir la apuesta señalando en tono lúgubre, que mientras  los presidentes andaban de cumbre en cumbre los pueblos lo hacían de abismo en abismo.

Si no fuera porque estas citas al menos permiten que los mandatarios se vean las caras de tiempo en tiempo, y  por el ingente esfuerzo organizativo y material que debe ser capaz de desplegar el país anfitrión, en cuyo proceso de preparación  se juega  su prestigio al todo o nada, toda esta parafernalia resultaría de un patetismo todavía mucho más visible y deplorable.

Para empezar, el  anfitrión debe ser capaz de asegurar la participación de la mayor cantidad posible de Jefes de Estado. De modo especial, la concurrencia de  los invitados estelares, sin cuya presencia la reunión transcurriría sin pena ni gloria. Ocurre que estas citas cumbre, también se da aquello  que nos enseña la ONU y otras entidades multilaterales: todos los Estados, grandes y pequeños, son iguales entre sí. Aunque se admita que existan algunos que son   “más iguales que los otros”.  Comprometer  a los  decisivos implica una seguidilla de gestiones previas en las que nada se escatima, y que incluyen las promesas, las dádivas y hasta los ruegos. Por lo mismo, y dado que nadie se llama a engaño con la trascendencia de estos encuentros, pasa que las más de las veces los mandatarios deciden concurrir o abstenerse,  atendiendo no  al valor o interés de la cita en sí misma, sino más bien en dependencia de quién sea el anfitrión y de quienes hayan comprometido su asistencia.

Preparar los  documentos, incluida la declaración final, constituye una tarea clave. Su elaboración queda en manos del anfitrión, quien debe ofrecer un texto borrador, el que posteriormente será negociado.  El juego de los párrafos tachados, los capítulos en negrilla,  las negociaciones sobre los llamados “fraseos” o el “lenguaje acordado” para tratar un cierto asunto peliagudo darían  para mucho relatar.  Entre una y otra propuesta de texto, se impondrá fatalmente “el ancho camino del medio”, mal llamado de los consensos, lo cual nos lleva directamente a un resultado deslavado. Verdaderas obras maestras de la generalización, los lugares comunes y el lenguaje  esotérico y relamido, normalmente obra de avezados  profesionales de la tibieza  y el acomodo.

¿Y como podría ser de otro modo si se hace preciso que  estas redacciones  contenten  a tantos actores y se refieran a  tan diversos  asuntos?

Llegado a este punto, cualquiera firma lo que le pongan enfrente.   Por lo mismo es que se ha podido ver a más de alguno,  en otros tiempos,  suscribir sin inmutarse  un texto sobre democracia, derechos humanos y libertades públicas, que firmado  por el mismo personaje en su propio país probablemente le llevaría directo a la cárcel. O más  recientemente, a algún otro caracterizar a la educación como un objetivo nacional prioritario que merece los mayores sacrificios, mientras en su propio país reprime a palos a quienes proclaman y defienden en la calle exactamente lo mismo que el acaba de suscribir.

Y no se crea, ni por un momento, que el estar todos o mayoritariamente de acuerdo en impedir que un determinado asunto sea incorporado en la Declaración Final, como ocurrió recientemente en Asunción con la pretensión de Bolivia en su intento por introducir un párrafo sobre la cuestión de la mediterraneidad, pueda ser interpretado como un respaldo a la posición de Chile  en su negativa a multilateralizar el asunto.

Nada de eso, es simplemente que tal negativa de tratar asuntos bilaterales concretos  va en el interés del conjunto. Hacer tal cosa, se trate del diferendo chileno-boliviano o cualquier otro, podría abrir una caja de Pandora imposible de volver a cerrar.

Al final del día,  que puede importar verdaderamente lo que consignen los documentos suscritos, si  la postre su contenido no rige como compromiso vinculante ni siquiera para los mandatarios firmantes y,  mucho menos tienen este valor para los asuntos regionales.

De la enumeración de las oportunidades en que los Jefes de Estado son convocados anualmente a reunirse, y del cotejo de tales encuentros y sus resultados políticos con los logros efectivos en materia de integración, fluye maciza la propia ineficiencia e inoperancia de estas instancias. Las cuales como se sabe fueron concebidas en su momento como ocasiones doradas  para ejercitar la diplomacia presidencial directa, resolutiva y constructiva entre pares dotados de las más altas capacidades ejecutivas.

Ambiciosas y  trabajadas agendas,  retórica rimbombante, sendas declaraciones conjuntas cuyo tener casi nadie llega a conocer, y hasta  rotundos golpes de de mesa para enfatizar algún planteamiento político, son algunas de las realizaciones con las que nos obsequian  varias  veces al año estos encuentros  al más alto nivel.  Cuyo propósito estratégico, reiterado una y otra vez como una letanía, consiste en avanzar hacia la integración regional, un  objetivo que cada vez que hay ocasión, nadie duda en definir como urgente, impostergable y cada día más rotundamente imprescindible a los fines del desarrollo regional integral. Y es que estar a favor de la integración es lo políticamente correcto en esta hora, aunque otra cosa muy distinta es lo que se esté dispuesto a hacer efectivamente  tras dicho propósito. Por ello, las inconsistencias entre estas declaraciones bien intencionadas   y las realidades manifiestas de dispersión regional  y hasta de controversia están a la vista.

Toda las maraña de instituciones con las que América Latina se ha dotado  durante décadas para fomentar la integración y la cooperación intra-regional ha redundado en avances muy precarios y parciales, y  acaso hasta imperceptibles. Al menos para los ciudadanos de a pie, quienes al no poder palpar logros concretos que modifiquen favorablemente sus propias existencias, no logran percibir en que les cambiaría la vida,  si acaso eso que proclaman los presidentes con tanto entusiasmo e insistencia se llegara a realizar efectivamente.

Las frustraciones se acumulan y comienza a cundir el desánimo. No se avanza, aunque tampoco se retrocede. En materia de integración América Latina continua marcando el paso y los mismos obstáculos, objetivos o subjetivos, se interponen en el máximo nivel (las reuniones cumbre), el nivel intermedio (las negociaciones entre cancillerías) y en el nivel ciudadano. Y es preciso decir que es en este escalón, el ciudadano,  donde aunque nos pese admitirlo, persisten las mayores incomprensiones e indiferencias.

Hay quienes prefieren culpar olímpicamente a los intereses foráneos de la virtual balcanización regional. Pues  no otra cosa significa que haya hoy día quienes propongan procesos integradores que abandonen la idea de América Latina como marco de geográfico referencia, para preferir hablar de Sudamérica, excluyendo de este modo a México, Centro América y El Caribe. Y que todavía más, aguzando  la vista y el ingenio geopolítico, postulen la existencia de tres sub zonas sudamericanas diferenciadas, cada una con sus respectivos países líderes o hegemónicos.

Otros,  más realistas y sensatos, insisten  en que mientras nuestro países no logren dar por superados y resueltos a la totalidad de las  querellas intestinas, sean aquellas de naturaleza limítrofe, económicas, comerciales, migratorias, etc., no podrá ser posible encarar la integración como un objetivo común, deseable y posible de construir. Pues sería precisamente esa base de confianza mínima y recíproca de la que se carece, el principal obstáculo subsistente para conseguir que los respectivos países dejen de lado sus agendas propias y se resuelvan a empujar en la misma dirección, de un modo semejante a lo ocurrido en la Unión Europea.

No es imaginable que si alguno de nosotros rechaza integrarse con sus vecinos más próximos, sea por razones históricas, coyunturales o puramente prejuiciosas, pueda estar disponible a integrarse con algún  país más distante.

Pero el caso es que América Latina no logra pasar todavía  del estado gaseoso e inasible al estado sólido. A nivel global, la región sigue  siendo observada como  una entidad difusa, como un interlocutor complejo  de tratar para sus socios, se trate de los EE.UU., la Unión Europea, China, Rusia, etc. Un ente  cuyos integrantes siempre optan por los entendimientos bilaterales, en lugar de conceder ni siquiera de modo tácito, capacidad de interlocución a alguna de las entidades  representativas del conjunto. Mucho menos a alguno de sus integrantes individuales, por más que exista al menos uno, Brasil, que se perfila nítidamente como una potencia emergente de connotaciones globales, y que bajo esta  circunstancia objetiva, bien podría jugar el rol de factor catalizador de procesos de convergencia interna con proyecciones internacionales  en los diversos campos de la agenda internacional.

Construir la integración, ladrillo a ladrillo, implica apertura y generosidad. Involucra una cuota de sueños y otra de pragmatismo. Requiere, llegado el caso, hacer concesiones incluso dolorosas. Dejar el pasado atrás y concentrarse en el presente y sobre todo en el futuro. Ahí está la experiencia de la UE al alcance de la mano.

Todas las palabras ya han sido dichas. Hay que persistir en el optimismo y no bajar los brazos. Ahora hay que pasar a la acción y es justo remarcarlo, precisamente cuando está a punto de nacer una nueva entidad integracionista que podría marcar la diferencia con sus antecesoras, las que bien o mal, ya hicieron lo suyo.

En diciembre próximo, en Caracas, Venezuela, nacerá la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), como resultado de la convergencia del Grupo de Rio y La Cumbre de América Latina y El Caribe (CALC).

El CELAC viene a despejar el campo, no solo de siglas sino de duplicación de esfuerzos. La co-presidencia Pro Tempore será compartida entre Chile y Venezuela y se ha anunciado una agenda ambiciosa, que cubre todos los aspectos de un genuino itinerario temático integrador.

Hay quienes han remarcado la circunstancia de que esta instancia regional excluya explícitamente a los EEUU y Canadá, una especie de OEA solo para nosotros.  Este factor tiene  su significado, como negarlo,  pero hay que rescatar que lo verdaderamente importante es que desde el primer día se proponga abordar asuntos cruciales como la integración energética, física y de infraestructura, la coordinación de políticas en materia de salud, educación, medio ambiente, migración, seguridad, etc. Incluyendo  los asuntos políticos que hacen a la preservación de la democracia, las libertades públicas y los derechos humanos.

El CELAC representa una nueva esperanza. Sobre todo, si acaso no se queda en las alturas de las cumbres y es capaz de bajar al terreno sólido y de comprometerse con las realidades más profundas de los latinoamericanos.

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