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Grecia y la débil conciliación entre mercado y democracia

por 7 noviembre 2011

Grecia y la débil conciliación entre mercado y democracia
Grecia ha irrumpido en la política internacional logrando alterar en cuestión de horas el eje de la conducción en la crisis de la zona euro. Si antes recibió la crítica y el desdén de Europa por su inoperancia para frenar el inminente default, hoy ha desplazado el juego hacia el ámbito de la democracia y no el de las imposiciones del mercado.

Grecia ha irrumpido en la política internacional, logrando alterar en cuestión de horas el eje de la conducción en la crisis de la zona euro. Si antes recibió la crítica y el desdén de Europa por su inoperancia para frenar el inminente default, hoy ha desplazado el juego hacia el ámbito de la democracia y no el de las imposiciones del mercado. En menos de una semana, hemos visto la caída del modelo Merkel- Sarkozy (Merkozy como le llama la prensa internacional por la férrea unión demostrada) y sus premisas estabilizadoras de  la última década. Y aquí ha cambiado la historia.

Cuando en la cumbre del 26 de octubre ambos anunciaron la nueva versión del fondo de rescate europeo, nadie previó que sus sonrisas y complicidad —propias de los vencedores— no durarían. Estaban convencidos de haber inaugurado un paradigma rentable de salvataje para la banca del G 20 y condescendiente a las clasificadoras de riesgo. Prodigaron entonces el discurso “evitemos que Italia y España sean la nueva Grecia” y no dejaron de humillar la imagen de la república helénica. Tanto que los asistentes fueron testigos de las condiciones impuestas: no debía debatirse en el parlamento ni se detallarían las cuotas de ayuda para evitar la autonomía en el destino de las mismas.

Las claves del rescate son poco novedosas y sus efectos sólo mantendrían la maliciosa lógica de la austeridad. Tal como lo vaticinara The Economist “tengan miedo de los políticos” porque han proyectado todas las medidas que los actuales movimientos sociales refutan.

Luego, no es de extrañar que Yorgos Papandréu, el primer ministro griego, haya salido de la perplejidad, infiriéndoles una certera estocada. Eso porque, ha negociado con las cartas políticas que mejor conoce: sorprendió con el anuncio de convocar a un referéndum (el cual descartó finalmente) y, ha avanzado, en la construcción de un acuerdo nacional entre su partido, el PASOK, y la oposición liderada por conservadores de Nueva Democracia. Ya un plebiscito, ya un gobierno de transición, es la única vía para involucrar a sus ciudadanos en la aceptación o rechazo del  rescate.

Más allá del inestable escenario del gobierno griego, las claves del rescate son poco novedosas y sus efectos sólo mantendrían la maliciosa lógica de la austeridad. Tal como lo vaticinara The Economist “tengan miedo de los políticos” porque han proyectado todas las medidas que los actuales movimientos sociales refutan. Ello, porque el ajuste fiscal de los programas sociales post crisis subprime ha impactado negativamente sobre el crecimiento, elevando la deuda soberana en vez de bajarla. Recordemos que el total del paquete anunciado se compone de cerca de 1Billón de euros para la UE, exigiéndose —a las naciones contagiadas— recapitalizar la banca privada con fondos públicos, la reforma al sistema de pensiones y de salud para contraerlo y, la imposición de mayor flexibilidad laboral en un sistema que ya es precario.

Según las estimaciones del gobierno helénico, según los estándares de la negociación, su economía tardaría al menos 9 años en recuperar el PIB alcanzado en el año 2008, época en la cual ya estaba en recesión. Eso en el entendido de un crecimiento mundial cercano al 4%, cuando las estimaciones más positivas de la OCDE lo cifran en apenas un poco más del 1 o 2% para el próximo bienio. De este modo, el salvavidas para dicha nación se compone de 130.000 millones de euros, de los cuales 30 mil son aporte efectivo de los gobiernos de la comunidad y los 100.000 corresponden a un recorte nominal del 50% de la deuda con la banca privada. El resto de la deuda será refinanciada con préstamos a tasas preferenciales. La meta según Merkozy es que su deuda soberana sea un 120% del PIB en el 2020.

Por otra parte, el futuro de la política interna de Grecia es incierto. Ya extinguido el incendio del proyecto de referéndum y la democracia directa, la nación está bregando por recomponer su soberanía y autonomía. Sí, porque la crisis de la deuda es otra faceta de la crisis de representatividad que agita al mundo y que ha convertido la intervención económica greca en un laboratorio. Basta recordar la respuesta de la UE en Cannes: el primer tramo de ayuda de 8.000 millones de euros se entregará sólo  si el referéndum y el gobierno aprueban todo el plan, porque ninguna de sus partidas es negociable. Ergo, a lo largo de estos años, se ha contribuido — desde el exterior— a una imagen de paraíso fiscal y bancario que no tiene solución y que amenaza con contagiar al Mediterráneo. En este sentido, valga señalar que la debacle helénica no es producto del estado de bienestar, sino de una estrategia de desarrollo basada en el crecimiento financiero. A mediados de la década de los 90’ se liberalizaron los mercados, se obstinaron en  las tácticas de abultar las cifras de solvencia. Allí, los créditos, los capitales desregulados y los mercados de futuro enriquecieron a todos, menos a Grecia.

Finalmente, si observamos la Costa Azul, la actual cumbre del G20 en Cannes ha logrado imponer sus tesis de equilibrios estructurales. A pesar de la convulsa política griega, el plan no ha sido modificado. Una vez más el mercado saldrá de su ciclo de crisis y la banca se estabilizará. Ahora, el problema —más moral que político— que arrecia en el horizonte es qué salvará a la sociedad civil. La cuna de la Democracia nos ofrecerá un presente y una oportunidad.

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