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No más impuestos

por 9 noviembre 2011

Pagar impuestos es un deber, es cierto, pero no por las razones que ofrece la izquierda, sino simplemente como una forma de retribución a los beneficios innegables e intangibles que ofrece la vida en sociedad. En el fondo, es el precio a pagar por vivir en un lugar más hospitalario que la jungla.

Hasta el día de hoy usted no ha firmado documento alguno que le otorgue al Estado facultades para despojarlo de lo que le pertenece. Aún así es impelido por la fuerza a pagar impuestos, y bastaría con que dejara de hacerlo para que se diera cuenta de que habla de manera algo impropia cuando dice mi casa, mi auto o mismo (porque usted trabaja para el Fisco varios meses del año, se lo garantizo).

Si además es de los que puede prescindir de los servicios públicos que son relevantes en el presupuesto familiar- como la educación, la salud o el transporte- su carga impositiva es doble y paga por prestaciones que no recibe sin derecho alguno a devolución (y no intente conseguirla, porque sus demandas no recibirán el título de ciudadanas).

Hasta ahora el Estado no ha tenido tampoco la gentileza de reconocer -si tiene hijos- que usted ha hecho un aporte significativo a la patria con el nacimiento de futuros contribuyentes. Por esa sola razón usted podría legítimamente pedir un trato preferente de parte del SII, pero la verdad es que en Chile los hijos son penas desde el punto de vista impositivo.

Pagar impuestos es un deber, es cierto, pero no por las razones que ofrece la izquierda, sino simplemente como una forma de retribución a los beneficios innegables e intangibles que ofrece la vida en sociedad. En el fondo, es el precio a pagar por vivir en un lugar más hospitalario que la jungla.

Quizá éstas y otras consideraciones le llevan a usted a pensar que los impuestos son la forma que encontró el Estado para despojarlo, pero debo decirle que se equivoca. Pagar impuestos es un deber, un deber que la izquierda justifica con los peores argumentos posibles, pero que no deja por eso de serlo.

Porque cuando el cobro de impuestos se defiende (como lo hace la izquierda) desde el concepto de redistribución, lo que se pone en tela de juicio es el derecho de propiedad; y dado que los derechos proliferan ahora en tierra fértil, asumo será posible admitir que éste es también uno de los que se debe custodiar. Desde la idea de que el Estado puede expropiar a unos para favorecer a otros (o sea, redistribuir), los impuestos no serían más que un robo institucionalizado.

¡Para qué decir cuando los que defienden a brazo partido el carácter subjetivo de la moral, hacen una apología cuasi religiosa de los impuestos! (remítase a la columna dominical de Peña). Ni la filantropía ni la generosidad son argumentos posibles para justificar la obligación de pagarlos. Entre otras cosas, porque el acto generoso o filantrópico es esencialmente libre. Y es que a diferencia del pseudo-liberal, el conservador es tan consciente de su obligación de dar más si tiene más, como de la prohibición que tiene de imponerle a otro que haga lo mismo por la fuerza.

Pagar impuestos es un deber, es cierto, pero no por las razones que ofrece la izquierda, sino simplemente como una forma de retribución a los beneficios innegables e intangibles que ofrece la vida en sociedad. En el fondo, es el precio a pagar por vivir en un lugar más hospitalario que la jungla.

Negarlo es defender el supuesto pueril de que todo lo que uno es, se lo debe a sí mismo. El orden jurídico institucional y social, el idioma, la cultura, contribuyen al desarrollo de una persona tanto como su propio esfuerzo y lo dejan (lamentable, pero así es) en la amarga condición de deudor: es decir, de contribuyente.

Pagar impuestos es un deber, lo concedo, pero dejemos la hipocresía de defenderlos desde una moralina de quinta categoría.

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