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Conflicto estudiantil: ilustrados contra salvajes

por 13 noviembre 2011

En la dinámica de las discusiones, se revela el salvajismo de los ilustrados: ellos piensan que sus valores son el ángulo de lectura correcto y lo defienden con dientes y muelas, tachando a los demás de ideologizados. Toda diferencia es percibida como anormal e ilegítima. Asimismo, de los salvajes emerge la ilustración, batiendo banderas de reivindicación de otros horizontes que, por ser más adecuados y mejores, debiesen reemplazar aquellos que están añejos, en crisis.

Con más de seis meses de movilizaciones a favor de un cambio de paradigma en la educación nacional, las negociaciones entre los actores sociales y el gobierno parecen estar en un punto muerto. Nadie dijo que sería fácil o que se obtendrían resultados inmediatos, sobre todo ante la evidencia que se mostraba desde el inicio: la abundancia de monólogos y paralelismos discursivos que, solo en extrañas ocasiones, han provocado diálogo.

Esta historia se parece a muchas otras donde el encuentro de dos mundos tiene lugar. Claude Lévi-Strauss en su libro “El pensamiento salvaje” muestra cómo la ciencia (fundamentalmente occidental) se ha posicionado con una lógica colonialista en el estudio de otras culturas, forzando al “otro” desde una pretendida superioridad a entrar en un molde de análisis. Además, el etnólogo revela que esta jerarquización autocomplaciente carece de todo argumento, en tanto toda cultura es detentora de una riqueza y autenticidad incomparables.

En la dinámica de las discusiones, se revela el salvajismo de los ilustrados: ellos piensan que sus valores son el ángulo de lectura correcto y lo defienden con dientes y muelas, tachando a los demás de ideologizados. Toda diferencia es percibida como anormal e ilegítima. Asimismo, de los salvajes emerge la ilustración, batiendo banderas de reivindicación de otros horizontes que, por ser más adecuados y mejores, debiesen reemplazar aquellos que están añejos, en crisis.

En una línea interpretativa que pasa por Eduardo Viveiros de Castro y Jean-Christophe Goddard, es posible leer nuestra sociedad como un espacio donde co-existen diversas tribus, que manejan jergas, valores, visiones de mundo. En el caso del conflicto educativo, se identifican claramente dos tribus: la de los ilustrados y la de los salvajes. Ambos grupos se presentan a las negociaciones con preconfiguraciones; los primeros convencidos de su legitimidad (sí, son gobierno elegido democráticamente), los segundos convencidos de su causa universal (sí, son apoyados por una mayoría ciudadana).

El clan de los de traje y corbata vienen ante el clan de los de zapatillas y camisetas estampadas, sacando documentos de trabajo en papeles perfectamente blancos, inmaculados. Cargados de postgrados en el extranjero y de una gran experiencia en la empresa privada y en la política de los acuerdos entre cuatro paredes, estos ilustrados desean cerrar tratos con rapidez ejecutiva. Mientras tanto, los miembros de la otra tribu, van al encuentro portando mochilas de tela y bananos en lugar de maletines de cuero finamente trabajados. Muchos de ellos ni siquiera están inscritos en los registros electorales -¡salvajes!- y no saben lo suficiente de macroeconomía ni la necesidad del lucro como pilar fundamental del crecimiento sostenido… son demasiado jóvenes para entender.

En la dinámica de las discusiones, se revela el salvajismo de los ilustrados: ellos piensan que sus valores son el ángulo de lectura correcto y lo defienden con dientes y muelas, tachando a los demás de ideologizados. Toda diferencia es percibida como anormal e ilegítima. Asimismo, de los salvajes emerge la ilustración, batiendo banderas de reivindicación de otros horizontes que, por ser más adecuados y mejores, debiesen reemplazar aquellos que están añejos, en crisis.

Sin  embargo, la tensión entre ambas tribus persiste y una negociación - que por definición consiste en aunar posiciones, ceder - parece imposible. Tal vez el error es precisamente aspirar a salir de la dicotomía de clanes, persiguiendo una fusión ideológica como la condición para llegar a un acuerdo ¿y si el mejor camino fuese la existencia misma de tribus, pero esta vez valorizadas del mismo modo? Un pacto que permita avanzar no tiene por qué ser un consenso incluso de puntos y comas. Tampoco es necesario caer en amarillismos o medias aguas (que, por cierto, ya hemos tenido en dosis suficiente durante gran parte de la política de la transición.

Si bien es cierto que el resultado concreto del movimiento por la educación es incierto, aun así se ha alcanzado un lugar inédito para los “colonizados”, lo que es en sí mismo un logro enorme. Desde luego, no se trata de un giro copernicano en el cual una tribu destrona y reemplaza a la antigua. Sería un error aspirar a una sociedad uniformada, donde todos se vuelvan o salvajes o todos son ilustrados: es de la tensión entre ambos grupos (y de muchos otros subgrupos con matices graduales) que se construye el presente y el futuro.

Hoy, por fin, se ha consolidado la legitimidad del “pensamiento salvaje”, incivilizado, que no entiende de paradigmas instaurados. Lo que algunos han tachado como un movimiento de “clientes insatisfechos” (que desde luego los debe haber), ha mostrado encarnar valores representativos de un clan, cuantitativamente y cualitativamente genuino.

En el camino, algunos salvajes han sido y serán pacificados, pero muchos otros tendrán el importante rol de construir y participar de la política, dentro de un estatus de igualdad. Los que piensan que otro Chile es posible, ya no son una minoría colonizada, dominada por valores de una evangelización  socio-económica marcada por la violencia. Para ellos la tarea solo acaba de empezar.

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