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La designada

por 21 noviembre 2011

La designada forma parte de quienes defienden, con uñas y dientes, el entramado institucional (sistema binominal, leyes con quórum reforzados y otras inventos) que diseñado en su día por Jaime Guzmán –su ideólogo- tenía por objeto hacer las voz de los ciudadanos irrelevante hasta la perfección.

El asunto, pensará Von Baer, no es más que un detalle de palabras.  Al fin de cuentas soy senadora de la Republica con todas las de la ley.

De hecho, se consolará, no soy la primera ni la última. Es más, todos los sectores políticos han tenido senadores designados, e incluso, en una versión peor: los que dejo la dictadura –gobierno militar dirá ella en todo caso-.

Mi caso es distinto, reflexionará en voz alta: me designó mi partido según las reglas legales vigentes.  Aunque yo perdí, dirá ahora en voz baja casi inaudible, son las reglas del juego.

Pero, me temo, que nada de esto consolará a la designada.

Y ello es tan evidente –su falta de consuelo-, que la molestia e incomodidad le saltan por los ojos cuando se lo representan. Como el otro día, cuando Vallejos, como quien lanza descuidadamente una daga, le espetaba su calidad, y de paso borraba de un plumazo su cuidada sonrisa –al estilo Lavín- y le impedía responder con lucidez – más bien balbuceando algo como una réplica-.

La designada forma parte de quienes defienden, con uñas y dientes, el entramado institucional (sistema binominal, leyes con quórum reforzados y otras inventos) que diseñado en su día por Jaime Guzmán –su ideólogo- tenía por objeto hacer las voz de los ciudadanos irrelevante hasta la perfección.

¿Qué parece molestar de sobremanera a la senadora designada cuando le dicen designada?  ¿Dónde está la causa, como diría el poeta, de tanto desconsuelo?

No es, de partida, un problema conceptual. Eso es obvio. El calificativo calza perfecto para describir su situación personal, y relata adecuadamente la condición institucional de candidata derrotada pero igualmente en el cargo.

Eso lo entiende hasta la designada. Pero, entonces, insistimos, donde está el mero problema.

La cuestión no es tan difícil de entender: se trata de las obvias implicancias simbólicas con que los estudiantes han decidido, con éxito, cargar el término. Lo que en verdad parece que importa es el potente símbolo que ese rotulo expresa, la carga negativa que una palabra aparentemente inocente parece ahora portar.

Y es que a pesar de ser designado es una idea inicialmente neutral –puesto por alguien quien tiene el derecho de hacerlo según la Constitución-, en el actual contexto político simboliza todo lo que la “primavera chilena” parece rechazar: el arreglo cupular de las elites para –de espalda a la ciudadanía- designar a una candidata que, sometida al escrutinio popular, había recibido una sonora derrota.

Para peor, en el caso de la designada con un bonus track impresentable: representando al sector político que diseñó e impuso, a sangre y fuego,  el orden constitucional que hoy la beneficia. Dicho de otro modo, representando a los dueños de las reglas del juego que hoy la hacen ganadora por la puerta trasera.

En cualquier caso, Von Baer tendrá que cargar con el destino de muchos políticos en diversos periodos de nuestra historia, que para bien o para mal, quedaron asociados simbólicamente con una idea, a veces positiva, a veces negativa; como Aylwin y su muñeca –la habilidad política-, como Insulza, el Panzer, –el peso político de la experiencia-, como Antonio Zamorano, el Cura de Catapilco – la tozudez del perdedor- o Ibáñez del Campo y su escoba –la lucha contra la corrupción-.

O  como Von Baer y la designación  – la fuerza de la cúpula en desprecio de la voluntad de los ciudadanos-.

Es discriminatorio, qué duda cabe. Nadie trato en su día despectivamente de designados, por ejemplo, a Boeninger –democratacristiano- o a Silva Cima –radical-.

Pero nada de injusto. La designada forma parte de quienes defienden, con uñas y dientes, el entramado institucional (sistema binominal, leyes con quórum reforzados y otras inventos) que diseñado en su día por Jaime Guzmán –su ideólogo- tenía por objeto hacer las voz de los ciudadanos irrelevante hasta la perfección.

Y vaya que lo lograron.

Tan irrelevante que una candidata derrotada en las urnas hoy pretende vestir de honorable como si nada.

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