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Labbé: nada que agradecer

por 24 noviembre 2011

Aceptar sin asombro que se rinda un homenaje a una persona cuyos delitos contra los derechos humanos han podido ser demostrados y acreditados no está dentro del conjunto de puntos donde podríamos estar de acuerdo en una sociedad democrática. Por eso, no se trata de un ejercicio de tolerancia al que piensa distinto.

Mi colega Max Colodro escribe una columna de opinión en La Segunda en la hace un agradecimiento público al alcalde de Providencia, Cristián Labbé, y a quienes participaron o apoyaron el homenaje que se realizó en esa comuna al ex brigadier Krassnoff. Su agradecimiento no es porque comparta sus visiones. Max, a quien conozco desde aquellos tiempos en que se le veía caminar distraído leyendo textos filosóficos, no podría estar más alejado en pensamiento que el alcalde y sus amigos. Al contrario, él agradece porque con este acto, dice Max, transparentan sus posiciones. En sus propias palabras les agradece porque lo hacen “sin eufemismos y a cara descubierta, para que un país con algunas tentaciones por la mala memoria pueda verlos de frente y comprobar por enésima vez qué piensan y qué sienten”.

Precisamente porque esta es la enésima vez que lo comprobamos es que discrepo profundamente del tono y del fondo de lo que plantea Max Colodro en su columna.

Primero. No necesitábamos este acto de homenaje para recuperar ninguna memoria perdida. El error en la reflexión de Colodro radica en pensar que si no fuera por estos actos en el futuro podríamos confundirnos y creer que los que en el pasado pensaban “A” ahora vieron la luz y piensan “Z”. Ese no es el problema: Labbé y sus amigos seguirán siendo como son y no hay ningún problema con eso. Que sigan pensando “A” y que aceptemos que sigan pensando “A” es parte del ejercicio de tolerancia. Ellos son libres de pensar lo que deseen. Pero la libertad de pensamiento no nos exime de las responsabilidades en el espacio público.

Aceptar sin asombro que se rinda un homenaje a una persona cuyos delitos contra los derechos humanos han podido ser demostrados y acreditados no está dentro del conjunto de puntos donde podríamos estar de acuerdo en una sociedad democrática. Por eso, no se trata de un ejercicio de tolerancia al que piensa distinto.

Y cuando el tema puesto sobre la mesa es el respeto de los derechos humanos estamos tocando un punto neurálgico de dicho espacio público. Allí no se puede permitir ambigüedades y se debe condenar lo sucedido. No hay espacios para agradecer a quien nos dice en la cara que no respeta las normas más básicas de convivencia democrática. Debe respetarlas y punto. La condena pública es el único camino posible. La señal debe ser una sola y clara: tienes derecho a pensar lo que quieras, pero tiene costos que lo hagas con publicidad.

Segundo. La presión sobre la UDI es inconducente. Max aprovecha el episodio para poner un poco de presión a quienes toleran dentro de sus filas partidarias a este pequeño grupo de personas que niegan las atrocidades cometidas durante la dictadura militar. Pero, nuevamente, ¿necesitábamos que los periodistas fueran a obtener declaraciones de personeros de la UDI para saber que rechazarían oficialmente el homenaje a Krassnoff? Creo que no. No lo requeríamos, a no ser que la ingenuidad se haya apoderado de nosotros. Lo único que se logra con estos hechos es que los que podrían sentirse incómodos digan “yo dije en su oportunidad que rechazaba el homenaje”. Listo. Fin de la discusión. Y para el futuro, el discurso de esos mismos personeros ya está escrito: “Labbé ha sido un gran gestor como alcalde y será la población la que decida su continuidad”.

Por eso discrepo. El espacio público debemos cuidarlo entre todos y tiene normas cívicas que debemos ir cristalizando. En su proceso de maduración, una sociedad democrática requiere fortalecer acuerdos sobre normas básicas de convivencia. Aceptar sin asombro que se rinda un homenaje a una persona cuyos delitos contra los derechos humanos han podido ser demostrados y acreditados no está dentro del conjunto de puntos donde podríamos estar de acuerdo en una sociedad democrática. Por eso, no se trata de un ejercicio de tolerancia al que piensa distinto. Esa libertad de pensar lo que nos plazca está garantizada. Aquí de lo que se trata es de un ejercicio de formación de valores de sana convivencia. Por eso no hay nada que agradecer. No aprendimos nada nuevo. No sacamos nada en limpio. La indignación pública ante un homenaje a un violador de los derechos humanos es la única reacción consistente con ideales democráticos.

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