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Los suertudos en la Enade

por 25 noviembre 2011

Los suertudos en la Enade
Suena crudo, pero ese último decil de altos ingresos que altera todos los promedios no se merece enteramente lo que tiene. Está donde está por una combinación de factores, casi todos vinculados al azar. Son los suertudos del sistema. En la parte baja de la tabla de ingresos, en cambio, están aquellos que tuvieron la mala fortuna de nacer en la pobreza. Ninguno de ellos eligió vivir en barrios azotados por la droga y marcados por la criminalidad.

Comenzaré despejando las cuestiones obvias: en Chile está mal pelado el chancho, la elite está asustada ante el cuestionamiento general del modelo económico y los empresarios que se reúnen a discutir el problema no incorporan miradas sustantivamente distintas para entender la complejidad del fenómeno; si es cierto que el power point de Hans Eben que publicó Reportajes del Mercurio hace unas semanas arrasa en los foros empresariales, no cabe abrigar muchas esperanzas respecto del éxito de esta tarea.

La Enade 2011 realizada ayer en CasaPiedra se preguntaba ¿Qué no estamos viendo? Mi impresión es que los pocos empresarios que están auténticamente convencidos de la necesidad de un esfuerzo redistributivo mayor están poniendo énfasis en un argumento importante pero no determinante: la paz social. Es decir, la idea de que un país más equitativo en la asignación de sus beneficios es una sociedad menos conflictiva socialmente. Por cierto, todos ganamos en ese escenario; a nadie le gusta vivir atemorizado detrás de monumentales dispositivos de seguridad. Pero la razón por la cual la desigualdad en Chile debe ser abordada con urgencia no se limita a tranquilizar a los sectores privilegiados en la certidumbre de sus derechos.

El problema, estimados empresarios, no está entonces en ceder a la reforma tributaria por meras cuestiones de paz social o inversión país. Ambas son razones legítimas pero no apuntan a la cuestión central: la desigualdad que es estructuralmente injusta.

Tampoco me parece que el argumento que apela a la inversión social sea el más relevante. Es cierto, como lo suele repetir hasta el Presidente Piñera, que un presente en el cual más personas tienen acceso a educación y oportunidades augura un futuro mejor para todos. Suena romántico, pero quizás el nuevo Einstein o el nuevo Mozart esté escondido y sin pulir en el pozo de la pobreza y la segregación. Más capital humano para Chile es más competencia, pero de la buena: la que nivela hacia arriba. Sin embargo, esta tampoco debiera ser la razón principal.

Lo que los empresarios no están viendo es el imperativo de justicia que nos obliga a emparejar la cancha. No estoy hablando de solidaridad ni de caridad, sino de justicia como principio normativo sobre el cual deberíamos construir la sociedad. Hoy la cuna determina el destino. Un niño que nace en Vitacura gozará de recompensas sociales inimaginables para un niño que nace en La Pintana. El problema no es la desigualdad, es problema es que se trata de una desigualdad injusta. El niño de Vitacura no posee mérito especial para tener la vida asegurada, y el niño de La Pintana no es culpable de las condiciones sociales en las cuales se desarrollará. Es una aberración sostener que “se parte de cero” después de haber sido criado en un contexto cultural privilegiado, haber recibido educación particular pagada que reproduce ese contexto y haber obtenido un título profesional en una universidad de primera categoría nacional, todo esto sin contar las redes y las relaciones interpersonales forjadas en el camino. Suena crudo, pero ese último decil de altos ingresos que altera todos los promedios no se merece enteramente lo que tiene. Está donde está por una combinación de factores, casi todos vinculados al azar. Son los suertudos del sistema. En la parte baja de la tabla de ingresos, en cambio, están aquellos que tuvieron la mala fortuna de nacer en la pobreza. Ninguno de ellos eligió vivir en barrios azotados por la droga y marcados por la criminalidad.

El problema, estimados empresarios, no está entonces en ceder a la reforma tributaria por meras cuestiones de paz social o inversión país. Ambas son razones legítimas pero no apuntan a la cuestión central: la desigualdad que es estructuralmente injusta. Por supuesto, ciertas arbitrariedades del destino son imposibles de eliminar –el talento genéticamente incorporado es uno de ellos- pero el rol de las instituciones políticas es tratar de mitigar el influjo de la fortuna en la distribución de los recursos disponibles. Por esto, alejándome de la prioridad que se le ha dado a la demanda universitaria, me parece esencial apostar todo en educación preescolar y escolar pública.

Muchos empresarios sostienen que una reforma tributaria desincentiva la inversión y amenaza el crecimiento. Es una aseveración discutible. No me hago cargo de sus debilidades porque me parece que el debate tiene una dimensión normativa previa que es precisamente la que los suertudos tienen problemas en reconocer, aquella injusticia que les cuesta tanto ver.

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