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Una escuelita en zona de sacrificio

por 25 noviembre 2011

Fabricar zonas de sacrificio industrial tiene evidentemente sus costos humanos, sociales, económicos y ambientales. El mercado que finamente desarrolla estas "zonas de sacrificio", no puede pasar impunemente por alto estos costos, algunos de ellos como la muerte y sufrimiento de inocentes, pobres más encima, son difíciles de evaluar.

Escandalosamente la supuesta nueva escuelita de La Greda de Ventanas que estaba en un lugar inadmisiblemente contaminado por agua aire y el suelo, se va a trasladar a un terreno a dos kilómetros de distancia, pero las autoridades encontraron que estaba aún más contaminado. Vale decir y reconocer que a kilómetros a la redonda ya no hay un suelo sano para una escuelita que mantenga sus niños sanos.

La maldad ya está hecha, los humanos hemos convertido buena parte del territorio de la comuna de Puchuncaví en un lugar peligroso para la salud humana, y el peligro no sólo está en las continuas contaminaciones aéreas anotadas en la prensa, sino que está arraigado al suelo y las aguas por décadas de contaminación industrial. Hay que reconocer que el territorio contaminado está habitacionalmente perdido para quienes quieran vivir e incluso criar niños allí sin exponerse a un cáncer u otra patología asociada a decenas de elementos y moléculas nocivas para la salud, que no debieran estar allí.

Limpiar ese territorio de los contaminantes acumulados será una labor titánica, tecnológica y cara y que consumirá muchos años del futuro, si algún día se decide limpiarlo. Mantener la población humana allí es un crimen consciente. Algún día Puchuncaví, volverá a ser el paraíso que fue por miles de años.

Fabricar zonas de sacrificio industrial tiene evidentemente sus costos humanos, sociales, económicos y ambientales. El mercado que finamente desarrolla estas "zonas de sacrificio", no puede pasar impunemente por alto estos costos, algunos de ellos como la muerte y sufrimiento de inocentes, pobres más encima, son difíciles de evaluar.

De acuerdo a la literatura la designación de “zona de sacrificio” apareció en los Estados Unidos en 1987, cuando el movimiento de justicia ambiental asoció a la concentración de los males ambientales del desarrollo a un proceso más general que produce desigualdades sociales, y raciales en dicho país (Rodrigo Núñez Viégas, 2007, PPGSA/IFCS/UFRJ, Brasil).

Hoy en día se habla de “zonas de sacrificio” en los países petroleros, mineros e industriales de América Latina. En Chile evidentemente tenemos varias de estas zonas, la mayor parte de ellas, irresponsablemente mal ubicadas y nunca nominadas como tales, como ocurre con los depósitos de plomo en varias ciudades del norte del país, la zona de Puchuncaví-Ventanas, Talcahuano, etc.

La legislación chilena reconoce recién zonas “saturadas” y “latentes”, pero atención, como dice la directora ejecutiva de Fundación Terram, Flavia Liberona, saturadas de contaminantes conocidos y en la norma, si el contaminante no está considerado en sus rangos peligrosos entonces no existe. Siendo alarmistas, la zona de Puchuncaví-Ventanas tiene territorios “destrozados” por la actividad industrial humana y por lo tanto, inaptos para la vivienda o actividades humanas sin protección. Se supone que las industrias locales entregan a sus funcionaros equipos de protección adecuados. Más de 130 casos de cáncer en trabajadores, presentados por una agrupación local indican que esto no ha ocurrido en verdad como debiera.

Estamos hablando aquí que Ventanas cumple con lo que se entiende como de “zona de sacrificio”, de algún modo los gobiernos, las planificaciones sectoriales, las industrias, las leyes y el sistema político, han permitido el desarrollo del territorio industrial mencionado. Plantas eléctricas, fundiciones, industrias químicas variadas y otras, han traído los muchos beneficios del desarrollo a los habitantes de la Republica. Pero los “maleficios” del mismo los han recibido fundamentalmente los primitivos habitantes, su producción agrícola, su pesca artesanal, su salud y finalmente sus vidas amenazadas.

Fabricar zonas de sacrificio industrial tiene evidentemente sus costos humanos, sociales, económicos y ambientales. El mercado que finamente desarrolla estas "zonas de sacrificio", no puede pasar impunemente por alto estos costos, algunos de ellos como la muerte y sufrimiento de inocentes, pobres más encima, son difíciles de evaluar.

Está ya muy claro que el mercado no tiene ética respecto del desarrollo, y por lo tanto resolver esto corresponde a una supervisión y regulación desde el Estado, la libertad para embarrarlas (Larousse: 2 AMÉR. Echar a perder una cosa que se estaba haciendo bien) a estos niveles, no es precisamente una libertad deseable.

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