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Voto voluntario y la visión conservadora

por 25 noviembre 2011

Las instituciones republicanas no se conservan por decreto, no funcionan con la amenaza de la espada, no son construcciones abstractas que requieren ser adoradas y protegidas como becerros de oro. Por el contrario, la crítica -y la abstención como un espacio de crítica- debieran fortalecer esas instituciones y de paso nuestra democracia.

En una columna reciente Daniel Mansuy ataca la inscripción automática y el voto voluntario desde una lógica republicana muy particular. Mansuy advierte que si un deber político -como el voto- queda entregado a la voluntad del individuo, la democracia sufriría un daño irreparable ya que esto significaría trasladar las libertades del mercado a la esfera de la política confundiendo así la condición de ciudadano con la de consumidor. Si la libertad en el mercado -nos dice- se equiparara con la libertad en la política, la distinción entre ir de compras o votar por el futuro presidente o presidenta se volvería opaca. Mansuy teme que esto pueda afectar seriamente la participación ciudadana y con ello las instituciones republicanas que él pretende defender.

La estrategia argumentativa de Mansuy puede ser persuasiva, sobre todo en las circunstancias actuales, en las que el gobierno de turno ha dejado en evidencia los riesgos de juntar mercado y política. Sin embargo, su argumento es extremadamente equívoco. El voto voluntario y la inscripción automática nada tienen que ver con llevar el mercado a la política. Suponer aquello es tratar a los ciudadanos como idiotas. Es asumir que no somos capaces de distinguir entre libertades económicas y libertades políticas; que no podemos hacer diferencias relevantes entre comprar un calcetín o votar por un diputado.

Las instituciones republicanas no se conservan por decreto, no funcionan con la amenaza de la espada, no son construcciones abstractas que requieren ser adoradas y protegidas como becerros de oro. Por el contrario, la crítica -y la abstención como un espacio de crítica- debieran fortalecer esas instituciones y de paso nuestra democracia.

La preocupación central del autor claramente no es la “mercantilización de la política”. Si lo fuera, no utilizaría el voto voluntario y la inscripción automática para referirse a ella. Hay muchísimos buenos ejemplos (basta mirar la composición del gobierno) para analizar el cruce entre mercado y política sin tener que forzar los argumentos hasta el límite de sus posibilidades.  La preocupación del autor es otra. Su temor es que el voto voluntario debilitaría la participación electoral y con ello restaría legitimidad a las instituciones republicanas.

Aquellos que se oponen a la inscripción automática y al voto voluntario en base al riesgo que esta podría generar en la participación, tienen una visión muy estrecha del concepto de participación que generalmente se asocia a visiones conservadoras de la sociedad. Para ellos la participación es relevante en la medida en que de legitimidad al sistema. Todo tipo de participación que no legitime las instituciones vigentes es mirada con profunda sospecha y muchas veces es calificada de subversiva. Es por ello que el voto es el único instrumento de participación política que reconocen como tal.

Sin embargo, hoy más que nunca, ha quedado demostrado que el voto dista de ser la única herramienta de participación política. Estudiantes, ambientalistas, minorías sexuales, entre muchos otros nos han enseñado que nuestras demandas y aspiraciones políticas encuentran hoy causes tan o más efectivos que el voto. La agenda política del año 2011 fue moldeada y diseñada por los movimientos sociales. Nuestros representantes políticos siguen tratando de entender la dimensión y fuerza de estos movimientos. Curiosamente, muchos de quienes han salido a las calles en uso abierto de sus derechos ciudadanos, no se encuentran inscritos en los registros electorales. El propio director del Servel declaró que pese a la efervescencia política de los últimos meses no ha habido un interés en inscribirse. El registro electoral sufre mayores modificaciones por el número de personas muertas al mes que por los nuevos inscritos.

Esta situación nos habla de cómo hoy un gran número de ciudadanos ha preferido encausar su participación política no por la vía institucional sino que por canales alternativos. Esta es una decisión consciente de gente políticamente comprometida que ha decidido no inscribirse como un mecanismo de protesta en contra de un sistema que no les da confianza. Tal como ellos, quienes no se inscriben por abulia, rebeldía, flojera o indiferencia, también dicen  algo muy importante sobre la relevancia de nuestras instituciones. Algo que nuestros políticos están obligados a escuchar. Con el voto voluntario y la inscripción automática, este grupo de personas, en su silencio, se constituirá en una voz relevante en el escenario político. En efecto, en el nuevo sistema los niveles de abstención no quedarán en el olvido como sucede hoy con los no inscritos. Por el contrario, pasarán a ser un número que acompañará durante su mandato al presidente, al parlamento y a las demás autoridades elegidas democráticamente. Será como una mochila que indicará el verdadero peso de su poder.

No es raro entonces que un sudor frío invada las mentes conservadoras cuando escuchan hablar sobre inscripción automática y voto voluntario. Pero los conservadores, al menos aquellos que se dicen republicanos, no debieran preocuparse. Las instituciones republicanas no se conservan por decreto, no funcionan con la amenaza de la espada, no son construcciones abstractas que requieren ser adoradas y protegidas como becerros de oro. Por el contrario, la crítica -y la abstención como un espacio de crítica- debieran fortalecer esas instituciones y de paso nuestra democracia.

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