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Yo estuve allí: no hubo empate

por 25 noviembre 2011

Yo estuve allí: no hubo empate
Es grave que parezca objetivo informar del mismo modo cuando se lanza un huevo, una bomba de pintura o un insulto, que cuando se reprime con brutalidad, se dispara una bomba lacrimógena al estómago de una mujer que se encuentra a cinco metros o se descargan gases contra una multitud que no sabe hacia dónde arrancar para poder respirar. Allí no hay empate. Hay un grupo de ciudadanos enojados sin ningún tipo de armas y una policía que parece desquiciada, intentando cumplir la orden de proteger a quienes celebran a un criminal.

¡Hasta cuándo intentamos hacer de todo un empate!

Frente al homenaje a Miguel Krassnoff Marchenko, algunos incluso se dieron el lujo de hablar del odio de los dos bandos que estalló en el Club Providencia. Afuera –según los describió un columnista- los que tienen “feroces resentimientos”; adentro, los que sufren “feroces nostalgias y arrogancias”.

En la mayoría de los noticieros de televisión, también se aplicó la maldita tesis del empate que, desde mediados de los 90, se identifica como objetividad.

Soy periodista. Sé que todos somos subjetivos (condición propia e inevitable del ser humano) y, por eso, en mi trabajo hago todos los esfuerzos posibles por ser imparcial y rigurosa. Sé también que no hay objetividad, ni imparcialidad, ni menos rigurosidad, cuando se intenta empatar a los violadores de derechos humanos con sus víctimas. Desgraciadamente, esto fue lo que hicieron muchos medios de comunicación durante la protesta contra quienes decidieron homenajear a Krassnoff.

Es hora de terminar con la tesis del empate y llamar las cosas por su nombre. No es lo mismo informar con imparcialidad sobre la indignación frente a un homenaje inmoral que publicar fotos engañosas y titular con “batallas campales” y “disturbios”.

No hubo tal empate. Hasta el interior del Club Providencia llegó un grupo cerrado de pinochetistas que recordaron viejas expresiones como “matar a la perra”, “humanoides”, “bien matados”, “terroristas-asesinos”. En las afueras se reunió un grupo diverso de hombres y mujeres, muchos de los cuales jamás se habían visto. Eran integrantes de las agrupaciones de derechos humanos -víctimas directas de la dictadura y personas que arriesgaron la vida en esas organizaciones- y chilenos de distintas edades indignados con ese acto vergonzoso. Había vecinos –unos en bicicleta, otros con niños- que observaban curiosos cómo su barrio podía ser escenario de una manifestación ciudadana. Muchos de ellos se sumaron a la protesta cuando vieron que –sin mediar provocación- se les venía encima un carro lanza agua o debieron correr para escapar de los gases lacrimógenos. En una de las calles laterales, un vecino sacó su 4x4 para cruzarlo frente al carro policial y evitar así esa represión desproporcionada y sin sentido. “¡Idolóó! ¡Idolóó!”, le gritaban, ahogados y lagrimeando, quienes se refugiaron en su calle e intentaban no perder la calma ni el humor, animados por un joven que tocaba el bombo. Un ritmo que indicaba que, a pesar de los que estaban dentro del Club, Chile vive otra etapa, donde se puede cantar, bailar y protestar sin sentir miedo.

Es peligrosa la maldita tesis del empate que ignora estos hechos. Nos puede hacer creer que hay dos bandos, nos puede hacer sentir el miedo de la dictadura. Es grave que parezca objetivo informar del mismo modo cuando se lanza un huevo, una bomba de pintura o un insulto, que cuando se reprime con brutalidad, se dispara una bomba lacrimógena al estómago de una mujer que se encuentra a cinco metros o se descargan gases contra una multitud que no sabe hacia dónde arrancar para poder respirar. Allí no hay empate. Hay un grupo de ciudadanos enojados sin ningún tipo de armas (los destrozos fueron provocados por los carros de carabineros y por unos pocos que recogieron piedras en el mismo lugar) y una policía que parece desquiciada, intentando cumplir la orden de proteger a quienes celebran a un criminal.

¿Qué pensarán esos carabineros que se supone trabajan para combatir el delito? ¿Algunos se cuestionarán ese mundo al revés que los lleva a proteger a quienes aplauden al delincuente? No tengo respuesta a estas preguntas. Pero pude sentir el miedo de aquellos carabineros que son usados como carne de cañón para encarar a quienes protestan. Un puñado de uniformados que rápidamente se encuentran aislados en medio de la gente, donde reciben insultos y golpes de pies y manos, mientras la mayoría intenta ayudarlos para que puedan librarse incólumes de esa acción temeraria que alguien les impuso (imagino que a ese nivel no hay iniciativa propia).

No hay empate. Hay un acto vil que ofende a miles de familias que sufrieron los peores horrores de la dictadura: desapariciones, fusilamientos, torturas. Un acto infame que desprestigia a nuestro país. Un acto de extrema violencia que debilita nuestra convivencia democrática.

Por suerte también hay actos nobles como el de aquel vecino que usó su auto para proteger a quienes no conocía sin importarle las consecuencias. Y actos conmovedores, de envidiable dignidad, como el testimonio del Dr. Patricio Bustos, director del Servicio Médico Legal, revelando con serenidad –sin odio- las torturas que sufrió al ser detenido por Krassnoff Marchenko, el militar que usaba su propio nombre cuando se aplicaba corriente y otros tormentos.

No hay empate posible. Los torturadores son criminales que deben ser juzgados, encarcelados y repudiados. Las víctimas son personas que merecen respeto, consuelo y desagravio de parte de la ciudadanía y de todo gobierno democrático, sin importar de qué signo político sean sus ideas y sus electores.

La invitación a este homenaje terrorífico del alcalde Cristián Labbé no puede empatarse con ciclovías y hermosos jardines. Eso es una perversión.

Es hora de terminar con la tesis del empate y llamar las cosas por su nombre. No es lo mismo informar con imparcialidad sobre la indignación frente a un homenaje inmoral que publicar fotos engañosas y titular con “batallas campales” y “disturbios”.

No es lo mismo seguir justificando a Pinochet y la DINA que llorando a los muertos.

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