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Homenaje a Krassnoff: los abusos de la Memoria

por 29 noviembre 2011

Lo que resulta preocupante es que a veinte años de recuperada la democracia, la sociedad chilena, a través de autoridades públicas y los medios de comunicación, admitan que se puedan realizar prácticas de conmemoración y homenajes a los victimarios, que no pretenden otra cosa que reinterpretar la historia represiva convirtiendo a los perpetradores de violaciones a los derechos humanos en víctimas o héroes.

La ocurrencia de realizar un homenaje público al brigadier Miguel Krassnoff, condenado a 144 años de cárcel por la ejecución de 60 asesinatos de prisioneros políticos de la dictadura, entre otras aberraciones, y la consecuente “funa” del homenaje realizada por agrupaciones de derechos humanos y víctimas de la tortura, ha dado origen a diversos comentarios, entre los cuales el de Patricia Politzer que cuestionó el criterio con que los medios de comunicación cubrieron el hecho, tomando una prudente equidistancia entre ambas manifestaciones y, en definitiva, como lo destaca en su artículo, empatándolos ética y moralmente en la ya tan manida versión de “disturbios”.

Me interesa destacar otro aspecto relacionado con este hecho y que dice relación con lo que diversos autores (Todorov, Cohen, Etxeberría) califican como un abuso de memoria, es decir, una vía para negar la existencia de las víctimas del terrorismo, ya sea éste de Estado como en nuestro caso, o de otro tipo.

Efectivamente, tras la organización del homenaje a Krassnoff  hay un esfuerzo de pasar desde una negación literal de las violaciones a los derechos humanos (que fue lo que caracterizó el discurso de la dictadura y la prensa oficial hasta bien avanzada la transición) hacia una negación interpretativa de los hechos por los cuales éste y algunos otros de sus compañeros de armas han sido condenados.

Lo que resulta preocupante es que a veinte años de recuperada la democracia, la sociedad chilena, a través de autoridades públicas y los medios de comunicación, admitan que se puedan realizar prácticas de conmemoración y homenajes a los victimarios, que no pretenden otra cosa que reinterpretar la historia represiva convirtiendo a los perpetradores de violaciones a los derechos humanos en víctimas o héroes.

De lo que se trata –al respecto el título del opúsculo que se presentó es indicativo: “Prisionero por servir a Chile”- es de argumentar justificando los hechos como necesarios para servir una causa mayor, en este caso, la patria. Las víctimas de la acción represiva no serían tales ya que no habría victimarios, sino soldados de una causa justa y las personas asesinadas o torturadas serían simplemente enemigos. Pueden llegar incluso a reconocer que hubo víctimas inocentes o “excesos de los organismos de seguridad”, pero ello se justifica como un costo probablemente inevitable en medio de un conflicto que no admitía vacilaciones.

Este es un tipo de discurso típico de las organizaciones terroristas y de los regímenes que usan el terrorismo de Estado para acallar a la población. En ello no hay nada de original. Unos lo utilizan para justificar la acción de los represores, otros para disculpar su silencio. Sin embargo, lo que resulta preocupante es que a veinte años de recuperada la democracia, la sociedad chilena, a través de autoridades públicas y los medios de comunicación, admitan que se puedan realizar prácticas de conmemoración y homenajes a los victimarios, que no pretenden otra cosa que reinterpretar la historia represiva convirtiendo a los perpetradores de violaciones a los derechos humanos en víctimas o héroes. Y lo que resulta francamente indignante –como lo hizo ver Patricia Politzer- es que la prensa presente en un plano de igualdad moral a victimarios y víctimas.

En este y otros casos similares, la sociedad chilena debería no sólo condenar de manera contundente estos intentos de negacionismo, sino también protegerse de los mismos prohibiéndolos de manera contundente, como de hecho lo hacen muchas naciones democráticas europeas en relación al nazismo o al terrorismo. Ello pondría al poder político democrático no en un plano de cínica equidistancia sino en un firme compromiso con los derechos humanos y la memoria justa de las víctimas, lo que no es una opción, sino un deber.

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