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La decadencia del voto libre

por 29 noviembre 2011

La decadencia del voto libre
Los democratacristianos chilenos han sido históricamente partidarios del voto obligatorio, y en su caso se entiende porque ellos creen de verdad en el matrimonio obligatorio, la misa obligatoria, el colegio de curas obligatorio, el cielo obligatorio y la casita pareada obligatoria salvo los domingos que se almuerza con los suegros en régimen de sufrimiento obligatorio.

Sostener que el voto debe ser obligatorio significa, en rigor, no creer mucho en el voto. El voto, que viene del latín votum, se refiere al hecho de prometer algo, del mismo modo que los votos religiosos: “dulce patria, recibe los votos...”. Voluntariamente, alguien promete su adhesión a otra persona, de la que se convierte en devoto. El votante es, pues, un partidario de alguien o de algo, que manifiesta públicamente su adhesión.

Es decir, que en el origen del voto está la libertad ¿Cómo se puede ser devoto de algo por obligación? Libremente digo que me gusta tal persona o tal cosa y le doy mi preferencia. Si no tengo ninguna preferencia, entonces lo lógico y decente es no ir a votar. No se entiende que esta opción se castigue legalmente.

En Chile y otros países latinoamericanos hay muchos políticos que creen que el voto tiene que ser obligatorio, mierda, porque de otro modo las clases populares no ejercerán su derecho al estar escasamente interesadas en un sistema que los posterga infinitamente ganen unos u otros. El remedio, según ellos, no es implementar un sistema atractivo, sino tratar a la gente como ganado y obligarlos a elegir una de dos o tres listas, ninguna de las cuales provoca devoción.

Alegamos mucho cuando algo nos parece antidemocrático, pero nadie está dispuesto a colaborar para que la democracia sea posible. Somos como clientes, o sea que no consideramos la vida cívica como una construcción conjunta de todos, sino como un producto que alguien –no sabemos bien quién ni nos importa– nos brinda para que lo consumamos.

Los democratacristianos chilenos han sido históricamente partidarios del voto obligatorio, y en su caso se entiende porque ellos creen de verdad en el matrimonio obligatorio, la misa obligatoria, el colegio de curas obligatorio, el cielo obligatorio y la casita pareada obligatoria salvo los domingos que se almuerza con los suegros en régimen de sufrimiento obligatorio. Se trata de un partido de centro escindido del viejo tronco conservador, que de manera condescendiente y caritativo procura que las injusticias no sean tan graves y los derechos no estén sólo en manos de unos pocos, aunque la idea es que todo siga siempre un poco injusto y con privilegios, pero más suave.

Pero no sólo los democratacristianos desconfían de la libertad y del voto. Pareciera hoy que nadie está demasiado a favor del voto libre. Las devociones por los otros, quienes sean, han disminuido mucho.

La derecha cree firmemente que votar es una tontería, y de ahí su ferviente desprestigio de todo lo político: poner las decisiones de los asuntos colectivos en manos de la masa, del pueblo, les ha parecido siempre aberrante. Es mejor para ellos tomar las decisiones entre unas pocas familias de toda la vida y también empresas, sobre todo las grandes, que siempre han pensado mejor que las personas. Por eso es que mientras más enredado sea votar y menos listas de candidatos haya, mejor. El sistema binominal chileno les encanta porque las cosas se deciden en unos oscuros comités que eligen a los candidatos únicos o semiúnicos. El voto obligatorio, además, une la idea de libertad propia del voto con la idea de castigo. Con un sistema así mucha gente prefiere no votar y disminuye mucho el número de inscritos.

El pensamiento de izquierda, por su parte, tiene una larga tradición de asco por la democracia, a la que considera burguesa, o sea un truco más de dominación de los ricos sobre los pobres. Hay una izquierda combatiente que apuesta más bien  por los manifestantes, los revolucionarios, porque son siempre menos y más concientizados que un padrón electoral en que cualquiera puede votar. Cuando llegan al poder, a menudo los izquierdistas prefieren terminar con la democracia porque no puede ser que los ideales revolucionarios queden en manos de la gente común y corriente, siempre muy sensible a la propaganda del capitalismo, la oligarquía y los curas, aparte de que toda revolución está siempre amenazada por sus enemigos ante los cuales hay que estar alertas. Así es que lo mejor es para ellos un partido único, o sea que la gente pueda elegir entre un candidato y nada más, leer un solo diario, etc.

Sospechamos, además, casi todos hoy en día, de toda persona que resulte elegida para desempeñar un cargo mediante una votación, ya que suponemos que se dejará corromper por el poder, y que además empezará a defender no los intereses de aquellos que le dieron el voto, sino unos intereses personales, alejados del pueblo. Es la oleada anarquista que nos tienta. Anarquismo cívico que se complementa muy bien, curiosamente, con el neoliberalismo, concepción que pretende debilitar y disminuir lo más posible la zona ciudadana de la sociedad. El anarquismo ideológico se hace carne en la anarquía neoliberal actual de las ciudades, de los sistemas previsionales, del mercado de trabajo, de la salud, de la educación, de los movimientos financieros. Los neoliberales creen que, siguiendo el hilo de los negocios, de la compraventa generalizada de todo lo humano, se impondrá un orden natural en la vida colectiva. Los ciudadanos convertidos en consumidores saben que más que la papeleta electoral lo que cuenta es la tarjeta de crédito.

Puestas así las cosas, resulta difícil en nuestros tiempos defender algo tan resistido y modesto como el voto y sostener que las elecciones le hacen bien a la sociedad. La democracia republicana se ha vuelto vintage.

Nadie parece estar muy interesado en que las personas se expresen libremente y voten por quien les parezca cuando crean que está bien hacerlo. La parafernalia de partidos políticos, grupos parlamentarios, mociones, proyectos de ley y demás sutilezas carecen realmente de glamour, no son ya ni algo atractivo ni para la izquierda ni para la derecha ni para el centro ni para los periféricos.

Alegamos mucho cuando algo nos parece antidemocrático, pero nadie está dispuesto a colaborar para que la democracia sea posible. Somos como clientes, o sea que no consideramos la vida cívica como una construcción conjunta de todos, sino como un producto que alguien –no sabemos bien quién ni nos importa– nos brinda para que lo consumamos.

Uno, que cree en la democracia y en las elecciones como acto soberano del pueblo, como contrato social, sospecha que vivimos tiempos oscuros para la vida republicana.

Pero pese a ello, pese a la decadencia del voto libre, seguramente que se renovarán en el mundo, globalmente, las hoy anquilosadas prácticas parlamentarias y eleccionarias, se incorporarán modernidades de internet o de las redes sociales para que la gente pueda opinar sobre los asuntos públicos, se aireará el aire viciado de los partidos políticos, y los representantes populares o lo que sea que haya abandonarán el lenguaje producido y mentiroso que manejan hoy. La república seguirá existiendo aunque quizá en formatos digitales, globales, en nuevos modos de abordar lo público.

Los demás son el infierno, decía Sartre, pero también es cierto que sin ellos no podemos existir de manera decente. La vida, finalmente, es una empresa común, no un producto, ni una fatalidad, tampoco un bien de consumo. Ojalá que se vuelva a prestigiar el voto libre y que todos seamos felices.

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