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Los llantos de la elite: todo tiempo pasado fue mejor

por 29 noviembre 2011

Los llantos de la elite: todo tiempo pasado fue mejor
No son pocos los empresarios que dicen, en reuniones cada vez menos privadas, que lo “ideal” sería que volviese a gobernar la Concertación y que la derecha tuviera una fuerza suficiente en el Congreso que le sirviera para contener los entusiasmos reformistas. En suma, emerge una cierta añoranza a la lógica de administración del poder y la influencia que dio forma a la transición.

Nuestra elite no está preparada para afrontar la incertidumbre. Perpleja ante los cambios; la inquieta agenda de los medios; la horizontalidad de la comunicación a través de las redes sociales y perentoriedad de las demandas sociales. La clase política, el empresariado y buena parte de la academia tienden a mirar con añoranza la hora feliz que se fue junto con el siglo precedente.

Ya sea por mera nostalgia o como una respuesta automática ante la incertidumbre frente a los tiempos que corren, los actores de primera línea parecen encontrar en los rincones empolvados del baúl de los recuerdos el único refugio seguro para capear el temporal. En la agenda pública, en los temas de conversación, en los temores, en el lenguaje, en los partidos y las posiciones, se respira un aire inconfundiblemente setentero y todo parece remitir a los orígenes.

Por un lado emergen foros republicanos, se homenajea a héroes del horror y se traban conflictos entre una derecha hacendada, campechana, conservadora y confesional con una menos integrista y algo menos retrógrada. Al otro lado, campean las “funas”, mitines y concentraciones; los partidos vuelven a disputar presencia en las federaciones de estudiantes y la política se atrinchera en panfletos y consignas.

Esta es la crisis de una elite que se queda hoy sin herramientas para recibir en buena forma el mundo que nos rodea. En el plano mundial, los lastres de la globalización económico-financiera intentan ser contenidos por la vía de nacionalismos políticos e institucionales, mientras que en lo local, la explosión de la diversidad de unas capas medias que demandan atención aquí y ahora son resueltas con la polarización política y la refriega de viejas identidades aún presentes en los corazones de las clases dirigentes.

Como ocurría en los setenta, una parte del socialismo se va hacia la izquierda para mirar desde ahí a un Partido Comunista que vuelve a soñar y trabajar por una alianza mesocrática-popular que le permita aprovechar la bendita hora de la “agudización de las contradicciones” para “generar las condiciones objetivas para la transformación del modelo”.

Ante esto, no son pocos los empresarios que dicen, en reuniones cada vez menos privadas, que lo “ideal” sería que volviese a gobernar la Concertación y que la derecha tuviera una fuerza suficiente en el Congreso que le sirviera para contener los entusiasmos reformistas. En suma, emerge una cierta añoranza a la lógica de administración del poder y la influencia que dio forma a la transición aún cuando la realidad que lo hizo posible ya no exista sino en los libros de historia, los documentales y una que otra serie de época.

Paradojalmente, la promesa de campaña de Sebastián Piñera en orden a despertar a Chile de una “larga siesta” parece haberse materializado al ascender él y su sector al poder, pero lo ha hecho en un área sin duda distinta a la que se refería en la sentencia proselitista. Ante tanto movimiento, analistas de diverso cuño se suman a la tendencia y explican lo que sucede mirando lo que fue y sugieren que en el pasado estarían las respuestas para enfrentar el presente.

Sin duda que esta es la crisis de una elite que se queda hoy sin herramientas para recibir en buena forma el mundo que nos rodea. En el plano mundial, los lastres de la globalización económico-financiera intentan ser contenidos por la vía de nacionalismos políticos e institucionales, mientras que en lo local, la explosión de la diversidad de unas capas medias que demandan atención aquí y ahora son resueltas con la polarización política y la refriega de viejas identidades aún presentes en los corazones de las clases dirigentes.

Sería sencillo que, por tratarse de fenómenos que ya han ocurrido en otro tiempo, la respuesta ante ellos fuera simplemente poner marcha atrás y volver al pasado esplendor de esta siesta de la que nos estamos sacudiendo. Lamentablemente, aún cuando parece no haber nacido lo que tiene que nacer ni haber muerto del todo lo que tiene que morir, la forma de lo que viene tendrá necesariamente una nueva geometría.

Como las empresas exitosas a todo nivel, la política debe asumir la tarea de la innovación permanente para mantener la vigencia que necesita si aspira a ser el espacio en el que se construyan los nuevos acuerdos de sociedad. Los políticos no deben perder de vista que, en materia de comportamientos electorales, los ciudadanos vienen premiando la novedad con el mismo fervor con que los consumidores esperan, haciendo fila, el último chiche tecnológico.

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