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La falacia de la unidad cuando se difiere en lo esencial

por 1 diciembre 2011

Separar la paja del trigo de nuestras convicciones no es un ejercicio fácil. Requiere trabajo y reflexión, pero también educación, formación. La misma que se extirpó de las mallas de las escuelas. Conciencia cívica no mercantil. Responsabilidad ciudadana no individualista.

Hoy quería hablar de unidad.

De la que como habitantes de este variopinto y hermoso territorio, de historia y cultura común, enarbolamos cada vez que las diferencias comienzan a nublar nuestro horizonte.

Esa unidad que se conjura, como sortilegio espanta males, cuando invocamos lo propio, lo que sentimos es nuestra identidad.  Ésa que nos reúne en torno a olores, imágenes, acentos de este territorio, de este hogar donde, mal que mal, nos sentimos en casa.  Ésa que cuando estamos ausentes nos hace pensar en Chile y no en Argentina, Estados Unidos ni Turquía.   La que se arma con pixeles de realidad que, al igual que en esos cuadros distinguibles sólo desde la lejanía, son expresión de nuestra nacionalidad.

Pero para hablar de unidad es preciso primero separar lo esencial de lo accesorio. ¿Cuáles son esos valores intrínsecos al ser nacional sobre los cuales tenemos consenso general?  ¿Cuáles son los que no estamos dispuestos a mutar, a transar porque en tal empresa se nos iría el hálito de comunidad?

Una vez tuve un candidato. Y mi candidato decía y hacía cosas con las cuales yo no concordaba. De cuando en cuando profería obscenidades. De vez en vez consultaba a las congregaciones religiosas su postura sobre tal o cual materia que normaría a la civilidad. Y aún así, a pesar de todo, seguía siendo mi candidato.

Alguien en alguna ocasión me espetó: “¿Cómo puedes votar por él si no estás de acuerdo con lo que hace?”. “Sencillo” dije sin trastabillar. “Parto de un principio. La única persona que podría representarme en un 100 % sólo soy yo, pero si espero tal deberé infinitamente abstenerme, votar en blanco o anular” aclaré. “Para salir de tal antidemocrática disyuntiva, separo claramente los temas que me son caros, fundamentales, intransables de los anecdóticos, coyunturales. Quien me represente no debe defraudarme en los primeros, pero tiene libertad de acción para los segundos”.

Separar la paja del trigo de nuestras convicciones no es un ejercicio fácil. Requiere trabajo y reflexión, pero también educación, formación. La misma que se extirpó de las mallas de las escuelas. Conciencia cívica no mercantil. Responsabilidad ciudadana no individualista.

Con la tan manida unidad ocurre similar.

Es preciso definir claramente sobre qué temas realmente podemos sentirnos identificados como nación. Pero los esenciales, los que no pueden faltar. Que no evoquen sólo olor a mote con huesillo, solidaridad teletoniana o volantín primaveral. Elementos con los cuales nos identificamos, por cierto, pero que aluden sólo a una material chilenidad y no a lo que es posible llamar el alma nacional. Porque el alma de un pueblo es más que un paño tricolor y debiera ser más fuerte que una melodiosa canción.

Todo esto pensé el día que Krassnov apareció en el horizonte. Y el homenaje, y Labbé, y la funa, y las declaraciones de todo tipo. Y los amores y los odios.

He aquí un tema esencial, fundamental, sobre el cual, definitivamente y aunque extrañe al conocer el camino recorrido en conciencia global en derechos humanos, en Chile no tenemos unidad.

Unos celebran el homenaje a un torturador condenado a 144 años de cárcel y le califican de “prisionero por servir a Chile”, y se apresuran a recordar los 96 años que el pasado 25 de noviembre habría cumplido Augusto Pinochet.

Otros, víctimas, observadores concientes o simples ciudadanos indignados ante tal muestra de indolencia y desparpajo, dan rienda suelta a su indignación.

Unos y otros son chilenos. Unos y otros dicen amar este país. Unos y otros, también, son parte de nuestro Chile profundo. Y unos y otros, muchas veces, en múltiples momentos, son convocados a la unidad nacional. ¿Unidad ante tal abismo que los separa? ¿Que nos separa en lo fundamental? ¿Es posible llegar a consenso con lo que no se puede negociar?

En estos casos, el llamado viene con trampa. La del francés que pide al alemán dejar sus estúpidas diferencias de lado y formar un solo y gran país. “Que se llame Francia” le dice como al pasar, esperando que sin darse cuenta el otro caiga en su tramposo plan camuflado de honestidad.

Mientras algunos quieran que nos reunamos en lo accesorio y no asumamos que aún nos separan posiciones sobre lo fundamental, difícil será avanzar en la unidad.

Y por cierto, quien diga que las violaciones a los derechos humanos son un tema del pasado, político o sencillamente algo que hay que olvidar, no crea que está en el medio.  Porque simplemente hay ocasiones en las que no se puede ser neutral.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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