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Berlusconi y la caída del imperio de la videocracia

por 2 diciembre 2011

La televisión de masas, la banalidad y el control editorial de los medios escritos fueron su mejor instrumento de propaganda. Logró perfeccionar como ningún otro el don de la ominipresencia y la despolitización. Tan cercano al Duce megalómano como abusivo en su posición dominante en el mercado de valores. Al Cavaliere nunca le importó la ideología o la ética pública, sino la popularidad.

La dimisión de Silvio Berlusconi el pasado 12 de noviembre es la mayor derrota que se haya provocado a la derecha italiana de la posguerra. Fin del paradigma de la derecha popular del Bel Paese. Fin de la era Berlusconi y sus cuatro gobiernos. El problema, es que hoy no existe una alternativa política a la conducción de la crisis: no hay recambio y menos reemplazo en las filas neoliberales. Tampoco en la izquierda y el centro es una minoría que se aleja cada vez más de la derecha, pero que defendía, hasta hace poco, la tecnocracia.

Seamos claros: su renuncia no fue provocada por la vía democrática interna, liderada por una oposición sólida y confiable para la ciudadanía. Muy alejado de ello: fue la diplomacia de las finanzas internacionales y el mercado. Si bien se han cuidado los procedimientos constitucionales y miles de italianos salieron esa noche a celebrar a las calles, lo que prevaleció fue la amenaza —que la gestión del Premier— entrañaría para la estabilidad de su balanza de pagos.

Quizás no haya imagen más clarificadora que el Goyesco “Saturno devorando a su hijo”. Ese es el trance de la derecha popular y la derecha de imagen chic, altamente industrializada y cuyo Made in Italy es su padre y objeto de arte. Si antes fue Grecia, en este momento la presa es Italia. No hay modo de arremeter contra las presiones de Merkozy (Merkel y Sarkozy) unidos como el nuevo eje de control de la governance económica de la zona euro.

La televisión de masas, la banalidad y el control editorial de los medios escritos fueron su mejor instrumento de propaganda. Logró perfeccionar como ningún otro el don de la ominipresencia y la despolitización. Tan cercano al Duce megalómano como abusivo en su posición dominante en el mercado de valores. Al Cavaliere nunca le importó la ideología o la ética pública, sino la popularidad.

Fueron ellos —antiguos aliados de Il Cavaliere— quienes prodigaron en la prensa internacional el discurso de la debacle italiana. Son ellos quienes desean cambiar la derecha popular por la tecnocracia. Ahora que Mario Monti ha asumido el cargo de Premier y Mario Draghi está en la presidencia del Banco Central Europeo, se espera que la tecnocracia italiana salve las carencias de la Comunidad Europea. Aunque nunca ha existido voluntad de una política fiscal y macroeconómica comunitaria. Es más, Italia es la tercera economía del continente más industrializada y su banca privada es una de las menos concentradas. El empleo es inestable, pero no precario. Su deuda soberana es alta: 1,9 billones de euros, sin embargo su déficit no es más riesgoso que el de Francia, donde por lo demás, nacieron los indignados después de la reforma de pensiones, la expulsión de inmigrantes gitanos y la negativa a una reforma educacional primaria.

Aquel 12 de noviembre, en la Cámara de Diputados, Berlusconi sólo obtuvo 308 votos frente a una fuerza de 321 votos integrada por opositores y traidores quienes decidieron no ejercer su derecho a voto. Aunque aprobaban su gestión del 2010 y parte del 2011, la maxienmienda presupuestaria no la ejecutaría su gobierno. Según la OCDE Italia ha sido en esta década una de las economías que más ha ralentizado su crecimiento a niveles de Zimbabue y Haití.

Entonces, resulta paradójico, que Berlusconi hace poco más de un mes, haya ganado por mayoría una moción de fiducia ante su propio parlamento. Eso le permitió llevar una propuesta de salvataje económico a la Cumbre del G20. Allí, en Cannes, Merkozy y Christine Lagarde anunciaron la “intervención preventiva” del país, pues se acercaba peligrosamente a una segunda Grecia. Fue tal el dominio ejercido desde el extranjero, que la Ley de Presupuesto del 2012 debía contraer el gasto público, rebajar la edad para pensionarse, liberar mercados relevantes y mejorar la competitividad. Además debía implementar una reforma tributaria e institucional en materia de justicia civil y administrativa. Todas medidas que regirían antes de finalizar el año. Si no se aprobaba el presupuesto con esos recortes y por amplia mayoría, él renunciaría. Aunque muchos afirman que su dimisión era una crónica anunciada telediario tras telediario. El hastío provenía de todos.
Durante casi tres décadas Silvio Berlusconi construyó su imperio desde Investmedia y levantó sobre Italia —en el último decenio— un sistema de gobierno único: la Videocracia. Lo adelantó el politólogo Giovanni Sartori hace cinco lustros en su Homus Videns. Después lo retrató Eric Gandini en el documental llamado Videocracy, el cual fue censurado incluso por la RAI, convirtiéndose en obra de culto. La televisión de masas, la banalidad y el control editorial de los medios escritos fueron su mejor instrumento de propaganda. Logró perfeccionar como ningún otro el don de la ominipresencia y la despolitización. Tan cercano al Duce megalómano como abusivo en su posición dominante en el mercado de valores. Al Cavaliere nunca le importó la ideología o la ética pública, sino la popularidad.

Recordemos que, si en su juventud compartió las filas del socialismo junto a Bettino Craxi, (el Primer Ministro socialista más recordado del último medio siglo) no fueron menores —al mismo tiempo— sus esfuerzos por integrar P2 y la masonería más extrema. “Eran tiempos convulsos”, ha dicho. Las Brigadas Rojas y el doloroso secuestro de Aldo Moro en 1978, marcaron la suerte de la política italiana. La nueva era de finanzas, mafia y cohecho comenzaba. Su consolidación en los 90’ como multimillonario Forbes y esmerado exponente de la derecha popular se produce de la mano de su partido Forza Italia y, luego, el Pueblo de la Libertad. Partidos tan instrumentales como liberales y populares, sus militantes son la clase trabajadora, las velinas (modelos y bailarinas de TV) y “todos los que no tienen voz”, aunque sus vidas transcurran entre Milán y Montecarlo.

El negocio del siglo fue su arribo al Palacio Chigi. Mientras la política tradicional de tres polos se desmembraba, la figura del cambio fue el carissimo Silvio. Era el inversor y emprendedor trabajólico que creía en la eficiencia 24/7. En efecto, el proceso judicial anticorrupción de Manos Limpias (mani pulite) comenzado en 1993 y terminado 13 años después, convirtió a próceres como Giulio Andreotti, Il Divo, y al mismo Bettino Craxi en figuras casi deleznables. Por eso, al presente, resulta irrisorio el marketing político de aquella época que lo proclamaba “el caballero, el nuevo hombre del partido del amor”. Incluso, en la campaña del 2001 sus fotografías como el Presidente Obrero y el Presidente amigo de la Iglesia hasta hoy son recordadas. En ellas sonriente, vestido de modo sencillo, con casco de seguridad y martillo en mano, prometía una nueva Italia más justa y más próspera.

Ya no podrá culpar a los comunistas, a la Iglesia o a los envidiosos. Mucho menos a la imprevisión de leyes como la Alfano que le otorgaban una super inmunidad procesal, pero que no le resultan aplicables. Su futuro como un diputado más estará marcado por la suerte de los tres juicios y dos investigaciones que se llevan en su contra. Tal vez, vengan otras más. Ya sea como autor, instigador o cómplice de delitos como inducción a la prostitución, negociaciones incompatibles y uso ilegítimo de información privilegiada, él comenzará a visitar las salas de los tribunales. Los Barones —su grupo parlamentario más cercano y poderoso— han comenzado a prescindir de él. Sólo los jóvenes y las eurodiputadas han mantenido su apoyo férreo a la figura del padrone.

Carissimo Silvio, sabemos que, entre sus diversos títulos, su orgullo era ser el rockstar del año según Rolling Stone y el Leviathan da Milano. Todos le recordarán por las innumerables historias de bunga bunga y como il Papi a Montecarlo de las bellas Ruby Robacorazones y Noemí de San Remo. Nosotros, con simpatía, le evocaremos como el paradigma del inmovilismo y, tal como lo dicen Roberto Saviano, Darío Fo y Antonio Tabucchi, como el líder de la videócrata derecha popular. Italia después de Usted, ya no puede continuar como el país del “Chi ce la fa, ce la fa; e chi resta indietro, resta indietro” (Quien la hace, la hace; y, quien quedó atrás, se queda atrás).

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