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No más infantilismo revolucionario

por 2 diciembre 2011

No más infantilismo revolucionario
En la radio escuché un dirigente estudiantil señalando que no estaba inscrito en los registros electorales porque “el sistema no los representa”. Claro: si no participan, se hace muy difícil que el sistema los represente. La democracia es un proceso trabajoso de acuerdos y mínimos comunes, no de pataletas temperamentales.

Tuve la ocasión de moderar el primer debate de los postulantes a la FECH, invitado por los estudiantes de la Facultad de Economía. Hacia el final hice una pregunta sencilla que sólo requería por respuesta un nombre y un apellido: ¿por quién votarías en la próxima elección presidencial si pudieras elegir libremente de acuerdo a tu preferencia? El resultado fue increíble: 5 votos nulos (de las 5 listas que se definen de izquierda), 1 para Camila Vallejo (de la lista de las JJCC), uno para Optimus Prime (de la lista gremialista) y uno para Andrés Allamand (de la lista de Centro Derecha Universitaria). Dado que ni Camila ni Optimus cumplen los requisitos formales para acceder a la primera magistratura, si la voz de la burbuja sobreizquierdizada de la Universidad de Chile fuera vinculante, el próximo presidente de Chile sería el actual ministro de Defensa y correligionario del propio Sebastián Piñera, el mismo que tanto detesta el movimiento estudiantil.

Es obvio que el ejercicio no es válido para extraer proyección alguna. Sin embargo es interesante para sacar lecciones. Los interrogados tuvieron la oportunidad de escoger a Jorge Arrate, Tomás Hirsch, Gabriel Salazar, Guillermo Tellier, Arturo Martínez, Jaime Gajardo, Fernando Atria o Florcita Motuda. O cualquier otro dirigente poblacional, sindical o cultural que les llenara el gusto. Por último, pudieron optar por la salida siempre fácil que representa Michelle Bachelet. Pero la mayoría prefirió anular. He aquí el paradigma del infantilismo revolucionario: la incapacidad de ganar la partida siguiendo las reglas del juego.

Los interrogados tuvieron la oportunidad de escoger a Jorge Arrate, Tomás Hirsch, Gabriel Salazar, Guillermo Tellier, Arturo Martínez, Jaime Gajardo, Fernando Atria o Florcita Motuda. O cualquier otro dirigente poblacional, sindical o cultural que les llenara el gusto. Por último, pudieron optar por la salida siempre fácil que representa Michelle Bachelet. Pero la mayoría prefirió anular. He aquí el paradigma del infantilismo revolucionario: la incapacidad de ganar la partida siguiendo las reglas del juego.

Anular el voto, por cierto, es respetable. Es la excusa clásica de aquellos que se sienten obligados a elegir entre dos males. Sin embargo en este caso las opciones no estaban restringidas. Quizás los jóvenes no tuvieron tiempo suficiente para calibrar la respuesta, pero es decidor que la reacción instintiva haya sido el rechazo visceral a cualquier alternativa.

Durante los ochenta, la oposición se dividió respecto a la táctica a seguir para derribar a la dictadura. La historia nos enseña que tuvieron razón aquellos que decidieron ganarle a Pinochet en las urnas, sin violencia. Asumieron las reglas del juego –que no habían sido dictadas por ellos- y derrotaron al adversario utilizando el sistema a su favor. Lo importante: consiguieron el objetivo, recuperaron la democracia para Chile.

¿Cuál es, en cambio, la estrategia del infantilismo revolucionario? En la radio escuché un dirigente estudiantil señalando que no estaba inscrito en los registros electorales porque “el sistema no los representa”. Claro: si no participan, se hace muy difícil que el sistema los represente. La democracia es un proceso trabajoso de acuerdos y mínimos comunes, no de pataletas temperamentales.

Estoy consciente de que no todo el movimiento estudiantil es anti-institucional. Me consta que hay sectores que están pagando el costo interno de haberse acercado a conversar al Parlamento. Esos sectores merecen reconocimiento. No pueden ser objeto de bulliyng por acceder al diálogo. Todos somos responsables de proteger esos puentes.

La importancia estratégica de actuar políticamente quedó de manifiesto en el errático episodio de la Ley de Presupuesto. El movimiento estudiantil estaba en posición de aprovechar el servilismo explícito de la Concertación para abrochar próximas transformaciones estructurales a cambio de la aprobación del proyecto de La Moneda. En cambio, arriesgaron todo en una ley transitoria que sólo asigna recursos y finalmente sólo les quedó el puchero.

Todavía es tiempo para el movimiento estudiantil: la inscripción automática vive días claves en la Cámara de Diputados. La inyección de cuatro millones de nuevos electores –en su gran mayoría jóvenes- puede alterar la distribución de fuerzas políticas en Chile. Por de pronto, alcaldes y concejales. Luego, presidente y parlamentarios. ¿Optarán por seguir ausentes del escenario idóneo para producir cambios? ¿Renunciarán a elegir en el origen de la distribución del poder político? ¿O tomarán las banderas de una nueva generación que ha redefinido sus lealtades a partir de los hitos del presente año? Hay muchos –demasiados- actores políticos que en la comodidad de sus sillones apuestan por la continuidad del infantilismo revolucionario, estéril e improductivo. Ya no es tiempo de anular. Es hora de sacarlos de la comodidad.

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