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El voto: un tema más filosófico que policial

por 5 diciembre 2011

La subjetividad no se obliga, se encanta, se atrae y si los políticos no pueden hacerlo no hay voto obligatorio que en el mundo de hoy pueda garantizar, por la vía del deber, la participación democrática.

La promesa que el sistema político hizo a los jóvenes para su integración es la inscripción automática y el voto voluntario y es evidente que modificar eso, rigidizándolo y estableciendo el voto obligatorio, resta legitimidad al compromiso implícito en el proyecto. Hay que recordar que esto fue fruto de un acuerdo político de la Presidenta Michelle Bachelet con todos los sectores lo cual se plasmó en el plano legislativo en una reforma constitucional cuya inspiración es superar un padrón envejecido y excluyente de 8 millones de chilenos y reemplazarlo, en lo inmediato, por uno de 12  millones y medio de chilenos que exponencialmente tendrían derecho a votar en las próximas elecciones.

El voto, expresión más emblemática de la ciudadanía, es antes que nada un derecho y así fue consagrado desde la Revolución Francesa en adelante. Justamente porque es un derecho queremos establecer la inscripción automática, es decir, que a una persona se le reconozca este derecho ciudadano directamente al cumplir 18 años, sin ningún tipo de trámite burocrático que condicione o limite su derecho. Pero, a la vez, la voluntariedad del voto es una componente esencial de este binomio ya que reconoce que el derecho se ejerce de acuerdo a la autonomía individual de la persona la que decide ejercerlo como una manifestación clara de su adhesión a un determinado proyecto, programa o candidato.

La subjetividad no se obliga, se encanta, se atrae y si los políticos no pueden hacerlo no hay voto obligatorio que en el mundo de hoy pueda garantizar, por la vía del deber, la participación democrática.

Me parece esencial que si todos los chilenos mayores de edad quedarán automáticamente inscritos para votar no sean obligados por el sistema político a ejercerlo cuando el sistema político lo imponga, sino que se respete la autonomía de la persona para disponer de su voto. No votar es también una manera extrema de votar, es decir es una manera de expresar rechazo, descontento o malestar al sistema político en un determinado momento.

En una sociedad moderna la autonomía de las personas para decidir sobre sus cosas debe ser consagrada y ello es parte de una mirada de la libertad que no se puede conculcar en el altar de preservar la representatividad del sistema político a través de la obligatoriedad del voto.

Ciertamente el votar puede ser presentado en el plano ético como un deber con la sociedad. Pero esto no puede ser trasladado de la ética a la normatividad jurídica sin afectar la esencia del voto, es decir su calidad de derecho establecido en el plano de la libertad del individuo y del ciudadano. La ciudadanía moderna se establece a partir de un individuo libre que renuncia a cuotas de su libertad para vivir en comunidad. Pero esta renuncia no afecta su subjetividad, su derecho a pensar y a decidir cuándo y cómo utilizar los instrumentos de la ciudadanía. De lo contrario la renuncia voluntaria a favor del Estado, que está en el origen del pacto liberal de la ciudadanía y de la propia democracia, se transforma en una imposición del Estado y en una subordinación de la libertad toda vez que este invade el campo de la subjetividad que no ha sido entregado por el individuo como parte del contrato democrático. La subjetividad no se obliga, se encanta, se atrae y si los políticos no pueden hacerlo no hay voto obligatorio que en el mundo de hoy pueda garantizar, por la vía del deber, la participación democrática.

Por lo demás, en medio de la modernidad avanzada y de una revolución tecnológica que instala la era de la información digital y entrega a las personas la capacidad comunicacional de ser receptor y emisor, a la vez, de ideas, juicios e información y transforma , con ello, la política y la propia ciudadanía que hoy construye comunidades virtuales de personas que se comunican y movilizan por diversos intereses que el sistema político no es capaz de resolver, resulta inadecuado pensar que el voto obligatorio puede reestablecer una cierta normalidad participativa.

Estas personas, millones de chilenos, ya están en la cosa pública, solo que en una plaza distinta a la de los partidos y de las instituciones. No hay que olvidar que son los no inscritos, la mayoría de los estudiantes, los que con sus movilizaciones han remecido el sistema político y han revolucionado una política atrapada en los compromisos y en las mediaciones de todo tipo. Por  tanto, si se quiere influir para que esta ciudadanía del siglo XXI vote, en un contexto de un sistema político en el cual no confía, más que establecer normas coercitivas y obligatorias hay que convocar en el plano de las ideas que se conecten con la nueva subjetividad que hoy cursa precisamente en los que no están inscritos. Es un tema filosófico más que policial.

En esta óptica, si el sistema político teme no ser representativo y teme que los inscritos automáticamente no voten sin ser obligados a ello este es un déficit del sistema político que este debe corregir. Si se quiere el voto entonces hay que mejorar la calidad de la política, los partidos deben dejar clanes cerrados, la transparencia debe ser una norma, los programas deben incorporar ofertas atractivas a los jóvenes, los candidatos deben ser elegidos en primarias, el sistema electoral debe promover el respeto de la soberanía popular y del pluralismo es decir se debe avanzar en la democratización del sistema político y no apuntar a la coerción, por débil que esta aparezca, para garantizar falsamente este propósito.

Uno de los temas que mas desafección provoca en quien no está inscrito, y en muchos de los que si lo están, es la falta de competitividad del sistema electoral. Este es un asunto relevante, la democracia es competitiva o no lo es plenamente. Es decir, la democracia supone que el ejercicio del instrumento a través del cual se ejerce la ciudadanía política y la soberanía, el voto, no puede ser predecible, debe contener grados de incertidumbre dado que está situado en el plano de la subjetividad de la persona. Eso no se cumple en el sistema chileno y, por tanto, mientras no se modifique el sistema electoral binominal mayoritario que tergiversa la soberanía, que no ofrece alternativas de competencia, que está configurado para el empate y que sólo da garantías al candidato, el efecto de la inscripción automática será limitado. Este es el tema de fondo, más que establecer la sanción para el que no vota hay que establecer el estímulo para que quién vote vea reflejado en su voto la cuota de soberanía que le pertenece.

Por ello, soy partidario de mantener la propuesta original del gobierno de la Presidenta Bachelet “inscripción automática y voto voluntario” y que los partidos y los políticos se ganen el voto de la gente con una mejor política y una mejor oferta de rostros y no con la violación de la autonomía personal que yo tengo de ejercer mi voto y de determinar cuando hacerlo.

Las experiencia en los países europeos donde el voto es voluntario es que la población vota en altos estándares cuando las propuestas o los candidatos son atractivas y no hay, de cualquier manera, una abstención alarmante. En algún momento, el sistema político tiene que atreverse a estar en el trapecio y hacer sus piruetas sin la red de protección.

No hay, ningún dato empírico serio que avale determinados argumentos que se han entregado por parte de un sector de  la clase política de que el voto voluntario perjudicaría a los jóvenes porque no serían tomados en cuenta en los programas, que habría menos equidad hacia ellos, que habría un sesgo hacia los más pobres que no votarían si fuera voluntario, etc.

Los jóvenes ya no votan y la oferta de inscribirlos automáticamente solo es atractiva si ellos deciden cuándo y cómo votan y eso espero que los políticos lo respeten. Lo demás aparece, mas bien, como un esfuerzo de un sector de la clase política para reducir la incertidumbre del voto, en una fase, en que como señala Baudman, los “tiempos son líquidos” y lo único estable es el cambio. La política debe atreverse, de lo contrario los jóvenes y los no inscritos no cruzarán la calle.

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