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Boric ¿un MEO de verdad?

por 9 diciembre 2011

Boric ¿un MEO de verdad?
Boric no es de los cabeza dura de los ultrones más ultra de las otras federaciones universitarias, esos que se llenan la boca fácilmente con revolución, gratuidad, lucha de clases, violencia, guevarismo o idioteces por el estilo. Boric no es una caricatura ni de la irracionalidad de la derecha (Pato Navia), ni de la irracionalidad de la Concertación (Díaz-Joignant), ni de la irracionalidad del comunismo (Teillier-Gajardo). Menos del especial ultrismo de Plaza Brasil.

Le pregunté a un amigo por qué me insistía con que MEO aquí MEO acá. La verdad me intrigaba, en su minuto, por qué alguien podría haber votado por MEO y su parafernalia pseudo-MIR, pseudo-izquierda, pseudo-revolucionaria, pseudo-anti-Concertación.

MEO pelito pseudo-despeinado, MEO corbatita parisina de seda pseudo-desarreglada, MEO calcetines pseudo-girardistas, MEO pseudo-chileveintiunismo.

¿MEO, un Che-Donald’s o un Mc-Guevara? ¿Un producto de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman (el autor de cabecera de Hinzpeter)? Pues sí.

MEO siempre me ha parecido una “cumbiera intelectual” que sabe mucho pero que no suelta el llanto (como dice la canción de Johansen); muy “fashion”, muy “in”, muy “emergency”. Pero al fin y al cabo muy “pink”, muy “soft”, muy “líquido él”, como me dijo una académica de fuste el día en que a MEO se le ocurrió ir a meterse con los más ultras de los ultras de la USACH, a Jotabeche, léase el Bachillerato.

En fin. Las razones de mi amigo iban por la frescura de MEO, su desparpajo, su humor negro, su “Berloscunismo”, su coqueteo con la farándula, su derechismo encubierto y coquetón (Fontaine), su frescura de cara a esta política chilena tan “de acuerdos”, tan “transición”, tan “gatopardista”.

Le encontré razón en el fondo, nunca en la forma.

MEO es un tipo capaz de abrazar la sinvergüenzura de un Alinco por “choro”, por “del pueblo”, por “jugador del Kino”, pero capaz –al mismo tiempo- de clavarle un puñal por la espalda si se escapa una línea (un milímetro) del guión pre-establecido de su camino a la Moneda.

Mal por MEO.

Estuve con mineros de CODELCO hace algunas semanas y todos “firmes con Alinco”. Uno me preguntó en medio de la conversación ¿qué futre de los socialistas de hoy sería capaz de lo que hizo Alinco? Yo pensé… ni los honorables comunistas.

Por ejemplo, para el bacheletismo-aliancista del regalón Panchito Díaz, ayer en El Mercurio, lo de Boric es puro populismo (“Oh my God!” como le gusta exclamar frecuentemente a Pancho, en inglés, como el Che… el Che Copete).

Con políticos así, en verdad, uno prefiere a Vito…

Es que Vito Corleone fue capaz de apoyar a la farándula –cabeza de fina sangre por medio- sin ni siquiera pedir un voto para Michael Corleone.

La razones de fondo de un MEO no dan el ancho para el político Marco Enríquez-Ominami, hijo de Miguel Enríquez, muerto en batalla en la calle Santa Fe. San Miguel. Santiago. Chile. Golpe de Estado.

Así y todo, MEO logró aguarle la fiesta a la Concertación. Y por Dios que se las aguó. Pero nada más que un rato.

Los que vienen, son más MEO que el mismo MEO.

El recién electo presidente de la FECH, Gabriel Boric, sin duda, es más MEO que cualquiera de los MEO jamás pensados.

Es, diríamos, el MEO original.

De niño amante del MIR. Estudió Derecho. En la Chile. Habla de corrido. Piensa por sí mismo. Inteligente y –lo más importante- no tiene absolutamente nada que perder ni con la Concertación ni con los comunistas.

Odiado a priori por la Concertación, el comunismo, la derecha UDI-RN y hasta – o sobre todo- por el aristocraticismo de Monsieur Alfredo Jocelyn-Holt.

Y que conste. Boric no es de los cabeza dura de los ultrones más ultra de las otras federaciones universitarias, esos que se llenan la boca fácilmente con revolución,  gratuidad, lucha de clases, violencia, guevarismo o idioteces por el estilo. Boric no es una caricatura ni de la irracionalidad de la derecha (Pato Navia), ni de la irracionalidad de la Concertación (Díaz-Joignant), ni de la irracionalidad del comunismo (Teillier-Gajardo). Menos del especial ultrismo de Plaza Brasil.

Las cosas como son. Si Boric ganó, es que perdieron todos. No le guste a quien no le guste o las interpretaciones que se prepongan.

Por ejemplo, para el bacheletismo-aliancista del regalón Panchito Díaz, ayer en El Mercurio, lo de Boric es puro populismo (“Oh my God!” como le gusta exclamar frecuentemente a Pancho, en inglés, como el Che… el Che Copete).

Para el bacheletismo-duro, más inteligente, más político, es la hora de autoflagelarse. Y Camilo Escalona –lector de El Nombre de la Rosa y El Péndulo de Foucault- ha sido el primero en hacerlo: “Con los veinte años de gobierno… creo que en la Concertación no fuimos capaces de comprender la profundidad de la crisis en el sistema educacional” dijo el duro de ese bacheletismo.

Nada que hacer. Boric ganó y perdieron todos. ¿Perdió la política? No.

Perdieron, en verdad, los políticos “a la chilensis”, aburridos, buenos para el pollo, buenos para ir a las farmacias, buenos para el fútbol, el mall, y buenos para andar de muy mal humor. En eso le encuentro razón a mi amigo

Perdieron los Teillier y los Auth, los Girardi y los Walker, los Ominami –con mucho respeto, pues tuvo las agallas de apartarse del hedor de la Concertación- y los Lagos… pobres y tristes Lagos.

Con Boric perdieron los viejos y las viejas vinagre: las von Baer y las Hoffmann, los Andrade y los Escalona, los Gute y los Alvear, los Gómez y las Tohá, y -a no dudarlo- los Girardi y los veintiunistas.

Perdió, en buena hora, toda la izquierda de papel.

¿Perdió Bachelet?

Ella no. Pero los “cachetoncitos” que le cantan loas sí, obviamente. ¡Tan tiernos ellos!

Tal vez con Boric ganen los más despeinados, los Rossi, las Rincón, las Ángeles Fernández. Ojalá. Bien por ellos y por ellas. Hacen falta.

Pero con Boric claramente ganó el “que se vayan todos”…

Pero no fuera del país, obviamente; simplemente, y con el presidente Piñera, a Cachagua o Maitencillo.

Y por favor, lo olvidaba, con MEO… que es de los mismos.

Mi amigo no. Que se quede en Santiago. En Providencia, que ahora le va por Bellolio. Qué amigos, ¿no?

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