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Me quedo con el café tóxico de Gonzalo Rojas

por 13 diciembre 2011

Me quedo con el café tóxico de Gonzalo Rojas
No quiero poner en la cárcel a los que niegan o minimizan las tareas emprendidas con sueldo estatal por Contreras, Romo, Krassnoff y tantos otros, aunque me resulte ofensivo. Me gustaría ponerlos en ridículo, o avergonzarlos. Tienen, finalmente, derecho a hablar leseras.

Me desconcierta estar por una vez de acuerdo con el columnista Gonzalo Rojas, que desde el diario El Mercurio desarrolla unos argumentos casi siempre muy raros.

Se refiere él ahora a un Proyecto de Ley propuesto por los diputados Jiménez, Accorsi, Aguiló, Alinco, Andrade, Carmona, De Urresti, Gutiérrez, Ojeda y Girardi, según el cual “quienes públicamente nieguen, minimicen o condonen, intenten justificar o aprueben los crímenes de lesa humanidad o genocidios cometidos, particularmente, bajo el Régimen Militar que gobernó Chile entre los años 1973 y 1990, serán castigados con una pena de cárcel...”

En este caso no puedo aprobar a los animosos diputados. Creo que equivocarse, o incluso negar la realidad forma parte de la naturaleza humana, y es parte también del progreso hacia la verdad, que es dialéctico y no rígido. Dicho en coloquial, sostengo con Raoul Vaneigem y otros radicales que “nada es sagrado, todo se puede decir”.

Noto en la vida pública de hoy una preocupante tendencia a cercenar la libre expresión de las personas, a corregir anticipadamente el discurso. No todo lo que la gente dice es agradable, por cierto, no todo es verdad, no todo es respetuoso, no todo es racional, no todo es mayoritario. Por suerte.

Las emociones personales y el pensamiento no son masas inertes, sino flujos ondulantes, y su verbalización no debiera ser jamás delito, porque constituye el núcleo de la libertad de expresión. Los seres humanos, por lo demás, incluso los menos avispados, no somos idiotas, nos damos cuenta de la realidad por mucho que se nos mienta.

No sólo creo, sé por experiencia familiar muy dolorosa (el caso de mi madre detenida, interrogada en centros de tortura y recluida durante meses en los campos de concentración de Tres Álamos y Cuatro Álamos) que en Chile hubo una política sistemática de destrucción de los derechos humanos.

Considero de toda justicia que se haya enjuiciado y castigado a los responsables, y valoro el coraje de quienes han aplicado y hacen cumplir esas condenas. Pero hasta ahí llegaría. Tratar de “mejorar” coercitivamente el cerebro y los dichos de quienes opinan distinto me parece un despropósito.

Hay seres innobles que no quieren reconocer el dolor y la barbarie estatal que rebajó nuestra humanidad durante los años asquerosos de la dictadura. Otros encuentran que valió la pena y en una situación similar volverían a sacar alicates eléctricos y la letrina de inmersión. Allá ellos. La locura o la mala fe o la baja ralea humana son asuntos de cada cual.

No quiero poner en la cárcel a los que niegan o minimizan las tareas emprendidas con sueldo estatal por Contreras, Romo, Krassnoff y tantos otros, aunque me resulte ofensivo. Me gustaría ponerlos en ridículo, o avergonzarlos. Tienen, finalmente, derecho a hablar leseras.

La opinión es opinión y no realidad. Lo que opinamos moldea lo real, pero ese moldeamiento es una tarea colectiva a la que estamos todos invitados, especialmente en una sociedad digitalizada. La república y la democracia existen precisamente porque son capaces de incluir a todos, aún a los que están en su contra, aún a los que no lo merecen. Y cuando eso no ocurre aparecen las dictaduras.

En las dictaduras prosperan las verdades oficiales y las opiniones únicas. Una dictadura de la verdad es quizá tan peligrosa como una dictadura de la mentira. La verdad se impone por sí sola, se abre camino a través de los prejuicios, los miedos, los respetos, los pudores, las ocultaciones deliberadas, la ignorancia. Cada uno de nosotros, de tanto en tanto, ve algo que hasta entonces no había visto, observando la realidad con nuevas herramientas de juicio. Lo que requieren las sociedades es que la verdad sea posible, que no se censure nada, que ninguna persona o grupo, o cadena nacional de medios, o masa de twiteros, o asamblea, se adueñe de ella.

Si tuviéramos que prohibir las afirmaciones negacionistas debiéramos partir poniendo fuera de la ley a las religiones, por sus intentos nada racionales de negar la muerte, que por lo demás es algo tan desagradable. ¿Qué son todos esos santos y ángeles y demonios con túnicas y alas? ¿Y el cielo eterno? ¿Alguien los ha visto?

Noto en la vida pública de hoy una preocupante tendencia a cercenar la libre expresión de las personas, a corregir anticipadamente el discurso. No todo lo que la gente dice es agradable, por cierto, no todo es verdad, no todo es respetuoso, no todo es racional, no todo es mayoritario. Por suerte. A muchísimo de lo que se dice, además, no se le puede pedir exactitud matemática: existen las metáforas, las visiones fantásticas u oníricas...

Las ocultaciones, las mentiras y las simulaciones forman parte de nuestro entramado de relaciones. Y es que el lenguaje, como decía el por cierto nacionalsocialista Heidegger, es la casa del ser. Y no quiero para la gente un ser tijereteado o amputado por quienes creen que los seres humanos debieran ser más perfectos de lo que realmente son. Somos simples mortales, a medias entre la emoción y la razón, observamos siempre parcialmente la realidad, y entre todos vamos construyendo las lecturas que nos permiten convivir.

Hemos visto en qué culminan las ideologías que creen en verdades tales como las razas superiores o el hombre nuevo, y que a partir de allí prohíben cualquier otra verdad.

Sigamos así, reprimiendo todo lo que nos resulte inquietante. Prohibamos el cáncer mediante una ley. Denunciemos en la comisaría a los que estén tristes. Tiñamos el sexo, cuna de la vida, de mala intención o de miedo, siempre y en todo lugar. Hagamos de la antigua dialéctica de machos y hembras un sistema operativo de roles intercambiables. Terminemos con las furias de la especie usando reglamentos y píldoras. Censuremos todos los chistes. Desterremos a los burlones o, como pedía Platón, a los poetas. Prohibamos todas las opiniones erradas o torcidas. Hagamos de este mundo cruel un internado geométrico, y de los seres humanos unos vegetales.

Ante un panorama tan lúgubre, el amargo café tóxico de Gonzalo Rojas me parece un mejor desayuno que el bando purificador de los diputados prohibiendo el café.

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