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La izquierda: de derrota en derrota, hasta la victoria final

por 14 diciembre 2011

Resabios de este tipo de pensamientos son todavía visibles en una cierta izquierda y en un cierto progresismo que se niega de manera mañosa, persistente y antojadiza a ver la diferencia entre la Concertación y la derecha gobernante. Por lo mismo, quienes así razonan estiman que su deber militante fundamental y más trascendente, consiste, no en salirle al paso a la derecha en su afán de mantenerse en el poder, sino en tratar de evitar a toda costa, por ejemplo, que Michelle Bachelet vuelva a gobernar Chile, tal y como lo reclama la inmensa mayoría de los chilenos.

Un día de marzo del 2010, a poco de asumido el gobierno de Sebastián Piñera, un antiguo militante socialista, uno de esos viejos tercios que vivió la experiencia de la Unidad Popular muy cerca del Presidente Salvador Allende, y que por lo mismo, durante la dictadura debió vivir la cárcel, la tortura y el exilio, me dijo con un tono de tristeza y abatimiento que no dejaba lugar a dudas, que hubiese preferido que la vida le hubiese privado de la ignominia de ver el regreso triunfal de la derecha al Palacio de La Moneda por la vía democrática. Agregó que la derrota electoral a manos de los mismos que habían prohijado a Pinochet, le había dolido infinitamente más que el propio golpe de Estado, pues pensaba que había más dignidad en haber sido desalojados del poder por la fuerza de las armas, que por obra y gracia de la voluntad popular.

En contraste, por esos mismos días, un ex militante socialista, confirmando aquello de que no hay peor astilla que la del mismo palo, sacaba cuentas alegres de la misma derrota, se frotaba las manos y hasta parecía genuinamente contento y feliz de la vida, radiante y pletórico de eso que en la izquierda se conoce como “optimismo histórico”. Ese sentimiento parecido a las ínfulas de superioridad del que cree que todo lo sabe y que en su beatería actúa convencido de que pase lo que pase, tropiezos más o menos, a la postre el sentido de la historia está inexorablemente de su lado y, que por lo tanto, hasta cabría sentarse a esperar lo que habrá de pasar, contra viento y marea.

El personaje, desde su izquierdismo voluntarista y miope, trataba de convencerme de que el triunfo de la derecha, lejos de constituir una desgracia como a mí me lo parecía, era poco menos que una gran noticia para Chile, y por sobre todo, una circunstancia estratégicamente favorable para la izquierda auténticamente consecuente, es decir, a la que el mismo adscribía. Pues confiaba ciegamente en que el fuego purificador de la derrota que la derecha acababa de propinarnos, pudiera al fin consumir a aquellos a los que se refería como izquierdistas de papel, esos que habían transado sus valores y principios, pactado con la derecha y administrado el modelo heredado de la dictadura, según sus entusiastas palabras.

Resabios de este tipo de pensamientos son todavía visibles en una cierta izquierda y en un cierto progresismo que se niega de manera mañosa, persistente y antojadiza a ver la diferencia entre la Concertación y la derecha gobernante. Por lo mismo, quienes así razonan estiman que su deber militante fundamental y más trascendente, consiste, no en salirle al paso a la derecha en su afán de mantenerse en el poder, sino en tratar de evitar a toda costa, por ejemplo, que Michelle Bachelet vuelva a gobernar Chile, tal y como lo reclama la inmensa mayoría de los chilenos.

Me dijo, según recuerdo, que él personalmente no tenía nada que perder, pues la Concertación, de la que él mismo había sido parte hasta hacía muy poco, nunca le había dado nada (me temo que no se refería a satisfacciones políticas, sino a cargos) y que estaba seguro de que después de la catástrofe política y social que vaticinaba que vendría sin falta, y en medio de cuyo fragor aspiraba a que la derecha en el gobierno pudiera propinar al pueblo chileno los mayores sufrimientos posibles, emergería una izquierda genuina y consecuente sobre las ruinas de los partidos de la izquierda tradicional y traidora. En primer lugar, sobre el cadáver del Partido Socialista, cuyo colapso final no podía esperar por presenciar, cual moderno Nerón viendo consumirse Roma.

El personaje, que sigue hasta hoy repitiendo las mismas monsergas siempre que puede y lo dejan hacerlo, dijo un par de otras cosas estúpidas y apolíticas, como decía Clodomiro Almeyda cuando disparaba contra alguna payasada, como que la Concertación había perdido las elecciones fundamentalmente por haberse derechizado. Debí recordarle entonces, porque evidentemente hacía falta, que las elecciones las había ganado Sebastían Piñera, apoyado por RN y la UDI, y no nuestro común amigo Jorge Arrate. Hasta ahí llegamos en nuestra conversación, por momentos salpicada de insultos y diatribas de una y otra parte.

Desde entonces y hasta hoy, siempre que me lo encuentro, inevitablemente volvemos sobre el mismo tema. Yo trato pacientemente de razonar con él, y para hacer posible aquello, reconozco yerros graves e insuficiencias múltiples en las dos décadas de gobiernos de la Concertación, al tiempo que trato, sin ningún éxito, de hacerle ver también los logros y avances que fueron muchos y variados.

Pero mi interlocutor de café insiste en decirme que no ve gran diferencia entre la dictadura de Pinochet y los gobiernos de la Concertación, juicio que otros también repiten y que constituye un abuso y una falsificación histórica escandalosa que no resiste el menor análisis. Y me advierte que él mismo y su grupo de referencia, de dimensiones misteriosas, reconocen sin duda alguna a la Concertación como al enemigo principal a combatir y secundariamente a la derecha.

Es por esta razón por la cual prefieren que las condiciones para un cambio político y social auténtico “sigan madurando” y que en esa lógica, esperan que el 2014 vuelva a ganar la derecha. En pos de este objetivo, me dice que los que piensan como él, entre los cuales se cuentan algunos que no debieran pensar y actuar de ese modo tan irresponsable y mezquino, se proponen levantar candidatos para las municipales y parlamentarias en donde puedan hacerlo y aunque no tengan ni la menor opción de ganar y solo para fastidiar catapilquiando a cualquier otra opción opositora, y que en cuanto a las próximas presidenciales, harán exactamente lo mismo. Con algunos cuantos puntos que saquemos el 2014, les hundimos el barco y nos aseguramos, me dice entusiasmado, de joderlos de manera definitiva como opción de poder.

El 2018 es otra cosa, remacha, para entonces con un país agobiado con dos gobiernos de derecha consecutivos, las condiciones habrán madurado lo suficiente como para que la izquierda más consecuente, pura y sincera, o sea ellos mismos, levante una alternativa ganadora que habrá de imponerse por su propio peso. Nunca me ha dicho que en tal caso me meterá a la cárcel como hiciera la dictadura, pero tengo razones al menos para sospecharlo.
Este discurso político, llamémosle así, mezcla de ideologismo, voluntarismo, encono personal y una buena dosis de tontería suicida, es tan absurdo como antiguo. Ya en la Unidad Popular, aunque cueste creerlo, había ciertos personajes que añoraban un golpe de Estado como el que efectivamente ocurrió y actuaban en consecuencia.

En el “análisis” de estos esperpentos, también entonces se razonaba de acuerdo con la premisa de “tanto peor, tanto mejor” o de aquello que se denominaba a eufemísticamente como “agudizar las contradicciones”. Aunque aquello supusiera sufrimientos indecibles para nuestro país y en primer lugar para los militantes de la izquierda de todo signo.

Desafortunadamente, resabios de este tipo de pensamientos son todavía visibles en una cierta izquierda y en un cierto progresismo que se niega de manera mañosa, persistente y antojadiza a ver la diferencia entre la Concertación y la derecha gobernante. Por lo mismo, quienes así razonan estiman que su deber militante fundamental y más trascendente, consiste, no en salirle al paso a la derecha en su afán de mantenerse en el poder, sino en tratar de evitar a toda costa, por ejemplo, que Michelle Bachelet vuelva a gobernar Chile, tal y como lo reclama la inmensa mayoría de los chilenos.

Por eso es que su tema, su objeto de crítica política principal, siempre que logran agarrar cámara o micrófono, no es casi nunca la derecha, sino los partidos de la Concertación y sus dirigentes. Por eso es también que en sus enrevesadas matemáticas, 70% es igual que 5%, con lo cual de paso demuestran que les da exactamente lo mismo lo que piense, sienta y quiera la misma gente cuyas demandas dicen encarnar fielmente como el que más.

La Concertación, o lo que queda de ella, ha manifestado su inequívoca voluntad de concurrir a un espacio más amplio y elevado de unidad de la oposición. Esa declaración, por si sola, supone muchas cosas que no se quieren ver. Entre otras, que no se propone pedirle a nadie que renuncie a sus propias banderas ni que se sume a algo que ya existe, sino que implica la voluntad expresa de conformar un nuevo, amplio y plural ente opositor que sea capaz de enfrentar unido y con perspectivas de éxito los próximos eventos electorales. Del mismo modo en que con toda la seguridad lo hará la derecha, a la que por lo menos hay que reconocerle el mérito de que en materia de política de alianzas, jamás confunde lo esencial con lo subalterno, ni al adversario principal con el secundario.
Un programa de gobierno que se haga cargo de todas y cada una de las demandas ciudadanas más esenciales, incluidas por cierto las que han surgido con fuerza más recientemente, y un elenco conductor enteramente renovado en sus figuras principales para acompañar a un liderazgo ya definido inequívocamente por la ciudadanía, es evidentemente lo que está a la orden del día determinar.

No están los tiempos (en política nunca lo están) para darse gustitos personales o de grupos. Actuar con responsabilidad, espíritu unitario y altura de miras es lo menos que se le puede pedir a los partidos opositores y otras formaciones. También a los grupitos con ínfulas de iluminados.

Y todo aquello no es menos exigible al movimiento social y sus actores más organizados y relevantes. En primer lugar al movimiento estudiantil, el que de seguro será capaz de sacar las lecciones adecuadas de su notable y admirable desempeño en este año que termina.

La primera de todas, cabe esperar, aquella según la cual el país requiere tener un gobierno de muy distinto signo del actual, de unas administraciones locales más democráticas y empoderadas, y de un Parlamento mejor sintonizado con la ciudadanía y sus anhelos. Todo eso, si acaso quieren ver materializadas sus reivindicaciones más esenciales en unos ciertos plazos razonables y bajo unas condiciones políticas e institucionales que así lo permitan Salvo que se desee optar por la estrategia de seguir agudizando las contradicciones ad eternum.

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