Sábado, 10 de diciembre de 2016Actualizado a las 09:51

Autor Imagen

¿Concertación RIP o bacheletismo a la vena?

por 15 diciembre 2011

A Bachelet podría llegar a incomodarle esa pléyade de veteranos sordomudos y cegatones, que fueron incapaces de leer los cambios que su gobierno estaba proponiendo al país, y que implicaban darles continuidad. Por el contrario, ellos se lanzaron a la lucha fratricida de apostar por la exclusión, apoyando un candidato cojo.

Que el nuevo presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, Gabriel Boric, manifieste en su primera declaración en los medios que no está ni ahí con los partidos políticos, y de paso instale un discurso anti Bachelet, por supuesto que suena como arpa vieja en los sensibles oídos concertacionistas. El presidente del PS Osvaldo Andrade, respondió los parabienes del dirigente estudiantil con otro “no estoy ni ahí”: Bachelet no necesita comandos juveniles. Fuerte, muy fuerte. Soberbio. Andrade debe estar en la lógica del “envejecimiento parlamentario”. Desde su perspectiva, los políticos tienen un solo norte: llegar al poder y allí sentarse a esperar la carroza. Él está lejos de la idea de renovación. Una prueba palpable es la falta de liderazgos juveniles en sus filas. A lo que debe sumarse la absoluta incapacidad de generar nuevas apuestas presidenciales.

En la última elección de la FECH no hubo candidatos socialistas –no porque no haya estudiantes socialistas en la Universidad de Chile, sino porque su orgánica partidaria es incapaz de concebir un proyecto y hacer que la comunidad universitaria lo valide. Sólo hubo representantes de la derecha, de la “Jota”, y autónomos o independientes. La falta de savia nueva es evidente. A los dinosaurios nunca les preocupó su descendencia. Los partidos de la ex Concertación han dejado de tener injerencia social por una cuestión tan elemental como es su absoluta incapacidad de apostar a la renovación generacional; aunque, en honor a la verdad, se trata de un mal que afecta a la política de modo transversal. Basta revisar la constitución de ambas cámaras del Congreso para darse cuenta que hay una generación de veteranos en ejercicio, muchos de ellos electos en 1989, es decir, personajes que llevan 21 años viviendo a costa de los chilenos, sin más aportes que su sola presencia, algunos de ellos saltando de la Cámara de Diputados al Senado, como si fuera un paso de la enseñanza primaria a la secundaria.

Pero, en fin, están allí y morirán allí. Cuando el diputado Osvaldo Andrade se hace partícipe de esa lógica de denostar a la juventud, menospreciando su rol en la sociedad libertaria que él mismo asegura defender, sólo confirma que el mundo político es para mayores de edad, y que los muchachos no estarían preparados para manejarse en clave política. No sólo eso: desconoce de una sola plumada el proceso formativo que implica la discusión de ideas al interior del claustro. Se entiende que el senador Camilo Escalona, que nunca pasó por un aula universitaria, mire con recelo a la juventud ilustrada, pero Andrade se formó como profesional y como dirigente al interior de una facultad de derecho.

¿Cuál será la estrategia de la ex Concertación frente al surgimiento de los nuevos liderazgos universitarios, considerando actitudes como la de Andrade? Pensar que a fuerza de pachotadas como las del diputado socialista se puede abofetear a un dirigente universitario y pasar piola, raya en la estupidez política. La ex Concertación es una entelequia que ya descansa en paz. Sus restos son velados por quienes alguna vez le dieron forma, fama y sentido. La forma –pregonaban– era inclusiva, o intentaba serlo, pese a la cultura del codazo, del nepotismo y del amiguismo; la fama se la ganaron en la calle y en los medios convenciendo al país que lo de ellos era la transformación social, pero no fueron más que meros administradores de un modelo que juraban odiar y que terminaron perfeccionando con ellos adentro; el sentido no era malo –conducir al país al desarrollo mediante el crecimiento con igualdad–, sólo que nunca se prepararon para la alternancia, y cuando les tocó cruzar la verdea, no les quedó más que la nostalgia de sus mejores días.

El historiador británico Eric Hobsbawm introduce la noción de “presente permanente” en clara alusión a la juventud que prescinde del pasado. Durante dos décadas en la Concertación se ocuparon del presente y del pasado, mas no del futuro. Tal vez ya existía conciencia de la finitud del conglomerado, y había que aprovechar el momento. Eso puede entenderse porque entonces muchos de ellos eran jóvenes a los que no les preocupaba nada más que el presente, la construcción de máquinas de poder; sin embargo, llama la atención que las generaciones más experimentadas no tuvieran en cuenta la gravedad que implicaba no alimentar el futuro. La Concertación expiró porque nadie se preocupó de renovarla, de inyectarle esa energía que sólo da la juventud, la única capaz de imaginar el futuro.

Por ello es comprensible el actual estado de ánimo de sus dirigentes: rebelarse ante los cambios que nunca hicieron, y que hoy se hallan en manos de las generaciones ajenas en las que ellos no tienen parte. Hoy el conglomerado carece de una generación de recambio. Los nuevos liderazgos no le pertenecen, son jóvenes que la desprecian y quieren mantenerse alejados de un mundo que los marginó, y que sólo los incluye desde la retórica discursiva, desde el panfleto. A la ex Concertación sólo le resta volver la vista a un pasado que le dio gloria y bienestar. Es aquí donde se entiende la vocación bacheletista de la que se encuentra empoderada.

Dado que la ex Concertación carece de futuro, no tiene más que apostar a una carta segura como Michelle Bachelet, que bien podría devolverle el protagonismo que por sí sola no es capaz de sustentar. Se equivoca el presidente del Partido Socialista cuando asegura que Bachelet no necesita comandos juveniles. Todo lo contrario, hoy, más que ayer, la ex mandataria requiere de una fuerza social organizada, pensante, crítica, hábil. A Bachelet podría llegar a incomodarle esa pléyade de veteranos sordomudos y cegatones, que fueron incapaces de leer los cambios que su gobierno estaba proponiendo al país, y que implicaban darles continuidad. Por el contrario, ellos se lanzaron a la lucha fratricida de apostar por la exclusión, apoyando un candidato cojo.

Ver el posteo original

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes