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Análisis

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Camila Vallejo: epifanía y relato de un rostro

por 16 diciembre 2011

Camila Vallejo: epifanía y relato de un rostro
Camila Vallejo -su rostro, su relato- es el personaje del año en educación. La aparición del movimiento estudiantil, como una epifanía, cambió la realidad y el juego del poder en el Chile presente. Puso ahí la demanda social que a pesar de ser la “eterna historia” de las crepitaciones de un pan que se quema en la puerta del horno, permitió henchir nuevamente de sueños el pecho del hombre común.

Durante el 2010 no nos fue difícil elegir al personaje del año en educación. Optamos por entregar el palmarés -motivados sin duda por una sibilina tentación- a Harald Beyer.

Su voluntarismo era la representación del voluntarismo de toda la derecha educativo-política por la excelencia, entendida ésta, sólo de acuerdo al formato PhD. Harvard-Chicago. Un formato alejado del latir ciudadano, del tono de la calle, del día a día del hombre normal chileno que con sangre, sudor y lágrimas no conoce sino el trabajo, el trabajo y el trabajo.

No obstante, fue el mismo voto ciudadano quien entronizó a la derecha en La Moneda.

El análisis era meridianamente claro. Se trató de un voto de castigo a la Concertación, y al mismo tiempo, un voto de confianza -y para algunos hasta de esperanza- de que sólo ellos, la derecha económico-política chilena, los creadores de esta sociedad de mercado, sólo ellos digo, podían en verdad reintegrar a los desintegrados en la cancha de las oportunidades. Esos que con Lagos y con Bachelet (socialistas per se) siguieron ahí, en el valle de lágrimas de los eternos no-invitados a la fiesta del desarrollo percibida cotidianamente y en todas las esquinas.

Cuesta entenderlo, pero no se trata de números, de datos, de cifras, de mediciones, de estándares, de gráficos. Al ciudadano común le pueden mostrar que objetivamente está mejor hoy que en el año 89 o en el año 81. No importa. Si su percepción es de alguna manera otra, no habrá forma, es decir, no existirá dato alguno para demostrarle que no está en la razón o que la razón está de la mano de los políticos.

Esa misma mayoría, la que mediante un artilugio arcaico, neutraliza al mismísimo Presidente de la República, para que no asista al lugar antropológico por excelencia del pueblo: la arena de los gladiadores, el Estadio Nacional. Todo en muy mala hora para el pobre Sebastián Piñera: gana la U, campeona la U ¿y Camila Vallejo? Pues, nada más y nada menos que furibunda hincha… de la U. ¿Los dioses?

Perdonen la pedantería –si es que suena a ella- pero autorícenme a recordar que fue Cornelius Castoriadis quien más insistió en la fuerza de la “institución imaginaria de la sociedad”, para referirse precisamente al fenómeno de las significaciones sociales que los sujetos tienen de la realidad.

En lo que están perdidas, enredadas y hasta atadas la derecha en su totalidad y la Concertación, que por estos días no es otra cosa que laguismo-liberalizante y bacheletismo-aliancista, es precisamente en sus “matrices de significación”. Están perdidas en ellas como quien está perdido en un atavismo ciego. No logran conectar con el imaginario social del ciudadano medio. Las razones de la elite política chilena –pletórica de cifras- no interpretan el imaginario colectivo hecho cultura, hecho canción, hecho calle.

El poder político no se trata sólo de ocupar un sillón presidencial, de copar el aparato estatal o de gobernar formalmente una sociedad. En rigor, el poder se trata de todo ello, pero aquí aplica el adagio gestáltico de que el todo es mucho más que la suma de las partes. Pues a veces, la representación (imaginaria) del poder es mucho más importante que la ocupación presidencial, pues finalmente se puede reducir a una función burocrática de un aparato estatal. El poder si no va acompañado de una aceptación empática de los ciudadanos pierde glamour, garbo, pierde toda su mitología antropológica.

Alexis de Tocqueville, a quien la elite chilena bien pensante le encanta hacer galantería de su lectura, fue muy sensible al imaginario social y a las representaciones sociales de sus contemporáneos. En sus Souvenirs trató precisamente de captar “los trazos confusos que forman la fisonomía indecisa de su tiempo”. Observó que resurgían fantasmagóricamente del pasado (la Revolución) imágenes e ideales de insurrección: “los hombres de la Revolución estaban vivos en todos los espíritus, sus actos y sus palabras presentes en todas las memorias”. La acción colectiva estaba animada por una incomparable energía acumulada de emociones comunes, de creencias y sensibilidades sin control. Ese simple rumor (voix à l’oreille) arbitrario, azaroso, pero popular, podía volver a desafiar a las élites como antaño lo hizo con la Monarquía.

Es un fin de año perfecto para recordar a este Tocqueville.

En efecto, este fue el año en el que un rostro se transformó en una epifanía y en un relato de poder distinto al que hace ya más de 30 años estábamos habituados a reconocer como posible. Ahí la epifanía. Emergió de la calle un poder, toda una representación imaginaria de él, que no hizo sino pasmar al poder formalmente instituido en La Moneda y en el Congreso. Los pasmó como turban las epifanías. Respondieron con sus razones cuantitativas a demandas, deseos, intereses y motivaciones que, en lo general y en lo particular, excedían cualquier lógica causal de sociólogo con olor a Excel.

Hablamos de un rostro, no obstante, más allá de la farandulización a la que hoy estamos habituados. Hablamos de un rostro que logró capturar y cohesionar las representaciones de un sentir marginal, abusado y maltratado por la clase política, por la clase empresarial y por la mala educación. Pero también hablamos de un rostro que representa a la inmensa clase media que configura fundamentalmente al ciudadano de a pie. Es el rostro de un relato, de un verdadero relato. De una utopía tal vez, pero de una que se manifestó y que corrió, como los rumores, por el imaginario constituyente de una sociedad nueva.

Hablamos de Camila Vallejo. Pero también no hablamos de Camila Vallejo. Hablamos de la líder que capturó la atención nacional como nunca antes lo había hecho una líder de su juventud. Pero hablamos también de todos aquellos que salieron a la calle, que cantaron una canción, que activaron su memoria, que tomaron una cacerola, que danzaron un baile triste, de aquellos que levantaron su puño (posmoderno o no, líquido o no) para decir ¡basta!, para decirlo aunque sea por una vez.

Camila Vallejo es un rostro, qué duda cabe. Pero parafraseando a Emmanuel Levinas, es el rostro del infinito del Otro, de la justicia que le debemos al Otro. La simpatía ciudadana por Camila Vallejo no era sino la simpatía por la causa ciudadana propia. Era la simpatía por un rostro bonito, que duda cabe. Pero también era la simpatía por esa contradicción entre belleza y revolución, entre estética y disrupción, la simpatía por aquello que captura la imaginación literaria de simples ciudadanos que trabajan, trabajan y trabajan. Ella no era el rudo Chávez, ni Kirchner, ni Morales, ni Humala. Era la representación de una revolución chilena juvenil, arrojada, disgustada, infantil, como “infantil-revolucionario” es cada uno a su manera en el apretado metro de vuelta a casa.

El rostro de Camila Vallejo nos habla del derecho a soñar. Y ese espacio onírico, ese instante poético es el ensueño de un Chile que ayer como hoy se resiste a ser el simple fundo de la fronda aristocrática.

Por todo esto Camila Vallejo -su rostro, su relato- es el personaje del año en educación. La aparición del movimiento estudiantil, como una epifanía, cambió la realidad y el juego del poder en el Chile presente. Puso ahí la demanda social que a pesar de ser la “eterna historia” de las crepitaciones de un pan que se quema en la puerta del horno, permitió henchir nuevamente de sueños el pecho del hombre común.

Aunque este relato sea una especie de grito, los que hoy tienen las riendas del poder no escucharon, no escuchan, y seguramente no escucharán. Seguirán la liturgia entre cuatro paredes. Desoyendo a las mayorías. En esto hay que ser realistas.

No obstante, es esa misma mayoría, la que mediante un artilugio arcaico, neutraliza al mismísimo Presidente de la República, para que no asista al lugar antropológico por excelencia del pueblo: la arena de los gladiadores, el Estadio Nacional.

Todo en muy mala hora para el pobre Sebastián Piñera: gana la U, campeona la U ¿y Camila Vallejo? Pues, nada más y nada menos que furibunda hincha… de la U. ¿Los dioses?

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