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El chiste de Piñera… y el humor

por 16 diciembre 2011

Permítame por tanto bromear a costa de la muerte y de la enfermedad; mofarme del borracho y del cínico; y, por supuesto, no hacer esfuerzo alguno por contener la risa frente a la locura. Permítamelo, porque de lo contrario la vida se volvería insoportablemente grave para mí.

Me hizo gracia la forma  en que lo contó y más todavía la situación en que lo hizo. La nota disonante es de la esencia del humor y un chiste machista en la clausura de una Cumbre de Jefes de Estado es de por sí algo divertido… quizá precisamente porque no es del todo apropiado.

Me hizo gracia y si a usted no le pasó lo mismo, analice la histeria feminista que desató la broma y quizá empiece a reírse. Un grupo de mujeres declarándose menoscabadas en su dignidad, heridas ¡a propósito de un chiste! es algo francamente risible (o patético, si se tiene en consideración que el pandero del complejo de inferioridad lo llevó la Ministra del Sernam).

El chiste de Piñera me hizo gracia y por eso le exijo respete mi derecho a tener un sentido del humor diferente al suyo. No estoy dispuesta a circunscribir mis carcajadas a las caídas y a los tortazos de los Tres Chiflados. Permítame por tanto bromear a costa de la muerte y de la enfermedad; mofarme del borracho y del cínico; y, por supuesto, no hacer esfuerzo alguno por contener la risa frente a la locura. Permítamelo, porque de lo contrario la vida se volvería insoportablemente grave para mí.

Permítame por tanto bromear a costa de la muerte y de la enfermedad; mofarme del borracho y del cínico; y, por supuesto, no hacer esfuerzo alguno por contener la risa frente a la locura. Permítamelo, porque de lo contrario la vida se volvería insoportablemente grave para mí.

Y no me llame inmoral por reírme de cosas serias porque confundir la risa con la indolencia o con la frivolidad es una estupidez. Por lo demás, si uno es capaz de mofarse de lo que más le importa en la vida (uno mismo), la acusación no tiene sustento.

Reír es una forma distinta de aproximarse a la realidad, un modo de enfrentarla tomando palco de espectador; también es la manera más encantadora de contribuir a que la vida del resto no sea insoportable. Y por eso, no me parece sano asignarle penar con severidad los excesos que pudieran cometerse en esta materia.

¿Qué el humor tiene límites? Por supuesto que sí, como los tiene toda creación cultural. No seré yo la que diga lo contrario o la que defienda el genial argumento de quienes creen que todo está permitido porque ‘es humor’. Si hay actitudes del hombre que son moralmente condenables, es evidente que también hay producciones humanas que lo son, y el humor no es una excepción.

La pregunta es cuáles son esos límites, quién los pone y sobre todo, cómo se hacen cumplir. Porque si esas barreras dependen de la hipersensible epidermis de determinados grupos, no me extrañaría que en un tiempo más se concretara la idea que tuvo uno de crear una Superintendencia del Humor. O si para poner límites, este tipo de cuestiones se judicializan (como hizo la Ministra del Sernam con un blog de quinta categoría), podría ocurrir que la convivencia se convirtiera en una perpetua cacería de brujas. Y es que a veces, la pretensión de mejorar problemas sociales lleva a dar con remedio que son peores que la enfermedad.

Me hizo gracia el chiste de Piñera y lo contó bien; comprendo que si fuera Canciller podría traernos algunos problemas ¡pero tanta escandalera!

Claves

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