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El comando juvenil de Bachelet

por 16 diciembre 2011

El comando juvenil de Bachelet
Los desvelos de la dirigencia concertacionista no están dirigidos a comprender los fenómenos producidos durante el año que termina. Más bien destapa que la verdadera motivación es sencillamente recuperar el poder para volver a desplegar sus redes y equipos en el aparato público. La vuelta de Bachelet carecería del romanticismo de la primera vez. En esta ocasión sólo se trataría de sacar a la derecha de La Moneda sin modificaciones sustantivas en el elenco.

Respondiendo a las primeras declaraciones del nuevo timonel de la FECH, el presidente del Partido Socialista, Osvaldo Andrade, sostuvo que “Bachelet no necesita ningún comando juvenil para ganar”. Del episodio sacamos varias interpretaciones.

En primer lugar legitima la posición desde la cual obtuvo la victoria el estudiante Gabriel Boric. Su campaña estuvo justamente orientada a cuestionar la vigencia de las actuales estructuras políticas y sus liderazgos tradicionales. El diputado Andrade, avezado en las grandes ligas, picó el anzuelo del novato. Tal como lo hizo Noam Titelman cuando el ex ministro Vidal trató de subirse al carro de la victoria, ahora es Boric quien raya la cancha y mantiene lejos a la Concertación.

En segundo lugar, la contestación del líder PS puede ser leída como la expresión paradigmática de la arrogancia de una orquesta que sigue tocando mientras el barco se hunde. Es cierto que nadie le ha pedido al movimiento estudiantil que actúe como banda calcetinera de Bachelet, pero afirmar que la ex Presidenta no necesita la ayuda de las nuevas generaciones porque “ya es un liderazgo instalado” es actuar con la misma lógica de exclusión que origina buena parte del desprestigio de la oposición. Significa “nosotros podemos solos, a ustedes nadie los ha llamado”.

El arrollador movimiento estudiantil es la expresión de la fuerza de una nueva generación que reclama su espacio en el escenario. Aún no sabemos si esta fuerza tendrá un correlato electoral, pero de tenerlo, es previsible que quieran levantar sus liderazgos y sus narrativas.

En tercer lugar, revela que los desvelos de la dirigencia concertacionista no están dirigidos a comprender los fenómenos producidos durante el año que termina. Más bien destapa que la verdadera motivación es sencillamente recuperar el poder para volver a desplegar sus redes y equipos en el aparato público. La vuelta de Bachelet carecería del romanticismo de la primera vez. En esta ocasión sólo se trataría de sacar a la derecha de La Moneda sin modificaciones sustantivas en el elenco.

Sin embargo, este plan tiene una grieta estructural. Aunque la ex Presidenta siga marcando mejor que nadie en las encuestas, no tiene su victoria asegurada. El arrollador movimiento estudiantil es la expresión de la fuerza de una nueva generación que reclama su espacio en el escenario. Aún no sabemos si esta fuerza tendrá un correlato electoral, pero de tenerlo, es previsible que quieran levantar sus liderazgos y sus narrativas. Como lo reconocía Kant hace doscientos años, ninguna generación puede ser obligada a vivir de las historias de sus antecesores. Todas tienen el derecho a su propio tiempo. Aquellos que van de salida no pueden determinar el camino de aquellos que vienen de entrada. Hasta Andrés Velasco leyó mejor la situación y se apresuró a declarar que él “sí quería un equipo joven”.

Si Bachelet quiere retornar a conducir los destinos del país, lo peor que puede hacer es descansar en la estrategia conservadora del llamado “eje histórico” de la Concertación (PS-DC). Si lo hace, debe prepararse para un nuevo festín de Marco Enríquez y de todos aquellos que pujan por la renovación. Para empalmar con el Chile del 2013, la ex Presidenta debe asumir que mucha agua ha pasado bajo el puente. Para reconquistar a los chilenos Bachelet debe doblar todas las apuestas y para doblar apuestas se necesita sangre dispuesta a arriesgar y no a defender sillones. De lo contrario, la vieja y cansada Concertación se expone a otra experiencia de reelección fallida. Y aunque gane, el regreso de Bachelet no marca ningún avance para Chile si no implica un verdadero recambio de ideas y cuadros políticos.

Esto lo entiende Boric. Pero no lo entiende Andrade.

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