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El estado general de la República

por 18 diciembre 2011

Si una minoría de grandes empresarios ha ganado demasiado para su república portátil a costa de otros en los últimos años, es la hora de que aporten más de lo suyo a quienes no han tenido la misma oportunidad, tributando de forma justa y proporcional para sostener las bases de un nuevo modelo de desarrollo más humano, equitativo y sostenible.

Si un país es un área geográfica y una entidad políticamente independiente, y una nación es la comunidad humana con ciertas características culturales comunes que la habita, una república es el sistema político o res pública - desde su etimología originaria, la cosa pública o lo público -, que se fundamenta - a través de una Constitución- en el imperio de y la igualdad ante la ley , de manera de proteger los derechos fundamentales y las libertades civiles de los ciudadanos, de los que no puede sustraerse nunca un gobierno legítimo. De estas, las repúblicas, las hay independientes, presidencialistas, parlamentarias, socialistas, populares, y hasta “bananeras” para las proyecciones realismo mágicas de la literatura.

Cada uno de nosotros los ciudadanos lleva su propia “república portátil”, llena de experiencia, afecto, conocimiento, obras, empresas y, sobre todo, proyectos. Así, vamos construyendo un mundo compartido que resulta inseparable de nuestro cuerpo, nuestro lenguaje y nuestra historia social, como diría el biólogo Francisco Varela. Todo un proyecto de vida para el filósofo Martin Heidegger, para quien nuestra república vendría a ser la base desde la cual  proyectar-se, manifestando nuestras particular distinción de la realidad que nos toca vivir, para mejorarla, para subsanar o reparar lo que no estaría bien, para emprender nuevas capacidades para desarrollarse y ser feliz.

En otras palabras, nos proyectamos para ir haciendo realidad nuestra pequeña gran república portátil.

Desde otro punto de vista, todo proyecto es político, si entendemos desde la raíz el término que viene de polis, que es el lugar de los ciudadanos, es decir la ciudad.  Y en un sentido más trascendental, algunos de nuestros pequeños o grandes proyectos serían una oportunidad de ir fijándonos conscientemente nuestro propio destino, afianzando nuestro propio poder, realizando los ajustes individuales y colectivos necesarios - en distintos planos-, para lograr romper creencias limitantes y ser capaces de crear nuevos estadios de evolución en nuestra vida.

Si una minoría de grandes empresarios ha ganado demasiado para su república portátil a costa de otros en los últimos años, es la hora de que aporten más de lo suyo a quienes no han tenido la misma oportunidad, tributando de forma justa y proporcional para sostener las bases de un nuevo modelo de desarrollo más humano, equitativo y sostenible.

En nuestra larga tradición republicana como nación, sólo hay entre nosotros algunos elegidos que han tenido la oportunidad de asumir, desde su reconocida experiencia, un proyecto público relevante, como es el caso quienes han sido elegidos democráticamente por los ciudadanos. El más alto honor para un ciudadano es ser elegido presidente de la república. Quienes lo eligen creen ver una cierta coincidencia circunstancial entre ambos proyectos, el proyecto de vida del elegido – o su república portátil - y el proyecto de país que los mismos ciudadanos proyectan. Así este ciudadano pasa a ser el elegido por sus pares, aunque no siempre resulta ser un elegido - en un cierto sentido mesiánico del término, una especie de predestinado que ha llegado en el momento justo a desarrollar un proyecto país anhelado y compartido por los ciudadanos de la república -, que permitiría a la nación dar un salto cuantitativo que lo haría trascender en el tiempo.

En otras palabras, al elegido presidente el pueblo le ha reconocido el mérito de su actuar presente, y el logro de su republica portátil, y le ha encomendado una misión: la de hacerse cargo de la república de todos y de ser el jefe de Estado. Se le ha elegido para que se desenvuelva y actúe en el momento actual, con un proyecto país inclusivo y durante un determinado período de tiempo. Así, sólo algunos de los presidentes de la república que el pueblo ha elegido libremente para que lidere el desarrollo de un proyecto país han llegado a reunir ciertos méritos - de acuerdo a sus logros - para ser unos elegidos.

En una república a cada uno de estos elegidos se le da el nombre de estadista, esto es, una persona sabia que ha logrado gran experiencia en los asuntos del Estado. El liderazgo moral que alcanza un estadista es siempre el resultado del encuentro entre dos realidades que se complementan y se integran. Por un lado, se produce el surgimiento de una individualidad política creativa e iluminadora; por el otro, la  sabia decisión de un pueblo consciente de su propio poder y de la ley de causa y efecto - de los hechos como causalidad, más que como casualidad -,  por la que cada cual se hace cargo, como ciudadano en este caso, de la pertinencia de sus decisiones, acciones y movimientos, y de las consecuencias de estos en el entorno y la sociedad en que vive. Se va generando una nueva sinergia: una opinión pública sabia en sus decisiones y dispuesta a valorar el aporte y la coherencia de ese individuo político, a apoyarlo y a irlo incorporando al  sentido cotidiano de sus afectos.

Sólo un par de buenos ejemplos de aquellos elegidos, cada uno a su manera.

El ex-presidente Allende fue elegido por los ciudadanos, en aquel entonces, para liderar las profundas transformaciones sociales que el país requería en el marco de la constitución y de la institucionalidad democrática, lo que se llamó la "vía chilena al socialismo". Su trayectoria política daba fe tanto de su profunda vocación republicana como de sus ideas y testimonios que avalaban su ferviente conciencia revolucionaria, ambas recibidas por filiación familiar paterna. Aunque perdió la vida en el intento, la historia lo recuerda como un elegido que luchó por la dignidad del trabajador y por la justicia social en nuestro país, dando una lección y un ejemplo de sabia coherencia y de consecuencia que el pueblo y el mundo reconocen y destacan. Un virtuoso para su tiempo, sin duda.

La ex-presidenta Bachelet llego a ser también, en algún sentido, una elegida. Su aparición - con el slogan “estoy contigo”- tuvo que ver con un proyecto país inclusivo de reencuentro de los afectos, las confianzas, y de reconciliación para los chilenos. Así pudo contribuir a sanar en parte el dolor causado por los atropellos de los derechos humanos y al reencuentro de los chilenos. Le correspondió, con gestos notables de amabilidad y de sabiduría, estar cerca tanto de los miembros de las instituciones armadas como de las mujeres y familiares de las víctimas de la represión haciéndose parte de ambos asumiendo su doble filiación: por la familiar y por la política. Eso es lo que le correspondió hacer en su momento como la primera presidenta de nuestra república, y lo que le ha valido el reconocimiento tanto nacional como internacional.

Y ahora en el momento actual nos preguntamos:

¿sabrá nuestro actual presidente, reconocido como destacado hombre público y empresario exitoso pero también como un intelectual de la economía muy cercano – ambas por filiación familiar y paterna– a quienes diseñaron las políticas públicas del gobierno militar a principios de los años 80, por  qué lo elegimos la mitad más uno de los chilenos?;

¿será que lo hicimos, tal vez inconscientemente a propósito, para que el elegido  tuviese la gran oportunidad de liderar “el cambio” que permita reparar algo que aún esta pendiente en nuestro país, como son los daños causados por la imposición de un modelo social y económico de schok - con la dictadura sobre nuestros cabezas-, que se ha mantenido intacto desde hace ya más de 30 años?.

Veamos si esto tiene sentido.

Para comenzar, en lo que todos estaríamos de acuerdo es en que no elegimos a nuestro presidente precisamente para que trajera al gobierno su exitosa república portátil, sino para hacerse cargo con pragmatismo y sabiduría de una misión ineludible: el diseño y la aplicación de un proyecto de “cambio” en el país. Los movimientos ciudadanos que han despertado a nuestra sociedad - que para el historiador Gabriel Salazar no serían de naturaleza intrínsecamente violenta, como si lo sería una revolución -, nos han vuelto a interrogar acerca del estado general de nuestra república y sobre los cambios que sería necesario introducir para ir fijando y proyectando con ecuanimidad nuestro destino como país.

Y los chilenos hemos considerando que nuestro actual presidente conoce perfectamente las causas y los efectos del actual modelo - como intelectual primero y como empresario después - y que, como hombre público y ciudadano, es hoy un político hábil y sensible que estaría consciente de las legítimas demandas de cambios estructurales por parte de la ciudadanía. Sobre todo en esta república nuestra, de gran tradición y con un marcado sistema presidencialista, la promesa del cambio podría significar la gran oportunidad para que el primer mandatario  lidere un proyecto y lleve adelante las transformaciones que el país requiere para cambiar de raíz un modelo de desarrollo que ha demostrado ser tremendamente ineficiente: su falta de equidad es la causa principal de las vergonzosas desigualdades de oportunidades entre los chilenos.

En tiempos de crisis mundial del mercado como ente auto-regulador de la economía social  - aún con la sombra de un fracasado estado supra-regulador, hoy minimizado y “abstinente”-, se requiere el diseño de un sistema público solvente y lo suficientemente fuerte, dinámico y ágil para que garantice igualitariamente los derechos fundamentales de todos y cada uno de los ciudadanos, partiendo por la educación, en salud, en vivienda y urbanismo.

Será requerirá cambios profundos, tanto en las instituciones como en las personas.

Una transformación profunda en la conciencia en las personas se va a ir dando  en la medida en que todas las necesidades básicas de subsistencia, de afecto y de educación vayan siendo cubiertas. Así iremos siendo capaces de  crear nuevos estadios y de ir fijando nuestro propio destino. Si hemos vivido hasta ahora sometidos por un modelo instituido que estimula la codicia, la competencia y la acumulación – en los precisos términos comparativos sugeridos por el economista Manfred Max-Neef -, ha llegado la hora de que lo vayamos transformando conscientemente en otras prácticas de convivencia basadas en la solidaridad, la cooperación y la compasión.

Si una minoría de grandes empresarios ha ganado demasiado para su república portátil a costa de otros en los últimos años, es la hora de que aporten más de lo suyo a quienes no han tenido la misma oportunidad, tributando de forma justa y proporcional para sostener las bases de un nuevo modelo de desarrollo más humano, equitativo y sostenible. Los ciudadanos comunes nos comprometemos, por nuestra parte, a ejercer y exigir conscientemente nuestros deberes y derechos constitucionales para contribuir a la construcción de una república sana, donde todos y cada uno pueda ir teniendo una mejor calidad de vida y felicidad. Las nuevas generaciones no pueden esperar, y exigen enérgicamente respuestas y un espacio digno que les permita ir afianzando su poder e ir proyectándose con tranquilidad, con energía y con entusiasmo.

Aún es tiempo para todo aquello.

Tanto para ir trabajando con otros en la construcción de nuestra propia república portátil como para desde allí ir colaborando en lo cotidiano a crear las condiciones para que, conducidos por el primer mandatario de la república, vayamos situándonos a la altura de los tiempos. Y para que por el bien de todos lleguemos nuevamente a tener un presidente estadista, un elegido que sea capaz de reencontrarse con su propia historia y de asumir las grandes tareas pendientes y conducir los destinos de la nación hacia un nuevo estadio, un salto cuántico que propicie el desarrollo integral y el empoderamiento de cada uno de sus ciudadanos, atendiendo plenamente al momento actual de la República.

Tiene cierto sentido, ¿verdad?...

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