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“Con razón a ese weón le iba tan bien”

por 21 diciembre 2011

“Con razón a ese weón le iba tan bien”
Si los empresarios insisten en protecciones corporativas y no comprenden la parte de la tarea política que les compete, dilapidan su propio capital y el de millones de personas que creen en la libertad.

A raíz de las últimas investigaciones que diversas instituciones están realizando sobre eventuales delitos de colusión o estafas en una decena de grandes firmas y/o sus ejecutivos, dirigentes gremiales han manifestado su preocupación por el prejuicio que estas acciones del Estado pudieran generar en la opinión pública respecto de la actuación de los empresarios en general.

Recientemente, el presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), Lorenzo Constans, ha expresado una vez más dicha inquietud, instando a hacer diferencias entre los distintos casos, pues, por ejemplo -ha dicho- en el tema de las renegociaciones unilaterales de La Polar, los tribunales ya se han manifestado, mientras que en otros, como la eventual colusión de precios de tres grandes cadenas productoras de pollos o la investigación de precios en cuatro supermercados, alcanza, hasta ahora, sólo a la petición de antecedentes (por cierto, en algunos casos compulsiva), sin que por ello haya que deducir culpabilidad, la que en nuestro país, como en toda democracia, debe primero probarse, pues nos regimos por el principio judicial de inocencia.

La creación de riqueza en Chile de los últimos 35 años ha tenido y tiene, empero, el talón de Aquiles de la distribución. La ciudadanía de a pie ha reconocido en los hechos la labor de estos empresarios si se le hace caso a los cambios en sus hábitos de consumo (incluso cuando critica el consumismo o los malls).

Es probable que, aunque inconscientemente, la preocupación gremial se explique por nuestra tan asentada sedimentación cultural -que siempre es más fuerte que las nuevas y mejores conductas- caracterizada desde la Colonia por la vieja frase atribuidas a los gobernadores criollos respecto de las instrucciones peninsulares de que “La ley se acata, pero no se cumple” y que nos transformó en ese tipo de países con enorme ingenio para la elusión –que no trasgresión- de las obligaciones que impone la vida en sociedad, generando amplias y sostenidas sospechas entre los gobernados respecto de aquel al que le va mejor, resumidas en la otra vieja sentencia chilena: “¿Dónde estará robando?”

De allí, pues, las aprensiones de un segmento social al que le ha costado más de tres décadas validarse y legitimarse ante la ciudadanía, luego que hasta los ‘70 fuera demonizado y minusvalorado, al punto que la palabra empresario/burgués se transformó en insulto. Sólo años de trabajo constante y serio, de éxitos reales y comprobables en una lucha por ganar no sólo mercados internos, sino mundiales, fueron modificando esa imagen, la que, empero, en menos de seis meses –a consecuencia de la irrenunciable tarea de las instituciones de proteger el bien mayor de la libertad económica- ha vuelto a caer, amenazando con un retroceso que en nada favorece al desarrollo, pues los esquivos capitales suelen “atacar huyendo”, cuando las instituciones se ponen en tela de juicio.

En medio de una crisis financiera internacional que amenaza hasta con una eventual recesión de relevantes socios comerciales de Chile en 2012, nada peor que una ciudadanía desafectada de una épica del emprendedor, aquel que con su esfuerzo, creatividad y trabajo, consigue transformar una idea, un pequeño capital en una gran firma, generando, de paso –más no como propósito final, que para el caso no importa- empleo, riqueza y crecimiento.

Se dirá que tal percepción del empresariado es ideológica, neoliberal o hasta naif, en la medida que no obstante el crecimiento del PIB 1970-2010 hasta los 200 mil millones de dólares actuales y de un per cápita que se elevó de mil hasta 15 mil dólares, la distribución de ese mayor ingreso es de las peores de las naciones OCDE y del mundo. Es cierto. Pero también es ideológica la crítica generalizada contra todo empresario, pues los hay, y muchos, que compiten lealmente por mantener sus cuotas de mercado a costa de mejorar sus productos y servicios a los consumidores, de innovar y reducir hasta el borde de la quiebra sus costos para entregar dichos bienes, compitiendo no sólo internamente, sino también con sus pares asiáticos, europeos, norteamericanos o latinoamericanos.

Es decir, es innegable que, no obstante las desigualdades –que se grafican muy bien en la frase ¿dónde están mis US$ 14 mil?- Chile ha crecido en las últimas décadas rápidamente, ha atraído miles de millones de dólares en capitales extranjeros para otros tantos proyectos chicos, medianos y grandes, y ha generado una nueva clase empresarial que ha logrado expandir sus actividades a casi todo el orbe.

La creación de riqueza en Chile de los últimos 35 años ha tenido y tiene, empero, el talón de Aquiles de la distribución. La ciudadanía de a pie ha reconocido en los hechos la labor de estos empresarios si se le hace caso a los cambios en sus hábitos de consumo (incluso cuando critica el consumismo o los malls); con la valoración de la infraestructura vial o inmobiliaria, con el orgullo de ver en anaqueles extranjeros, vinos, salmones y frutas chilenas, con la importación y compra de autos de todo el orbe, de TV de todas las marcas, de plasmas, MP3 y MP4, celulares, IPod y computadores, de redes sociales y banda ancha, de restaurantes de comida rápida y lenta, de cines multisala y la exportación de jugadores de fútbol de clase mundial; con la oferta de muebles, cocinas, refrigeradores, microondas y teteras eléctricas a bajo costo. Todo eso está bien y ha mejorado el estándar de vida de millones de personas. Solo que para seguir comprando, es menester que los consumidores tengan mejores y más seguros ingresos, porque, además, hay que pagar dividendos, cuotas y educación.

Por eso, tal vez, la preocupación pública empresarial sea comprensible, aunque no necesariamente compartible. Porque pone sobre la mesa su responsabilidad en el progreso, pero también su deudas. Porque la libertad de empresa fue respuesta de la gente de a pie del siglo XIX frente al asfixiante monopolio monárquico; y las leyes antimonopolios, la corrección política del siglo XX al “cruel mercado”, en esa lucha permanente contra del avance del redivivo monopolio estatal que, en la oportunidad, encabezaron “representantes del pueblo” cuyos gobiernos culminaron con sus propias dinastías (ver Vida y Obra de Kim Il Sung). Porque si los empresarios insisten en protecciones corporativas y no comprenden la parte de la tarea política que les compete, dilapidan su propio capital y el de millones de personas que creen en la libertad.

Por eso es destacable -aunque por cierto nunca tan eficaz como una conducta verdaderamente competitiva- el protocolo de ética que la CPC está redactando y que será dado a conocer a principios de 2012, enfocado en promover las buenas prácticas empresariales, es decir, la mejor conducta de las compañías con sus trabajadores, proveedores y consumidores, porque como el propio Constans dijo, al mercado hay que estar continuamente revisándolo y perfeccionándolo.

Last but not least, porque merced a esos malditos sedimentos culturales nuestros, seguimos generalizando los pecados de unos pocos en el conjunto o clase (los empresarios, los milicos, los curas, los comunistas, los momios), transformándolos en “chivos expiatorios” con los que eludimos nuestra propia responsabilidad en los fiascos. Por eso, más allá de comprender sus naturales reacciones corporativas, sería recomendable que en casos de sospechas e investigación de trasgresión a la libre competencia o emprendimiento realizados por nuestras instituciones, los empresarios honestos obviaran expresiones de cualquier naturaleza, hasta que el proceso se haya completado. Así se evita validar generalizaciones que justifican ese tan mediocre comportamiento nuestro que se resume en la frase: “Con razón a ese weón le iba tan bien”.

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